Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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La reunión de los señores del Norte
Elizabeth despertó lentamente.
Al principio no comprendió por qué sentía un peso sobre su cuerpo. Todavía estaba adormecida y la luz de la mañana que entraba por las ventanas le resultaba demasiado intensa, por lo que tardó unos segundos en acostumbrarse antes de abrir completamente los ojos. Cuando finalmente logró enfocar la mirada, descubrió a Bastian acostado sobre ella.
El pequeño se había acomodado durante la noche de una manera completamente distinta a como se habían acostado. Tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Elizabeth y uno de sus pequeños brazos descansaba sobre ella, mientras sus piernas se encontraban extendidas sobre la cama. Su cabello blanco estaba completamente despeinado y sus pequeños cuernos sobresalían entre los mechones, dándole una apariencia especialmente adorable mientras dormía profundamente.
Elizabeth no pudo evitar sonreír.
Resultaba difícil imaginar que aquel mismo niño había intentado huir de ella aterrorizado apenas una semana atrás.
Si Bastian llegaba a despertar y se daba cuenta de la posición en la que se encontraba, probablemente se sentiría avergonzado y trataría de apartarse inmediatamente. Aunque había mejorado considerablemente desde el día en que lo encontró solo, todavía era un niño tímido y desconfiado, y cualquier situación que lo hiciera sentirse expuesto podía ponerlo nervioso.
Elizabeth permaneció inmóvil durante unos momentos para no despertarlo.
Había pasado una semana desde que encontró a Bastian en aquella habitación, y durante esos siete días el comportamiento del pequeño había cambiado de una manera que ella no había esperado. Seguía siendo reservado y todavía observaba con cautela a las personas que no conocía, pero ya no tenía el mismo aspecto enfermizo ni permanecía constantemente alerta ante cualquier movimiento.
Sin embargo, había algo que Elizabeth había descubierto durante aquellos días.
Bastian no quería separarse de ella.
Al principio había pensado que simplemente necesitaba tiempo para acostumbrarse a su nueva situación, pero pronto se dio cuenta de que el niño se había acostumbrado demasiado rápido a su presencia. Si Elizabeth desaparecía de su vista durante mucho tiempo, Bastian comenzaba a inquietarse. Su respiración se aceleraba, sus manos temblaban y parecía entrar en un estado de ansiedad que solo desaparecía cuando volvía a verla.
Por esa razón, durante aquella semana habían permanecido juntos la mayor parte del tiempo.
Bastian la acompañaba al despacho mientras ella se encargaba de los asuntos de la mansión y del territorio. Algunas veces se sentaba cerca de ella mientras Elizabeth revisaba documentos, otras permanecía jugando tranquilamente en una esquina del despacho y, cuando se cansaba, simplemente se acercaba a ella y se quedaba a su lado.
Elizabeth había terminado acostumbrándose a tenerlo cerca.
Incluso había comenzado a encontrar agradable aquella pequeña compañía.
Durante esa semana también habían ocurrido otras cosas importantes.
Después de despedir a los antiguos sirvientes, Sebastián había comenzado a contratar nuevo personal. La mansión poco a poco recuperaba el movimiento que correspondía a una residencia de aquel tamaño. Los nuevos sirvientes habían sido informados de sus responsabilidades y, desde el primer día, habían tratado tanto a Elizabeth como a Bastian con el respeto correspondiente a su posición.
Aquello había hecho una diferencia considerable.
Bastian ya no tenía que buscar comida por los pasillos ni permanecer solo durante horas. Tenía horarios para sus comidas, ropa limpia, alguien que cuidara de él y personas que respondieran cuando necesitaba algo.
Elizabeth también había conocido finalmente al capitán de los caballeros.
Sir Casian había regresado unos días después de haber entregado al Señor del Norte los documentos del matrimonio para que fueran firmados. El hombre había quedado visiblemente sorprendido al encontrar a Bastian constantemente al lado de Elizabeth.
