Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Escalas clandestinas en Seúl
El zumbido constante de los motores del avión apenas lograba acallar el torbellino de pensamientos que llevaba dando vueltas en mi cabeza desde que tomé la decisión exprés de cruzar medio mundo. Dejar atrás la mansión, los sermones de Noah, las miradas cómplices de Laila y la peligrosa sombra de Axel no había sido fácil, pero la pista anónima que había caído en mi buzón digital la noche anterior no me dejaba margen de duda. Algo relacionado con el oscuro pasado de mis padres y la red de amenazas que nos acechaba apuntaba directamente a Asia.
Doce horas más tarde, el contraste térmico y visual me golpeó de lleno. Seúl me recibió con un cielo plomizo, rascacielos imponentes que se perdían entre la neblina digital de las pantallas gigantes de neón y una marea constante de gente envuelta en abrigos largos y estilos impecables.
Tras un trayecto en taxi a través de autopistas colmadas de luces vibrantes, el vehículo se detuvo frente a la fachada acristalada de un hotel boutique de lujo en el distrito de Gangnam. El ambiente del lugar era sofisticado, minimalista y silencioso; un santuario perfecto para recuperar el aliento tras el jet lag.
Entré al vestíbulo arrastrando mi maleta de mano, con la capucha de mi abrigo oscuro semiabierta y la mente enfocada en el siguiente paso: descifrar la dirección codificada que traía en el teléfono. Me acerqué al mostrador de mármol donde una recepcionista me recibió con una reverencia educada.
—Bienvenida al Hotel Liena, señorita. ¿En qué puedo atenderle? —me preguntó en un inglés perfecto.
—Tengo una reserva a nombre de Natalia Prescott —le respondí con voz firme, sacando mi documento de identidad.
La recepcionista tecleó en la pantalla táctil, pero antes de que pudiera entregarme la tarjeta magnética de la habitación, una voz profunda, cargada de una familiaridad que creía a miles de kilómetros, resonó a mis espaldas con indiscutible diversión:
—Vaya, vaya. Si me hubieras dicho que tenías pensado venir de compras a Corea, te habría propuesto viajar conmigo, señorita Natalia.
El corazón me dio un vuelco. Me giré en redondo, con los ojos abiertos de par en par, y allí estaba. Recargado contra una de las columnas decorativas del vestíbulo, vistiendo un abrigo largo de cachemira negra, una bufanda floja al cuello y esa sonrisa inconfundible.
Damián.
El mismo Damián que figuraba oficialmente como el nuevo socio temporal de la constructora de mi familia, el hombre capaz de mantener una reunión ejecutiva impecable con Fabián y, al mismo tiempo, uno de los pocos que conocía el sabor de mis labios tras aquella noche salvaje que compartimos en el reservado de un club en Estados Unidos.
Damián despegó la espalda de la columna de mármol y caminó hacia mí con pasos pausados, luciendo una media sonrisa de suficiencia.
—Veo que te has quedado sin palabras, Natalia —dijo con esa voz grave que parecía diseñada para desestabilizarme—. Y pensar que te creías muy sigilosa cruzando medio planeta convencida de que nadie seguiría tu rastro.
Recuperé la compostura al instante, erguéndome y devolviéndole la mirada con la misma altivez con la que solía defenderme.
—No te hagas ilusiones, Damián. No le importo lo suficiente a nadie como para que me anden persiguiendo, y mucho menos imaginé que cruzaría caminos con el socio temporal de mi empresa —le solté con una sonrisa cínica, mientras la recepcionista me tendía la tarjeta de la habitación—. ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿O es que la agenda de la constructora ahora incluye acechar hoteles en Corea?
Damián soltó una carcajada corta, deteniéndose a solo un paso de mí. El aroma limpio de su loción mezclado con el aire fresco del exterior me envolvió de inmediato, trayéndome a la memoria destellos demasiado nítidos de nuestro encuentro en la discoteca.
—Digamos que tengo mis propios intereses comerciales y asuntos que resolver en esta ciudad —respondió con misterio, desviando la mirada hacia mis maletas—. Pero el trabajo puede esperar. Lo que no puede esperar es la coincidencia de encontrarte aquí, sola, con cara de cansada y necesitando desconectar. Así que no acepto un «no» por respuesta: esta noche cenamos juntos en el restaurante del hotel.
