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AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: Frecuencia reservada

El crepúsculo sobre la bahía de Boston teñía de violeta y cobre los ventanales del piso cincuenta y dos. Las luces de la ciudad comenzaban a titilar abajo como un tablero de circuitos encendidos, pero dentro del despacho presidencial de Vance Global, el ambiente era de una intimidad casi suspendida en el tiempo.

Emma estaba descalza, de pie frente al mapa de rutas aéreas iluminado en la pared, con los brazos cruzados y una taza de café humeante entre las manos. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa de lino blanco con las mangas enrolladas en los antebrazos. Por primera vez en meses, la línea tensa de sus hombros había cedido; el peso de la guerra contra su propia estirpe se había disipado, reemplazado por la calma de quien ha tomado el control total de su cielo.

Detrás de ella, el sonido sordo de una carpeta cerrándose anunció que Logan había terminado de revisar las asignaciones de flota.

El capitán se levantó del sofá de cuero, dejó los documentos sobre la mesa de cristal y caminó hacia ella sin hacer ruido sobre la alfombra. Se detuvo a su espalda, inhalando el aroma a cítricos y piel limpia que ahora podía disfrutar sin esconderse en la penumbra de hoteles europeos ni entre el humo de una base en Turquía. Rodeó su cintura con los brazos, atrayéndola contra su pecho con una cadencia lenta y firme.

Emma apoyó la nuca contra su hombro con un suspiro suave:

—Los inspectores de la FAA firmaron el levantamiento de las sanciones hace una hora, Logan. Las tres capitanas tienen sus rutas asignadas y Trevor Garrison asumió la supervisión de los talleres de Dallas sin un solo altercado. Todo está en orden de vuelo.

Logan enterró la nariz en el nacimiento de su cuello, dejando un beso pausado justo sobre el pulso que le latía en la yugular:

—Todo... salvo un detalle de protocolo elemental, mi General.

Emma enarcó una ceja, girando apenas el rostro para mirarlo de reojo:

—¿Protocolo? Tenemos los manuales de operaciones auditados al milímetro, Rhodes. ¿Qué se me pasó por alto?

Logan soltó el aire con una risa baja y rasposa, soltándola despacio solo para colocarse frente a ella. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón oscuro, la camisa entreabierta en el cuello y una expresión en los ojos grises que mezclaba una devoción absoluta con esa chispa de audacia que a Emma le encendía la sangre.

—Nosotros, Emma —dijo él, dando un paso adelante que la obligó a retroceder hasta que sus caderas rozaron el borde del escritorio—. Nos acostamos en Zúrich jugando a no tener nombres. Nos despedazamos el orgullo en la cabina de un triple siete sobre el Atlántico. Fuimos a la guerra en un C-130 a oscuras, esquivamos misiles y nos confesamos que nos amábamos con la turbina cuatro en llamas y las manos llenas de hollín.

Logan sacó las manos de los bolsillos. Con una lentitud ceremoniosa, tomó la taza de las manos de Emma, la depositó sobre la mesa y luego atrapó sus dos manos entre las suyas, entrelazando los dedos con fuerza:

—Nos saltamos la lista de comprobación completa, Ross. Nunca te invité a una cena decente sin manuales de vuelo sobre la mesa. Nunca te robé un beso en un coche frente a tu casa. Y lo peor de todo... jamás te pedí formalmente que fueras mi novia.

Emma parpadeó, desconcertada por primera vez en toda su carrera. La comandante que no había temblado ante una cizalladura doble ni ante las amenazas de un consejo de administración sintió un calor repentino y dulce subiéndole por el pecho:

—¿Novia, Rhodes? —soltó con una media sonrisa irónica, intentando recuperar su habitual armadura de mando—. ¿Una palabra tan civil y terrenal para dos pilotos que casi se matan en un valle cerrado?

Logan no sonrió. La miró directo a los ojos, con una sinceridad tan transparente y desarmada que le quitó el aire. Despacio, sin perder el contacto visual, flexionó una rodilla hasta apoyar la pierna derecha sobre la alfombra, sosteniendo suCapítulo 22: Plan de vuelo encubierto

El silencio de las tres de la madrugada en el apartamento de Emma en Boston no tenía la frialdad de las noches anteriores.

A través del ventanal que daba a la bahía, las luces de los muelles titilaban sobre el agua oscura. En la pequeña cocina, despojada de uniformes y con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, Emma terminaba de servir dos tazas de café humeante. Llevaba unos pantalones cómodos de algodón y una sudadera gris oversize que Logan reconoció al instante: era la suya, la misma que había dejado olvidada en una silla del hotel de Frankfurt meses atrás.

Logan estaba apoyado contra la encimera, con los brazos cruzados y una camiseta negra ajustada que dejaba ver la venda elástica en su muñeca izquierda. No le quitaba los ojos de encima. La observaba con esa fijeza casi reverente de quien todavía despierta temiendo que la misión en Shahi haya sido un sueño lúcido antes de estrellarse.