No había hecho preguntas indiscretas, pero Elizabeth había notado perfectamente la sorpresa en su rostro.
Sir Casian también había llevado consigo la llave de la bóveda del Señor del Norte.
Cuando finalmente pudieron abrirla, Elizabeth había quedado completamente sorprendida.
Sabía que su esposo era un dragón y que, debido a su larga vida, debía haber acumulado riquezas considerables, pero nada la había preparado para lo que encontró en aquella bóveda.
Había enormes cantidades de oro cuidadosamente almacenadas, además de piedras preciosas de distintos tamaños y colores, objetos valiosos y riquezas que parecían haber sido reunidas durante muchos años.
Elizabeth había permanecido unos segundos mirando aquel tesoro.
Después había pensado que aquello debía ser una característica propia de los dragones.
Acumular riquezas.
Muchísimas riquezas.
Por supuesto, una parte de ella también había tenido que aceptar que aquella fortuna pertenecía al Señor del Norte y, por su matrimonio, ahora también estaba bajo su responsabilidad.
Sin embargo, no pensaba gastar el dinero de manera irresponsable.
Lo primero que hicieron fue utilizar una cantidad controlada para solucionar algunas necesidades urgentes de la mansión y comenzar a estabilizar la administración del territorio.
Y gracias a la investigación de Sebastián y a la información que había conseguido Sir Casian, ahora conocían la verdadera magnitud del problema.
De los quince territorios que se encontraban directamente bajo la administración del Señor del Norte, once estaban incumpliendo deliberadamente sus obligaciones.
No se trataba simplemente de malas cosechas o problemas económicos.
Las pruebas mostraban que varios de aquellos señores habían estado reteniendo impuestos, negándose a entregar los alimentos acordados y dejando de pagar préstamos que habían recibido de la administración del Norte.
Habían aprovechado los veinte años de ausencia del Señor del Norte para quedarse con recursos que no les pertenecían.
Elizabeth había leído todos los informes.
Había revisado las cuentas.
Había estudiado los documentos.
Y cuanto más información recibía, más convencida estaba de que aquellos señores habían confundido la ausencia de su señor con una oportunidad para hacer lo que quisieran.
Pero aquello estaba a punto de terminar.
Elizabeth volvió lentamente al presente.
Miró a Bastian, que continuaba dormido sobre ella.
Sonrió ligeramente.
—Si despiertas así, seguramente te avergonzarás.
El niño no respondió.
Seguía profundamente dormido.
Elizabeth intentó moverse con cuidado para levantarse sin despertarlo, pero Bastian se movió ligeramente y sus pequeños brazos se aferraron a ella por instinto.
Elizabeth se detuvo.
Miró al niño durante unos segundos y finalmente decidió esperar un poco más.
Después de todo, aquella mañana tenía un día importante por delante.
Los señores de los territorios del Norte llegarían a la mansión.
Todos habían recibido la convocatoria.
Elizabeth quería conocerlos personalmente.
Pero, sobre todo, quería escuchar sus explicaciones.
Los documentos reunidos durante la semana serían suficientes para demostrar quiénes habían incumplido sus obligaciones, quiénes habían ocultado información y quiénes habían aprovechado la ausencia del Señor del Norte para enriquecerse.
Once de quince.
Era una cifra demasiado grande para ignorarla.
Elizabeth no sabía exactamente cómo terminaría aquella reunión.
Tampoco sabía qué clase de personas encontraría al otro lado de aquellas puertas.
Pero había tomado una decisión.
No permitiría que continuaran robando al territorio.
El Norte necesitaba recuperar su autoridad, sus recursos y el orden que había perdido durante los años de guerra.
Elizabeth volvió a mirar a Bastian.
Después de todo lo que había ocurrido durante aquella semana, había algo que tenía completamente claro.
No solo iba a proteger al niño.
También iba a proteger el territorio que ahora estaba bajo su responsabilidad.
Y aquel día comenzaría a hacerlo.