—No recuerdo haber aceptado ninguna cita contigo, Damián. Y menos sabiendo que tratas con mis hermanos —le reté, arqueando una ceja.
—No es una pregunta, Natalia. Es una invitación formal que vas a aceptar porque sé perfectamente que mueres de hambre y porque la química que tenemos desde aquella noche merece una segunda parte en condiciones —replicó con una seguridad aplastante, tomando la tarjeta de mis manos con un movimiento ágil—. Vamos, subimos a dejar tus cosas y nos vemos abajo en media hora. Y ni se te ocurra intentar escapar, porque te conozco demasiado bien.
Rodé los ojos con un suspiro exagerado, aunque en el fondo la idea de jugar con fuego con él no sonaba nada mal para ahuyentar el cansancio del viaje.
Media hora más tarde, bajé al restaurante panorámico del hotel. El lugar era una maravilla estética: ventanales de suelo a techo que mostraban el mar de luces cibernéticas de Seúl brillando en la noche. Damián ya me esperaba en una mesa reservada junto al cristal, bebiendo un trago corto mientras me observaba acercarme con un vestido negro ajustado que encajaba a la perfección con la elegancia del sitio.
La cena transcurrió entre pullas afiladas, copas de vino excelente y ese coqueteo constante que siempre existía entre nosotros, avivado por la tensión latente de nuestro pasado. A medida que la noche avanzaba y el alcohol hacía su efecto, la distancia entre los dos pareció acortarse.
—Creo que ya fue suficiente de juegos por hoy —murmuró Damián con voz ronca cuando el camarero retiró los platos, apoyando los codos en la mesa y acercando su rostro al mío—. La verdad es que los negocios en Seúl me importan muy poco en este momento, Natalia. Llevo demasiado tiempo pensando en repetir lo de aquella vez, sin paredes de por medio y sin prisas.
—Ten cuidado con lo que deseas, Damián —le susurré de vuelta, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. A veces los deseos se cumplen de la peor manera.
—Lo sé, Natalia. Aún así, esta noche no pienso ir a dormir solo —dijo con una sonrisa torcida antes de ponerse de pie y tenderme la mano.
No hizo falta decir nada más. La resistencia se derrumbó en el instante en que cruzamos el umbral de mi habitación en el piso dieciocho. Apenas la puerta se cerró a nuestras espaldas, Damián me acorraló contra la madera, atrapando mi boca en un beso hambriento que borró cualquier rastro de distancia profesional.
Sus manos recorrerieron mi cintura con una urgencia abrasadora, levantándome ligeramente mientras mis piernas se enredaban en su cadera por instinto. Le devolví la intensidad con creces, enredando los dedos en su cabello y tirando de él mientras los besos se volvían caóticos.
La distancia entre el recibidor y la cama se redujo a empujones torpes y risas ahogadas. La ropa empezó a estorbar en segundos: los botones de su camisa cedieron bajo mis tirones y el vestido negro quedó olvidado en el suelo. En medio de la penumbra de la habitación iluminada por los neones de la ciudad, nos entregamos a un torbellino de piel con piel, donde cada caricia se convirtió en una exigencia y cada susurro quemaba como fuego vivo, sellando una tregua secreta a miles de kilómetros de casa.
El sol de la mañana se filtraba con fuerza a través de los ventanales del hotel, iluminando las sábanas revueltas y el desorden de una noche intensa. Mientras Damián aún dormía profundamente tras el ritmo de la madrugada, me deslicé con sigilo fuera de la cama. Me vestí con ropa ligera y cómoda, tomé mi bolso y le dejé una nota rápida sobre la mesa de noche con una sonrisa traviesa.
Salí del hotel rumbo a las zonas costeras de Incheon, buscando el aire fresco del mar para despejar la mente. Cuando Damián me llamó al teléfono extrañado por mi ausencia, le inventé una coartada perfecta con total desparpajo: le dije que prefería ir de compras y recorrer la costa sola, ya que su imponente y seria presencia de «magnate» solo espantaba a los chicos guapos de Seúl que querían coquetearme.
Por supuesto, todo era una excusa brillante. Detrás de esa coartada ligera se escondía el verdadero motivo de mi viaje: usar la fachada de turista para investigar de forma encubierta la misteriosa dirección asiática vinculada con el oscuro pasado de mis padres y la red de amenazas que acechaba a mi familia.