Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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Demasiado cerca
Dante Vassari había tomado una decisión.
Durante las próximas cuarenta y ocho horas, ignoraría a Aria Moretti.
No la buscaría con la mirada. No inventaría excusas para llamarla a su oficina. No preguntaría por sus reuniones ni perdería el tiempo observando con quién hablaba.
Era un plan sencillo.
Al menos, hasta que Luca entró en su despacho.
—La reunión con los inversionistas de la costa se adelantó. Tenemos que salir en veinte minutos.
Dante levantó la vista de sus documentos.
—¿Quién preparó el informe?
—Aria.
—Que lo envíe por correo.
—Necesitamos que explique los cambios en persona. Fue ella quien detectó los errores en las proyecciones.
Dante apretó la mandíbula.
Su plan de ignorarla acababa de durar menos de una mañana.
—Que esté lista en diez minutos.
Luca sonrió.
—Por supuesto, jefe. ¿Quieres que también le avise que te alegra verla?
—Fuera.
...⸻...
Aria estaba terminando de ordenar sus documentos cuando Dante apareció junto a su escritorio.
—Nos vamos.
Ella miró la hora.
—Buenos días para usted también.
—La reunión se adelantó.
—Lo sé. Recibí el correo hace diez minutos.
Aria guardó su computadora en el bolso y se levantó.
Llevaba un pantalón negro, una blusa color crema y el cabello recogido en una coleta. No había nada extraordinario en su aspecto, pero Dante tuvo que recordarse que debía mirar hacia el ascensor y no hacia ella.
—¿Ocurre algo? —preguntó Aria al notar su silencio
.
—No.
—Tiene cara de haber discutido con alguien.
—No he discutido con nadie.
—Entonces quizá debería intentarlo. Dicen que ayuda a liberar tensiones.
Dante la miró de reojo.
—¿Siempre habla tanto?
—Solo cuando estoy con personas que responden poco.
Ella entró en el ascensor antes que él.
Dante la siguió sin contestar.
El trayecto hasta el estacionamiento transcurrió en un silencio extraño. Aria revisaba sus notas mientras él observaba los números luminosos del ascensor.
No iba a mirarla.
No iba a buscar conversación.
No iba a…
—¿Está enfadado conmigo? —preguntó ella.
Dante giró la cabeza.
—¿Por qué habría de estarlo?
—No lo sé. Desde ayer está más insoportable de lo habitual.
—No sabía que llevaba un registro.
—Estoy pensando en publicarlo. Podría titularse: Las cien maneras en que Dante Vassari puede arruinarte el día.
Él la miró durante un instante.
Y, contra toda lógica, estuvo a punto de sonreír.
—Suba al automóvil, Moretti.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Y usted no deja de hacer preguntas.
—Supongo que por eso me contrató. Para pensar.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Dante salió primero, ocultando una sonrisa que no tenía ninguna intención de reconocer.
...⸻...
La reunión fue un éxito.
Aria expuso los cambios con seguridad, respondió a cada objeción y consiguió que los inversionistas aceptaran revisar una propuesta que, hasta ese momento, consideraban demasiado arriesgada.
Dante permaneció a su lado, escuchando.
No era la primera vez que la veía trabajar, pero sí la primera que la observaba sin pensar en lo mucho que lo irritaba.
Aria no intentaba impresionarlo. No buscaba su aprobación ni esperaba que él hablara por ella.
Simplemente sabía lo que hacía.
Y eso le gustaba.
Más de lo que debería.
Cuando la reunión terminó, uno de los inversionistas se acercó a ella.
—Señorita Moretti, su análisis fue excelente. Me gustaría que trabajáramos juntos en futuros proyectos.
—Muchas gracias. Será un placer.
El hombre le estrechó la mano y sonrió con evidente interés.
Dante observó el gesto desde unos pasos de distancia.
Su lobo se removió.
Demasiado cerca.
Dante endureció el rostro.
No empieces.
No nos gusta.
No te he preguntado.
Aria regresó junto a él.
—¿Nos vamos?
—Sí.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Ella entrecerró los ojos.
—Tiene una extraña definición de perfecto.
...⸻...
Al salir del edificio, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras.
No habían avanzado ni una cuadra cuando comenzó a llover.
—Fantástico —murmuró Aria, mirando por la ventanilla—. Justo lo que necesitaba.
Dante tomó una salida hacia una avenida menos congestionada.
—Llegaremos en veinte minutos.
