—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 3
Capítulo 3: La charola
La charola pesaba lo que pesan treinta y ocho pesos: arroz, frijoles, un guisado de picadillo y dos tortillas envueltas en servilleta.
Maite la llevaba con las dos manos, derecha, como si fuera a entregarla en un examen. Era su primera comida del día. El médico del lunes había dicho a sus horas, y en la mochila traía las pastillas de hierro que se había comprado con lo que quedaba de la semana. Se sentó en la orilla de una mesa larga del comedor de la Facultad de Educación, junto a la ventana, y antes de agarrar la cuchara revisó el celular.
En el chat que había guardado como Señor Solana seguía lo mismo que el lunes: la cuenta que él le mandó, su depósito, y la nota de voz. Recibido, jefa. Gracias a usted.
Nada más. Dos días.
No tenía por qué haber más. Guardó el celular y agarró la cuchara.
—Mira nada más. La becada comiendo.
Daniela Solana venía entre las mesas con Karla de un lado y Fer del otro, las tres con lentes de sol en la cabeza como diadema. Se paró frente a ella. Olía a perfume caro y a chicle de menta.
—Mi papá viene hoy a la facu —dijo, bajito, contenta—. ¿Sabes a qué? A hundirte.
Maite no levantó la vista del arroz.
—Estoy comiendo, Daniela.
—Ay, qué educada la ranchera. —Karla soltó su risa de silbato—. Así hablan en el rancho, ¿verdad? Antes de robarse los novios de las demás.
—La robanovios —dijo Fer, y se tapó la boca como si se le hubiera escapado.
Daniela apoyó las dos manos en la mesa y se inclinó.
—Mi papá tiene un departamento entero de abogados. Sus abogados te van a comer viva.
Hoy, pensó Maite. Así que era hoy. Después de oír los audios, después del hospital, después de la nota de voz, el señor Solana venía a la facultad. Y su hija lo sabía primero que nadie.
Claro que sí.
Daniela estiró el brazo y, con el dorso de la mano, empujó la charola.
El plástico golpeó el piso. El arroz se abrió en abanico sobre el mosaico, los frijoles escurrieron por la pata de la mesa, una tortilla rodó hasta los tenis de alguien. Sonaron cubiertos. Luego, risas.
—Ay, perdón.
Era el mismo movimiento. El mismo dorso de la mano, el mismo ruido, la misma risa detrás. El catorce de marzo Maite se había quedado sentada mirando el arroz en sus tenis mientras Daniela le decía ve y acúsame con mi papá, y no había hecho nada más que grabar.
Esta vez se agachó.
Nadie entendió qué hacía. Karla todavía se reía. Maite juntó con la mano un puño de arroz del piso, caliente, con grano de mosaico y todo, se levantó y se lo metió a Daniela en la boca.
—Tú la tiraste. Tú te la comes.
Daniela abrió los ojos enormes. Escupió, manoteó, la agarró de la cola de caballo y jaló. Maite no la soltó. Karla empezó a gritar, un grito agudo que llenó el comedor, y Fer daba brinquitos alrededor sin saber a quién agarrar. Una silla cayó. Dos señoras de la cocina salieron por la puerta de servicio con los delantales puestos y las separaron a jalones, una a cada lado, como a dos gatas.
—¡Ya, muchachas! ¡Ya!
A Maite le ardía el cuero cabelludo. Tenía la blusa manchada de frijol desde el cuello hasta la bolsa. Respiraba por la boca.
Alrededor, el comedor entero estaba de pie. Unas ciento cincuenta personas, de todos los semestres. Casi todas con el celular levantado.
Nadie se acercó a preguntarle si estaba bien.
En la mesa de al lado, Iván Salas, de su mismo grupo, un muchacho que nunca hablaba con nadie, tenía el celular acostado entre las manos, grabando en horizontal. Maite lo vio y se dio cuenta de algo: lo tenía así desde antes. Desde que Daniela se paró frente a ella.
