Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Buenos días, niña
Lo primero que Dulce vio al abrir los ojos fue una bolsa de papel negro sobre el buró.
Seis cuarenta. El otro lado de la cama estaba vacío, con la almohada todavía hundida. Él se había ido temprano otra vez, y otra vez ella no lo oyó.
La bolsa no tenía logotipo. Dulce la miró un rato largo, como se mira un perro que no se sabe si muerde. Luego estiró un dedo y separó los bordes.
Encaje negro. O algo que quería ser encaje: una tira de listón, dos triangulitos y ya. Debajo, un mango forrado de piel y una cosa delgada, flexible, con una lengüeta en la punta. Era un fuete chiquito.
Dulce cerró la bolsa tan rápido que se le arrugó. La empujó hasta el fondo del buró, detrás de la lámpara. Gustos especiales. Se lo había advertido.
A las ocho en punto vibró el celular. Era el banco.
Recibiste una transferencia SPEI por $20,000.00. Concepto: Buenos días, niña.
Niña. Dulce se quedó viendo la palabra. Nadie le decía así. Chayo le decía mija; Mari, güey; en la fábrica, oye tú. Enseguida llegó un WhatsApp del mismo número:
Todos los días. Y tira esa ropa interior rota.
Ella tardó en contestar. Tecleó con los pulgares torpes:
¿Todos los días qué?
Las palomitas se pusieron azules. Dulce esperó con el celular en la mano hasta que se le apagó la pantalla.
* * *
—¿De dónde sacaste el dinero, mija?
Fue lo primero que Chayo le dijo en cuanto se le pasó del todo la anestesia. Ni buenos días, ni me duele. Estaba pálida, llena de cables, y aun así la miraba como cuando Dulce llegaba de la secundaria con un recado de la directora.
—Un cliente de la fábrica, ma. —Le acomodó la cobija para no tener que mirarla—. Me quiere. Me lo prestó.
—¿Te quiere?
—Ajá.
—¿Y ese cliente que te quiere tanto no tiene nombre?
—Ay, ma. Descansa.
Chayo cerró los ojos. Dulce creyó que se había dormido, hasta que habló sin abrirlos.
—Tráemelo. Quiero verle la cara.
En el pasillo, un muchacho que cargaba dos cajas de suero le dio un golpe con la esquina en el vientre, sin querer. No fue fuerte. Pero a Dulce se le doblaron las piernas y tuvo que agacharse contra la pared, con un dolor agudo abajo del ombligo.
—¿Dulce? ¡Dulce!
Mari salía de su turno de noche, todavía con el uniforme azul. La levantó de un brazo con la fuerza de quien carga pacientes para vivir.
—Estoy bien.
—Estás verde, güey. Vámonos a gineco. Ahorita.
La doctora Rangel era una señora de pelo corto y lentes para ver de cerca. Le leyó el ultrasonido en la pantalla y luego la miró por encima del armazón.
—¿La primera vez y así? —Se quitó los lentes—. Tienes el cuerpo lúteo muy inflamado. Si se rompe, es una emergencia. Una semana sin relaciones. Te voy a dar una pomada, tres veces al día. —Le entregó la receta y el reporte en una misma hoja—. Y si tu novio no te respeta, déjalo.
Mari esperaba afuera. Dulce dobló la hoja en cuatro antes de salir.
* * *
Esa noche él llegó a las diez. Dejó el saco en la silla y se llevó la mano al nudo de la corbata.
Dulce vio la corbata aflojarse y pensó en la bolsa negra y en el fuete. Se imaginó las muñecas amarradas a la cabecera. Se sentó de golpe en la cama.
—¡Señor, la doctora dijo que no me puede tocar! —Sacó la hoja del bolsillo y se la puso enfrente de la cara, tan cerca que él tuvo que echar la cabeza para atrás para leerla.
Él tomó la hoja y la leyó dos veces, la segunda más despacio. Se le fue endureciendo la cara.
—Perdón, yo no quería…
—No es contigo. —Dobló la hoja—. No es contigo, Dulce.
Se metió al baño. Ella oyó correr la regadera un buen rato. Cuando salió, traía el pelo mojado y los labios casi morados; el agua había estado helada. Se sentó en la orilla de la cama.
—Déjame ver.
—¡No!
—Nada más ver. —Le enseñó la pomada que ella había dejado en el buró—. Dice tres veces al día.
—Yo me la pongo sola.
—Déjame ver, Dulce.
