"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 8: El umbral del abismo (Perspectiva de Katherine)
Me desperté de golpe con el sonido de los nudillos golpeando contra la puerta de al lado y el pitido de un auto en la calle. Me incorporé en la silla, con el cuerpo entumecido y el cuello rígido. Lo primero que hice fue mirar hacia la cama.
Estaba vacía. Solo quedaban las sábanas revueltas y una pequeña mancha de sangre seca impregnada en el colchón. No había sido un sueño. El hombre había estado ahí, sangrando, respirando con dificultad a pocos centímetros de mí.
Me acerqué a la mesa ratonera y lo vi: sobre la madera sucia descansaba una tarjeta negra, elegante, con letras plateadas y pesadas. La tomé entre los dedos. Decía el nombre de un imperio: Navíos del Este, y una dirección en el distrito portuario. Abajo, escrito con trazo firme, estaba su nombre: Matteo Montenegro.
Por un segundo pensé que me la había dejado como pago por haberlo salvado, tal vez asumiendo que una mujer en este hotel de mala muerte necesitaba dinero. El enojo me recorrió el cuerpo y apreté la tarjeta con fuerza. Yo no era una cualquiera. No había arriesgado mi vida, ni me había manchado las manos con su sangre para cobrarle un favor. Ayudé a un ser humano porque agonizaba en el pasillo, no por caridad económica. Guardé la tarjeta en el bolsillo de mi abrigo, decidida a olvidarla.
Recogí mis pocas pertenencias, pagué lo que restaba de la habitación y miré la hora. Eran las once. A esa hora, Antoni seguro ya estaría en la oficina de ventas telefónicas, esclavizado en su cubículo de mierda. Necesitaba recuperar la poca ropa que me quedaba, mis documentos y el viejo cuaderno de pedagogía que guardaba en el fondo del ropero.
Caminé las diez cuadras hasta el edificio donde vivíamos. Sola al llegar frente a nuestra puerta, el golpe de la realidad me cayó encima: Antoni me había quitado las llaves la noche anterior.
Miré a los lados, con el estómago encogido de vergüenza. Fui sigilosamente hacia la parte trasera del edificio, donde daban las pequeñas ventanas del pulmón de manzana. Por suerte, la ventana de la cocina siempre quedaba un poco destrabada por el calor. Forcé el pestillo con cuidado hasta que cedió con un chasquido seco. Me trepé como pude, raspándome los nudillos, y me metí al departamento.
Todo estaba en silencio. Fui a la habitación, agarré una bolsa de consorcio, metí mi ropa a los tirones, mis documentos y el cuaderno. Antes de salir por el mismo lugar, vi la cama deshecha donde había encontrado a Antoni con esa mujer. Una arcada de asco me subió por la garganta, pero me tragué el llanto y salí de ahí sin mirar atrás.
Con lo que me quedaba de dinero, me registré en un albergue gratuito para mujeres en situación de vulnerabilidad. Era un espacio frío, con camas de hierro y olor a desinfectante, pero al menos tenía un techo donde pasar las noches. Comía lo justo y necesario, racionando cada moneda comprando pan duro y agua.
Pero pasaron los días. El cuerpo, castigado por el doble turno anterior, el frío, el estrés y la mala alimentación, me pasó factura. La plata se terminó por completo.
El hambre comenzó a taladrarme las costillas con una fuerza brutal. Las noches en el albergue eran interminables, con el insomnio carcomiéndome la cabeza, recordándome que no tenía un centavo, que mi familia estaba lejos y que no podía seguir dependiendo de la caridad ajena. El hambre, la fatiga y la absoluta desesperación me arrinconaron contra la pared.
Sin darme cuenta, mis pasos me fueron arrastrando por las calles grises de la ciudad hasta que, cuando quise acordar, estaba de pie frente a una imponente fachada de cristal y acero custudida por hombres de seguridad con traje oscuro. Saqué la tarjeta negra del bolsillo, la miré con las manos temblando de debilidad, y leí el nombre en letras plateadas: Navíos del Este.
Había prometido no buscarlo. Pero el hambre y la miseria no entienden de orgullo. Y cruzar esas puertas iba a ser el punto de no retorno.