Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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La llamada de Roma.
Era un martes de marzo. Franco chiquito tenía 2 meses y medio. Fueron los días más felices para la familia Valero Del Prado.
Isabella estaba dándole pecho en la sala grande de la villa, frente a la chimenea. Pietro estaba en la bodega contando las botellas de "Luna di Isabella" que quedaban. Franco grande estaba en el viñedo podando.
A las 11:23 sonó el teléfono fijo de la villa. El que nunca suena.
Franco grande contestó.
—Pronto?
Del otro lado, una voz de policía. De Roma.
Franco grande se quedó mudo. Se le cayó el sombrero. El teléfono se le cayó de la mano.
Pietro subió corriendo de la bodega.
—¿Papá? ¿Papá qué pasó?
Franco grande, de 70 años, con la felicidad que tenía tatuada desde que nació su nieto, ahora con la cara blanca, sin sangre, sentado en el piso de piedra.
—Marco — dijo —. Marcoo... accidente... en Roma... en la Via Aurelia... auto... murió en el acto...
Marco Valero. El hermano mayor de Pietro. 45 años. El que vivía en Roma. El que decía "yo no pienso en hijos, papá, yo pienso en motos". Pero que todos los días desde que nació Franco chiquito mandaba mensaje: "¿Cómo está mi sobrino de pelo rizado?". El que le había mandado ya 3 cascos chiquitos de moto para el bebé aunque tenía 2 meses.
Isabella se paró con el bebé en brazos. Se le cortó la leche del susto.
—¿Qué? — dijo Pietro —. ¿Qué dices? ¿Marco?
La policía volvió a llamar al celular de Pietro. Le explicó. Choque frontal. Un camión se cruzó. En la madrugada. Iba volviendo de trabajar. Murió al instante. No sufrió.
Pietro no lloró. Se quedó parado, con la mano en la mesa de roble, apretando tan fuerte que se le pusieron los nudillos blancos.
—Tengo que ir a Roma — dijo, con voz seca —. Tengo que verlo. Tengo que traerlo.
—Voy contigo — dijo Isabella, con Franquito llorando ahora porque sentía la tensión.
—No — dijo Pietro, por primera vez duro con ella desde que nació el bebé —. Tú te quedas con el bebé. Con mi padre. Hace frío. Es Roma. Es morgue. No es para ti. No es para Franco.
Franco grande, en el piso, llorando ya como niño, dijo:
—Era mi hijo mayor... era mi primer hijo... ahora... ahora mi primer hijo se fue y mi primer nieto acaba de llegar... ¿cómo?
Pietro se fue a las 12. Sin maleta. Con la camioneta. Manejando a 140 por hora por la autopista a Roma, nevando todavía un poco, con los ojos secos, sin llorar, porque los hombres Valero no lloran hasta que ven.
Llegó a Roma a las 3 de la tarde. Al hospital San Giovanni. A la morgue.
El policía lo esperaba. Un señor de 50 años.
—Signor Valero, su hermano...
—Quiero verlo — dijo Pietro.
—Signor, no es recomendable, el impacto fue...
—Es mi hermano mayor — dijo Pietro, con voz rota ya —. El me cargaba cuando era niño. Y yo... Yo le enseñé a manejar bicicleta. Quiero verlo.
Entró.
Y ahí estaba Marco. Tapado con sábana blanca hasta el pecho. Con la cara intacta, curiosamente intacta, blanca como la nieve, igual que su sobrino Franco chiquito. Con un corte chiquito en la ceja. Nada más. Como si estuviera dormido.
Pietro se cayó de rodillas al lado de la camilla. Y recién ahí lloró. Como nunca había llorado en toda su vida. Ni cuando pensó que Isabella lo dejaba, ni cuando casi lo matan, ni cuando nació su hijo.
Lloró con gritos.
—¡Marco! ¡Marco, te dije que no corras en moto! ¡Te dije que ese trabajo de noche te iba a matar! ¡Me dijiste que ibas a venir en Pascua a ver a tu sobrino! ¡Me dijiste que le ibas a comprar su primera moto! ¡Marco!
Lo abrazó. Frío. Frío como la nieve de Montalcino en enero.
Estuvo una hora ahí. Solo. Con su hermano mayor. Hablándole.
—Giulia no pudo tener hijos, tú no querías tener, y ahora te vas y me dejas solo con papá y con tu sobrino que tiene tu sangre — le decía —. ¿Quién me va a molestar ahora? ¿Quién me va a decir que soy aburrido?
Salió a las 5. Con los ojos rojos. Con el papel de defunción en la mano. Con el deber de llamar a su padre y decirle que sí, que era verdad, que su hijo mayor estaba muerto.
Manejó de vuelta a Montalcino toda la noche. Sin música. Sin parar. Llegó a las 10 de la noche.
La villa estaba con todas las luces prendidas. Isabella en la puerta, con Franco chiquito envuelto en la manta amarilla, con piel blanca como la nieve, dormido, sin saber que su tío acababa de morir.
Franco grande sentado en el sillón, mirando el fuego, con la botella de "Luna di Isabella" sin abrir.
Pietro entró. No dijo nada. Le dio el papel a su padre. Abrazó a Isabella y a su hijo juntos, fuerte, como si los fuera a perder también.
—Se fue — dijo —. Marco se fue. Y no alcanzó a ver crecer bien a su sobrino.
Esa noche nadie durmió en la villa Valero. Franco chiquito lloró toda la noche, como si sintiera que en la familia faltaba uno. Y por primera vez en 2 meses, no hubo risas en la villa.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