—No me preocupa llegar tarde. Mi preocupación es que mi ropa termine empapada cuando tenga que correr desde el estacionamiento.
Él no respondió.
Unos minutos después, el automóvil se detuvo frente a una cafetería.
Aria lo miró, desconcertada.
—¿Qué hacemos aquí?
—Tiene hambre.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—No ha almorzado.
Aria lo observó con desconfianza.
—¿Cómo sabe eso?
Dante se arrepintió inmediatamente de haberlo mencionado.
La había visto rechazar la comida que una asistente les ofreció antes de la reunión. Un detalle insignificante que, por algún motivo, había guardado en su memoria
—Porque estaba ocupada hablando —respondió.
—Estaba trabajando.
—Entonces entre y coma algo.
Aria se quedó mirándolo unos segundos.
—¿Me está invitando?
—Estoy evitando que se desmaye y retrase el resto de mi agenda.
Ella abrió la puerta.
—Qué detalle tan conmovedor. Voy a recordarlo en mi diario.
Dante bajó detrás de ella.
La cafetería estaba casi vacía. Se sentaron junto a una ventana mientras la lluvia golpeaba los cristales.
Aria pidió un café y un sándwich. Dante, que no tenía hambre, pidió lo mismo.
—¿Ahora también va a copiar mi almuerzo? —preguntó ella.
—Es comida, Moretti. No una declaración de amor.
Aria soltó una carcajada.
Dante se quedó mirándola.
Fue una risa espontánea, cálida, completamente distinta de las sonrisas educadas que ella dedicaba a los demás.
Y durante un instante, el ruido de la lluvia pareció desaparecer.
Aria notó su mirada y dejó de reír.
—¿Qué?
Dante apartó los ojos.
—Tiene una miga en la blusa.
Ella bajó la vista rápidamente.
—¿Dónde?
Él señaló su hombro.
Aria intentó quitarla, pero no consiguió encontrarla.
—¿Aquí?
—No.
—¿Aquí?
Dante suspiró.
—Déjeme.
Se inclinó hacia ella y retiró la pequeña miga de su hombro.
El gesto duró apenas un segundo.
Sin embargo, quedaron demasiado cerca.
Aria levantó la mirada.
Dante tenía los ojos oscuros fijos en los suyos. Por primera vez, ella no encontró en ellos aquella frialdad habitual. Había algo diferente, algo que no supo interpretar.
Él tampoco entendió por qué no se apartó inmediatamente.
Su lobo permaneció extrañamente quieto.
Como si quisiera escuchar.
Como si esperara algo.
Aria fue la primera en retroceder.
—Gracias —murmuró.
—No fue nada.
Dante regresó a su asiento y tomó el café, aunque estaba demasiado caliente.
Aria fingió concentrarse en su sándwich.
Ninguno mencionó lo ocurrido.
Pero el silencio entre ellos ya no era el mismo.
...⸻...
Cuando llegaron a la empresa, la lluvia había disminuido.
Aria se desabrochó el cinturón y recogió su bolso.
—Gracias por el almuerzo.
—Era necesario.
Ella sonrió de lado.
—Claro. No vaya a pensar que creo que tiene sentimientos.
Abrió la puerta, pero la voz de Dante la detuvo.
—Moretti.
Aria volvió la cabeza.
—¿Sí?
Dante quiso decirle que se mantuviera alejada de Mateo. Que no le gustaba verlo acercarse a ella. Que llevaba dos días intentando comprender por qué una simple sonrisa suya podía arruinarle el humor.
En cambio, dijo:
—Buen trabajo en la reunión.
Aria se quedó inmóvil un instante.
No era un comentario extraordinario.
Pero viniendo de él, casi parecía un acontecimiento histórico.
—Gracias, señor Vassari.
Su sonrisa fue pequeña, sincera.
Y Dante comprendió que prefería verla sonreír antes que tener la última palabra.
Aria salió del automóvil.
Él la siguió con la mirada hasta que desapareció dentro del edificio.
Entonces su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.
«Deja de acercarte a la chica. No sabes quién es ni lo que ocurrió hace diez años».
La expresión de Dante cambió.
Leyó el mensaje dos veces y llamó inmediatamente a Luca.
—Quiero que rastrees este número.
—¿Algún problema?
Dante volvió a mirar hacia la entrada por la que Aria había desaparecido.
—Todavía no lo sé.
Pero algo le decía que, por primera vez en diez años, el pasado estaba comenzando a acercarse demasiado.