* * *
A las dos y diez, en el baño del primer piso, el celular le vibró sin parar mientras se tallaba la blusa con papel. El frijol no salía.
Confesiones UCN había subido un video. Empezaba justo cuando ella se agachaba. Ni la charola en el piso, ni el ay, perdón, ni los abogados. Nada más una muchacha con cola de caballo que se levanta del suelo y le mete arroz en la boca a otra.
El título decía: La becada agrede a la hija de Solana.
En una hora llevaba cuarenta mil reproducciones. Maite leyó los primeros comentarios y ya no quiso leer más.
Qué salvaje, neta.
Que le quiten la beca, para eso pago colegiatura.
Pobre Dani, siempre tan linda con todos.
Guardó el celular. Se miró en el espejo: el pelo jalado de un lado, la mancha en la blusa, los ojos secos. Se puso encima la chamarra de mezclilla que usaba contra el aire acondicionado de los salones y se la abotonó hasta arriba.
* * *
A las tres, en el pasillo de la Dirección, la maestra Rangel la alcanzó antes de que tocara la puerta. Le puso una mano en el brazo y bajó la voz.
—Yo sé que tú no empezaste, Maite. —Miró hacia la oficina del director, luego otra vez a ella—. Pero a mí me pidieron que no lo hiciera más grande.
No era una disculpa. Tampoco era mentira. Maite asintió y tocó.
El director Zertuche no la invitó a sentarse. Tenía la corbata floja y un folder en el escritorio que empujó hacia ella con dos dedos.
—Carta compromiso. Léela.
Maite la leyó parada. Tres puntos. Que reconocía haber iniciado la agresión en el comedor. Que retiraba la queja presentada en noviembre. Que ofrecía una disculpa por escrito a la alumna Daniela Solana Treviño.
—Si firmas, esto se queda aquí —dijo él—. Si no, te toca amonestación. Y tú sabes lo que pide tu beca, señorita. Promedio de nueve y cero sanciones disciplinarias. Cero.
Maite metió la mano derecha en la bolsa de la chamarra. Sintió el celular con la yema de los dedos, buscó el botón lateral, lo apretó dos veces. Una vibración corta contra la palma. Grabando.
—Yo no empecé.
—Hay un video.
—Hay un pedazo de video.
Zertuche se recargó en su silla. Juntó las manos sobre la panza.
—Mira, señorita. Te voy a hablar claro, por tu bien. Esa familia le da mucho a esta Facultad. Y ni se te ocurra ir a la Fiscalía. Eso daña la imagen de la Universidad. —Hizo una pausa larga—. Piensa en tu beca.
Ahí estaba. La misma frase de noviembre, ahora con su voz entrando derechito al celular de su bolsa.
—No voy a firmar que yo empecé.
Zertuche abrió la boca para contestar. Tocaron la puerta. La secretaria asomó media cara, colorada.
—Director, el ingeniero Solana acaba de llegar. Viene subiendo.
Zertuche se levantó tan rápido que la silla rodó hasta la pared. Se ajustó el nudo de la corbata, se alisó el saco, se pasó una mano por el pelo. Luego la miró a ella con algo que se parecía mucho a una sonrisa.
—Ahora sí, señorita. Llegó el papá. —Señaló la puerta con la barbilla—. Espérate afuera. Cuando el ingeniero decida qué hacer contigo, te llamo.
Maite salió. En el pasillo había una fila de sillas de plástico azul pegadas a la pared. Se sentó en la más cercana a la puerta. La chamarra se le abrió un poco al sentarse y se asomó la mancha de frijol. No la tapó.
La mano seguía en la bolsa. El celular seguía grabando. No lo detuvo.
Se oyeron pasos subiendo por la escalera del fondo, varios, pesados, de hombre. Del baño de mujeres salió Daniela con el rímel retocado, pasó frente a ella sin mirarla, dejó una estela de perfume y se echó a correr hacia la escalera.
Ahí estaba. Los ricos se cuidan entre ellos. Maite apretó el celular dentro de la bolsa hasta que le dolieron los dedos.
—¡Papi!