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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

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Capítulo 21

Capítulo 21: El ático

Rogelio Linares abrió él mismo la puerta de la casona de la Roma, cosa que Paloma no le había visto hacer nunca, y le tendió la mano a Alejandro antes de saludar a su hija.

—Pasen, pasen. —Traía la sonrisa que reservaba para las visitas importantes—. Y ya nada de licenciado. Dime suegro, hijo.

Alejandro le estrechó la mano un segundo y la soltó.

—Señor Linares.

A su padre no se le movió la sonrisa, pero se le pusieron rojas las orejas. Paloma lo vio tragarse la humillación en el umbral de su propia casa y no sintió lástima. Hacía seis meses que no pisaba esa casa, desde la mañana en que la bajaron del ático vestida de novia. El día anterior, cuando Alejandro dijo que vendrían, ella le había escrito *¿Para qué?* en el pizarrón, y él solo contestó que quería ver dónde había crecido.

Su madre los esperaba en la sala, recién peinada de salón. Carmina los miraba desde la mitad de la escalera y no bajó a saludar. Beatriz no dejó que nadie se sentara.

—Licenciado, venga, le enseño el cuarto de Paloma. Para que vea que en esta casa nunca le faltó nada.

Paloma entendió para qué era la visita guiada. En abril, Alejandro les había dicho a sus padres en la cara que les habían entregado a una hija que tenían comiendo frío en un ático, y su madre llevaba medio año queriendo borrar esa frase.

* * *

El cuarto estaba en el segundo piso. Tenía una cama con dosel, un tocador lleno de perfumes y una pared completa de fotos: la graduación, Cancún, un yate, recortes de la página de sociales. En el clóset colgaban vestidos de noche con el nombre de Carmina bordado en la etiqueta de la modista.

—Aquí duerme cuando viene a vernos —dijo Beatriz—. Las fotos son de las dos. Como son idénticas, ni yo las distingo.

Paloma no necesitaba acercarse para saber que mentía. Desde los cinco años nadie le había tomado una sola foto. Todas esas eran de Carmina, y las dos lo sabían, y su madre lo decía mirando a Alejandro a los ojos, igual que durante quince años les había dicho a las visitas que la menor estudiaba en Suiza. Alejandro no miró las fotos. La miró a ella.

—Ponle toallas limpias a la niña en su cuarto —le ordenó Beatriz a la muchacha de servicio que pasaba por el pasillo.

La muchacha se quedó parada con las toallas en los brazos, confundida.

—¿Aquí, señora? Si la niña Paloma duerme arriba.

Nadie dijo nada. Beatriz abrió la boca y la volvió a cerrar.

—¿Arriba dónde? —preguntó Alejandro.

Paloma le contestó ella misma. Caminó hasta el fondo del pasillo y abrió una puerta angosta que parecía de bodega, con dos trapeadores y una cubeta adentro. Detrás de los trapeadores empezaba una escalera de caracol. Su padre la había mandado esconder ahí hacía años, para que ninguna visita preguntara quién vivía en el tercer piso.

Arriba había otra puerta. La cerradura estaba del lado de afuera, y la llave seguía metida en ella, donde su padre la dejaba cada noche después de cerrar.

El ático ocupaba toda la planta, casi doscientos metros bajo el techo inclinado, con un tragaluz en medio. Su cama angosta, su mesa de dibujo, y macetas por todas partes: geranios, helechos, una bugambilia sembrada en un bote de pintura. Durante quince años habían sido lo único vivo que dependía de ella. Seis meses después, la mitad estaban secas. Nadie había vuelto a subir a regarlas.

Paloma sacó la regadera de debajo del lavabo, la llenó y se arrodilló frente a las que todavía tenían hojas verdes. Las regó una por una, sin prisa. Alejandro se quedó en la puerta y no dijo nada. Cuando ella se levantó, se le habían dormido las piernas y se fue de lado; él la sostuvo por los codos desde atrás hasta que recuperó el equilibrio.

Luego regresó a la puerta, sacó la llave de la cerradura y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

No dijo una palabra, y Paloma no necesitó que la dijera. Nadie iba a volver a cerrar esa puerta con ella adentro.

* * *

Abajo, frente a la escalera, Paloma le escribió en el pizarrón y se lo enseñó.

*Mis papeles están en el despacho de mi papá.*

—Los documentos de mi esposa, señor Linares —dijo Alejandro.

Rogelio dijo que claro, que se los pensaba mandar, y lo llevó al despacho. En cuanto se cerró la puerta, Beatriz tomó a Paloma del codo y la jaló hacia el pasillo. Le brillaban los ojos como no le brillaban desde hacía años.