Emma se acercó, tendiéndole una de las tazas con una ceja arqueada:

—Si me sigues mirando como si fuera a desvanecerme en el aire, Rhodes, voy a tener que pedirle a los médicos de rampa que te hagan un chequeo de estrés postraumático.

Logan tomó la taza despacio, pero en lugar de beber, la dejó sobre la encimera detrás de él. Con un movimiento suave, firme y pausado, envolvió la cintura de Emma con su brazo derecho, atrayéndola hacia su cuerpo hasta eliminar cualquier distancia.

Emma apoyó las palmas sobre su pecho, sintiendo el latido regular y templado del corazón de Logan bajo la tela:

—¿Y esta maniobra en aproximación qué significa, director de operaciones?

Logan no sonrió. La miró a los ojos, paseando sus pupilas grises por cada rasgo de su rostro, con una seriedad que desarmó de golpe el sarcasmo habitual entre ambos:

—Significa que nos saltamos la altitud de crucero, Emma.

—¿De qué estás hablando?

—Nosotros pasamos de ser dos extraños acostándose en hoteles europeos a enemigos jurados en una cabina civil —dijo él, con la voz baja, ronca y cargada de una vulnerabilidad que jamás habría mostrado ante nadie—. De ahí pasamos a un duelo de simulador, a una guerra de despachos contra mi propio mentor, a esquivar cohetes antitanque a sesenta metros del barro en Turquía y a tomar el control de una aerolínea multimillonaria en una asamblea de accionistas.

Logan tragó saliva, rozándole la mejilla con el dorso de los nudillos con una delicadeza infinita:

—Hicimos todo en orden inverso. Fuimos amantes clandestinos, rivales, camaradas de armas y socios en el mando. Pero yo jamás tuve el coraje de pararme frente a ti en tierra firme, mirarte a los ojos como un hombre corriente y hacer lo que cualquier tipo que tiene la fortuna de tenerte a su lado debería haber hecho el primer día.

Emma contuvo el aliento. Por debajo de su coraza militar, el pulso se le aceleró de golpe:

—Logan...

—Emma Vance Ross —la interrumpió él, con los ojos brillando en una devoción limpia, libre de sombras—. General de Brigada, ingeniera aeronáutica y la única mujer que me enseñó a volar sin mentiras: ¿quieres ser mi novia? ¿Quieres ser la mujer que me espere al final de la pista, la que me baje los humos cuando me crea invencible y con la que pueda caminar por la calle sin tener que fingir que somos solo dos colegas de uniforme?

Emma se quedó inmóvil durante tres segundos.

Ella, que había tomado decisiones en microsegundos bajo fuego de mortero, que había desafiado al Pentágono y a la junta de su familia sin parpadear, sintió una quemadura dulce y profunda en el pecho que le humedeció la mirada.

Una risa suave, desarmada y hermosa se le escapó de los labios. Pasó sus dos brazos alrededor del cuello de Logan, enterrando los dedos en su cabello castaño:

—Para ser un comandante de reactores pesados, capitán Rhodes... te tomó casi medio año pedir autorización para entrar a mi pista.

—Estaba esperando que el viento estuviera en calma —susurró él contra su boca.

—Pista libre para aterrizar, Logan —sentenció ella en un susurro ardiente—. Sí. Quiero ser tu novia.

El beso que siguió no tuvo la desesperación de la supervivencia en el C-130 ni el misterio de los hoteles de tránsito. Fue un beso lento, seguro, con el peso de una promesa sellada en tierra firme, de dos personas que por fin sabían quién era el que sostenía el timón a su lado.

Treinta y seis horas después, en el anexo ciego del Hangar 9 de mantenimiento en Boston —una zona reservada fuera del alcance de las cámaras de seguridad corporativas—, se estaba fraguando una conspiración de proporciones continentales.

Logan Rhodes estaba de pie frente a una pizarra metálica donde no había cartas de navegación aérea, sino un plano milimétrico de la bahía de Massachusetts, horarios de mareas y perfiles de altitud.

A su alrededor, sentados sobre cajas de herramientas y bancos de trabajo, estaba el estado mayor más insólito que la aviación civil y militar hubiera visto jamás.

Trevor Garrison, con un lápiz detrás de la oreja y una taza de café en la mano, tachaba rutas con el ceño fruncido. Marcus Gallagher, con su uniforme de gala del ejército recién planchado, revisaba coordenadas en su teléfono táctico. Al fondo, a través de una pantalla de videoconferencia segura conectada directamente con el Hospital Militar Walter Reed, el sargento Miller y los otros cuatro miembros del escuadrón rescatado en Shahi observaban la reunión con vendajes en la cabeza, cabestrillos y sonrisas de oreja a oreja.

Y custodiando la entrada, revisando la agenda ejecutiva de la presidencia, estaban Elena y Camila Vance.

