Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 4: EL RASTRO DEL AUSENTE
La pregunta de Gabriel quedó flotando en el aire del estudio destrozado como una condena implícita. Elena miró la bolsa de evidencias. Efectivamente, ahí estaba su llavero de cuero verde con la pequeña llave de latón que Julián le había entregado seis meses atrás para que tuviera acceso libre a la biblioteca. En el caos de la escena y el shock de la mancha de sangre, no se había percatado de que la llave seguía puesta en la cerradura interior de la puerta.
—Julián me dio esa llave hace meses —respondió Elena, esforzándose porque su voz no temblara—. Yo no cerré esa puerta por dentro. Alguien debió tomarla de mi bolso o utilizarla para fingir que entré con su autorización.
Gabriel la observó en silencio durante unos segundos insoportablemente largos. No pareció convencido, pero tampoco la rebató inmediatamente. Hizo una seña al equipo de criminalística, que acababa de ingresar al recinto con maletines de luces forenses, reactivos químicos y cámaras fotográficas.
—Llévenla al vehículo policial para que se resguarde de la lluvia —ordenó Gabriel a uno de sus subalternos—. Pero no se retire del perímetro. Señorita Marín, vendrá con nosotros a la central para rendir su declaración formal.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, Elena se encontraba sentada en una sala de interrogatorios de la sede central de la policía. Las paredes de concreto pintadas de un verde descolorido y el espejo unidireccional le devolvían una imagen grotesca de sí misma: el vestido de seda arruinado, el cabello húmedo pegado a las sienes y la piel pálida como el papel. Un oficial le había entregado una manta térmica de plástico dorado y un vaso de plástico con café negro que permanecía intacto sobre la mesa de fórmica.
La puerta de la sala se abrió y Gabriel entró solo. Llevaba una carpeta de manila bajo el brazo y una taza de cerámica con vapor saliendo de su interior. Se sentó enfrente de ella, dejó la carpeta sobre la mesa y no pronunció palabra durante casi un minuto mientras hojeaba unos documentos.
—Tengo noticias de la unidad fluvial, señorita Marín —dijo Gabriel finalmente, cerrando la carpeta con un golpe seco.
Elena levantó la vista de golpe, apretando la manta térmica contra sus hombros.
—¿Encontraron a Julián?
—Hace veinte minutos, una patrulla de la policía fluvial localizó un vehículo sumergido en las aguas del río turbio, a cuatro kilómetros del puente de la carretera vieja —informó Gabriel con voz monocorde y profesional—. El vehículo está registrado a nombre de la Corporación Valdés. Dentro del maletero... encontraron el cuerpo de un hombre con dos impactos de bala en el tórax.
El mundo alrededor de Elena pareció perder el sonido. La sala de interrogatorios giró levemente sobre su eje. Aunque la mancha de sangre en la mansión anticipaba el peor desenlace, escuchar la confirmación oficial del asesinato de Julián cayó sobre ella como una maza.
—¿Está... totalmente seguro de que es él? —susurró, con lágrimas amontonándose en la comisura de sus ojos.
—La identificación preliminar por las prendas, el reloj conmemorativo y la estructura física coinciden en un noventa y nueve por ciento con Julián Valdés. Mañana por la mañana se realizará la autopsia y el cotejo dactilar para confirmarlo legalmente —dijo Gabriel, sin mostrar la menor empatía por el dolor de la mujer enfrente de él.
El detective se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa.
—Ahora que la investigación ha pasado formalmente de una persona desaparecida a un caso de homicidio calificado, necesito que sea absolutamente transparente conmigo, Elena. Su prometido tenía muchos enemigos. Tenía pleitos judiciales por fraude de inversiones, investigaciones por evasión fiscal y disputas encarnizadas con la junta directiva de la galería de arte.
Gabriel abrió la carpeta de manila y extrajo un pequeño cuaderno de notas de tapa de cuero negro, dañado por el agua en las bordes, protegido dentro de una bolsa transparente.
—Encontramos esto en el bolsillo interior del saco de la víctima en el cuerpo del río —dijo Gabriel, desglosando cada palabra con lentitud deliberada—. Es la libreta personal de notas de Julián. Casi todas las páginas están llenas de códigos financieros y listas de pagos. Sin embargo, la última página fue escrita pocas horas antes de su muerte.
Gabriel giró el cuaderno sobre la mesa para que Elena pudiera leer la anotación.
La página, mojada pero aún legible por el trazo profundo del bolígrafo, tenía una sola palabra escrita en el centro de la hoja. Su propio nombre: ELENA. La palabra estaba encerrada en un círculo y subrayada tres veces con una presión desesperada que había rasgado el papel.
—¿Por qué su prometido escribiría su nombre tres veces subrayado en su nota final antes de ser ejecutado y arrojado al río, señorita Marín? —preguntó Gabriel, clavando sus ojos grises en los de ella—. ¿Le tenía miedo a usted? ¿O usted sabía algo que él no podía permitir que saliera a la luz?