—Dale un hijo pronto, mija. —Hablaba muy bajo y muy rápido—. Con un nieto Iturralde, cuando falte don Ignacio, tú manejas lo de tu marido… y todo eso queda en manos de los Linares.

Paloma escribió despacio, sin quitarle los ojos de encima.

*Soy muda, mamá. ¿Qué voy a manejar yo?*

—Olvida lo que dije. —A su madre se le había borrado el brillo de golpe, como si la hubieran despertado—. Son cosas de tu papá.

Y se metió al comedor. Paloma se quedó sola en el pasillo con el plumón en la mano. Hasta ese momento había creído que sus padres la casaron para tapar el hueco de Carmina. Por primera vez se le ocurrió que la habían casado para algo.

Alejandro salió del despacho con un fólder: su acta de nacimiento original, su credencial vieja del INE, que ya no servía, y la segunda copia certificada del acta de matrimonio. Paloma abrió el acta en la última hoja. Ahí estaba su firma, *Paloma Linares Cordero*, con su letra. La primera vez que la escribió creía que era un favor para su hermana. Ahora el papel estaba en sus manos, y lo guardó en su bolsa.

* * *

En la comida, Carmina esperó a que sirvieran la sopa.

—¿Es cierto que andas de fichera en Polanco? —preguntó en voz alta, para que la oyera también la cocinera—. Qué vergüenza para la familia.

Paloma dejó la cuchara. Ya sabía quién había mandado el chisme al grupo de amigas de Mercedes. Lo había sabido desde el sábado, pero oírlo en la boca de su hermana, con esa cara idéntica a la suya, era otra cosa.

—Carmina Linares me dijo que su hermana era fichera, que se dejaba. —Alejandro puso el tenedor junto al plato y no levantó la voz—. Eso declaró el licenciado Robles el viernes ante el Ministerio Público, después de que lo sacaron esposado del vestidor donde había encerrado a tu hermana. Está en la carpeta. ¿Quieres que te la lea completa?

La cocinera y la muchacha se quedaron quietas en la puerta de la cocina, con los platos en la mano. Rogelio se puso de un color verdoso. Carmina miró a su padre, luego a su madre, y Paloma supo que su hermana estaba buscando a quién echarle la culpa.

—Yo solo lo comenté —dijo Carmina—. No sabía que ese señor iba a…

—Tu hermana no pensó… —Beatriz agarró a Paloma de la muñeca por encima de la mesa—. Tú sabes cómo es, mija.

Paloma se soltó con suavidad. Se levantó, rodeó la mesa y se paró frente a Carmina. Quería tocarle la cara. Quería comprobar con la mano que esa cara, la misma que veía cada mañana en el espejo, había sido capaz de mandar a un hombre por ella.

Beatriz se paró de un brinco y le apartó la mano de un manotazo, como quien espanta a un ladrón.

—¡No la toques! —Se puso entre las dos—. Tú le robaste el hombre a tu hermana.

Nadie en la mesa se movió. La muchacha bajó la vista a los platos. Paloma miró a su madre, parada delante de Carmina con los brazos abiertos, protegiéndola de ella, y entendió que acababa de elegir otra vez. Había elegido siempre.

Dobló su servilleta, la dejó junto al plato y salió del comedor. Cruzó la sala y el zaguán sin correr y abrió la puerta de la calle. Esta vez no esperó a que nadie le abriera.

* * *

En la banqueta, la Suburban esperaba con el motor encendido. Fermín estaba junto a la puerta trasera, y Ulises se bajó del asiento del copiloto con un fólder azul bajo el brazo, como si lo hubieran citado a esa hora. Paloma no les preguntó nada. Oyó los pasos de Alejandro detrás de ella y no se dio la vuelta hasta que él la alcanzó.

Tenía una pregunta atorada desde abril, desde la tarde en que Carmina, de rodillas en un pasillo de la casona Iturralde, se le acercó al oído y le dijo que Alejandro la odiaba porque se acordaba de ella en su cama, que Paloma solo tenía su cara. Seis meses casada con un hombre que, según su hermana, había querido a otra. Destapó el plumón y la escribió con letra grande.

*¿Todavía la quieres?*

Alejandro leyó el pizarrón. Luego la miró a ella, largo, como si hasta ese momento no se le hubiera ocurrido que ella podía pensar eso.

—Carmina nunca fue mi novia. Le pagaba por acompañarme.

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