—Rhodes, estás completamente desquiciado —soltó Garrison, frotándose la mandíbula mientras miraba la pizarra—. Quieres meter a una General de dos estrellas, que tiene reflejos de radar biológico y huele una trampa a cinco mil millas de distancia, en una emboscada aérea sin que se dé cuenta antes del descenso.

—No es una emboscada, Trevor; es una maniobra de aproximación encubierta —se defendió Logan, señalando con el marcador un punto en el mapa—. Y por eso los necesito a todos ustedes. Si Emma sospecha medio milímetro que hay una anomalía en su plan de vuelo, toma los mandos, nos aterriza a todos en una base militar y me arruina la propuesta antes de que pueda sacar la caja del bolsillo.

El sargento Miller soltó una carcajada ronca desde la pantalla de la videoconferencia, tosiendo por el dolor de las costillas rotas:

—El señor de las cuatro barras tiene agallas, muchachos. ¡Sacó nuestro pellejo de un valle en llamas y ahora quiere meter la cabeza en la guillotina más peligrosa del mundo: pedirle matrimonio a la jefa!

—Miller tiene razón, Logan —intervino Marcus con una sonrisa cómplice—. Emma entrenó a la mitad de los pilotos tácticos del ejército para detectar irregularidades en telecomunicaciones. Si la torre de Boston cambia una sola letra del plan de vuelo del sábado, va a exigir hablar con el supervisor del radar en persona.

Camila levantó la mano desde el rincón de la mesa con una tableta corporativa en alto:

—De eso me encargo yo. Ya bloqueé su agenda de presidencia para el sábado al atardecer bajo el código de «Vuelo de inspección técnica no comercial del nuevo Boeing 787». Oficialmente, Emma cree que va a auditar los nuevos sistemas de aviónica que compramos para sustituir las piezas adulteradas de Dallas. Elena ya firmó el permiso de vuelo con la FAA como un enlace de pruebas. No sospecha absolutamente nada.

Elena cruzó los brazos sobre el pecho, mirando a Logan con una ceja alzada y una sonrisa calculadora:

—El anillo, Logan. ¿Dónde está? Si vas a pedirle a mi hermana que deje de ser la soltera más cotizada del ejército y de la industria para llevar tu apellido, más te vale que no sea una baratija de centro comercial.

Logan metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero. Extrajo un estuche pequeño de terciopelo azul noche y lo abrió sobre la mesa.

Camila contuvo el aliento con un gemido emocionado. Elena suavizó la mirada en un gesto de aprobación inmediata.

No era un anillo convencional. La montura era de titanio aeronáutico pulido al vacío, sobrio y elegante, sosteniendo un diamante solitario de corte brillante flanqueado por dos zafiros de un azul profundo idéntico al color del cielo a quince mil metros de altitud. Pero lo verdaderamente único estaba grabado en el interior del metal en micras microscópicas: las coordenadas exactas de la pista clandestina en el valle de Shahi y una sola frase: «Mi cielo, mi mando, mi tregua».

Trevor Garrison dejó escapar un silbido bajo, dándole una palmada sonora en la espalda a Logan que casi lo hace tambalear:

—Maldita sea, muchacho... estás aprendiendo a volar muy fino. Con eso hasta yo te diría que sí.

—¡Hey, dejen de babear con la joyería! —tronó Miller desde el monitor del hospital—. Gallagher, ¿el equipo de tierra está listo? Los muchachos y yo no podemos saltar por las costillas fracturadas, pero exigimos estar en la línea de recepción cuando la General dé el sí. Si nos perdemos la cara de derrota del capitán Rhodes cuando la jefa le dé una orden de mando con el anillo puesto, no me lo perdono.

—Estarán allí, sargento —aseguró Marcus con solemnidad táctica—. Conseguí la autorización para trasladar a los cinco en ambulancia militar hasta el Hangar Tres de Martha's Vineyard. La guardia de honor del escuadrón estará formada en la rampa cuando el avión apague las turbinas.

Logan cerró el estuche de terciopelo con un chasquido seco, guardándolo contra su pecho. Miró a los hombres y mujeres que lo rodeaban: los mismos que hace unas semanas eran sus enemigos corporativos o soldados desconocidos en un mapa de guerra, convertidos ahora en sus hermanos de trinchera.

—El sábado a las dieciocho horas —decretó Logan, y en su voz resonó la seguridad del comandante que sabe que no hay margen de error—. Vuelo de prueba Boston-Islands. Garrison en la torre de coordinación, Marcus en el enlace táctico, Elena y Camila con mamá en la recepción... y ustedes cinco listos para cuadrarse ante su General.

Miller cuadró la barbilla desde la camilla con los ojos encendidos:

—A sus órdenes, capitán Rhodes. No le falle a la jefa en el aterrizaje... o volveremos a ponerle los cohetes JATO en el asiento.

La risa unánime de los conspiradores selló el pacto en el hangar en penumbra. La trampa más perfecta de la historia estaba tendida, y por primera vez en su vida, la indomable Emma Ross estaba a punto de entrar en un espacio aéreo del que no querría escapar jamás.

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Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
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