A la tercera vez ella soltó la cobija. Volteó la cara hacia la pared y se tapó los ojos con el antebrazo, porque si lo miraba se iba a morir.
Él leyó el instructivo completo antes de abrir el tubo. Se lavó las manos dos veces. Luego lo hizo despacio y con torpeza; se le resbaló el tubo de los dedos y tuvo que volver a leer cuánta pomada iba.
¿Será que no tiene experiencia?, pensó Dulce. Y enseguida: no seas tonta. Un señor de su edad.
Cuando terminó, él le bajó la camiseta y le subió la cobija. Tapó el tubo y lo dejó en el buró.
—Perdón —dijo, muy bajito.
—No… no pasa nada —dijo Dulce, sin dejar de ver la pared.
* * *
El viernes a las ocho llegó el segundo. Dulce ya estaba despierta, esperándolo.
Recibiste una transferencia SPEI por $20,000.00. Concepto: Desayuna algo, niña.
Dulce abrió la calculadora del celular y tecleó despacio, por si se equivocaba: veinte mil por trescientos sesenta y cinco. Le salió siete millones trescientos mil.
—¡No manches! —Se rio tan fuerte que rodó hasta la orilla de la cama y cayó de sentón en la alfombra.
Le dolió la rabadilla. Valió la pena. Tirada en el piso, con el celular en el pecho, hizo planes: llevar a Chayo al mar, que nunca lo había visto; poner una fondita en Iztapalapa, con mesas de plástico y el mole de su mamá.
El celular sonó. Número desconocido.
—¿Dulce Olvera? Le hablamos de la aplicación de préstamos. Ya les marcamos a sus contactos, señorita. A su jefe también. Si no paga hoy, les mandamos su foto a todos, para que sepan que es una ratera.
Dulce colgó sin contestar y abrió la app del banco. En veinte minutos pagó las tres apps. Dieciocho mil, con todo y los intereses que le habían inventado. Bloqueó los números uno por uno. Luego le transfirió seis mil a Mari. La respuesta llegó en un minuto:
¿Y ese dineral?
Dulce le mandó un corazón. Mari le mandó un ojo entrecerrado. A las once le escribió el supervisor de La Abundancia:
Me hablaron unos de una financiera, que eres una ratera. Aquí no queremos problemas. No regreses.
Dulce se quedó mirando la pantalla cinco segundos. Llevaba años capturando pedidos ahí, sin Seguro y sin vacaciones. Contestó:
Ok.
* * *
El sábado se fue temprano a la vecindad por ropa limpia y a las tres ya estaba en el fregadero de Casa Valdés, en Polanco, con los guantes amarillos hasta el codo. Lavaba loza por día; don Casimiro le pagaba cincuenta y cinco pesos la hora y le guardaba un plato de comida caliente.
—Qué chistoso —le dijo ella, tallando una cazuela de mole—. Hasta el restaurante se llama como mi… como un señor que conozco.
—Valdés hay muchos, mija. —Don Casimiro le quitó la cazuela y le dio otra—. Oye, ¿tú no quieres trabajar de edecán? Una conocida anda buscando muchachas para el Salón del Automóvil. En el WTC, el veinticinco. Mil quinientos al día.
—¿Mil quinientos? ¿Al día?
—Nomás de pararte junto a un carro y sonreír.
Esa noche le mandó tres fotos a una tal Karla. El domingo en la mañana le llegó la respuesta:
Quedaste, mija. Te espero el viernes para la prueba de vestuario.
Dulce le contestó que ahí estaría y se quedó un rato con el celular contra el pecho.
* * *
—¿Ya comiste? —le preguntó él por teléfono el domingo en la tarde.
—Sí, señor. —Mentira a medias; se había comido medio pan dulce—. ¿Usted?
Mientras él contestaba algo de una junta, Dulce se fijó por primera vez en su foto de perfil. No era él. Era una niña de cinco o seis años, con dos coletas chuecas y la boca pintada de paleta.
—¿Tiene una hija?
—La hija de un amigo —dijo él, tras una pausa—. Paloma.
—Ah. —Dulce soltó el aire que traía guardado.
¿Y a ti qué, Dulce? ¿A ti qué te importa si tiene hijos o no tiene hijos? Es un trato.
* * *
—¿Cuándo me traes a ese señor que te quiere tanto, mija? —le volvió a pedir Chayo el lunes, ahora con voz más firme y un vaso de agua en la mano.
A las nueve de la noche, Dulce estaba parada frente a la puerta de la recámara de Bosques. Adentro había luz. Se oía el roce de unas hojas de papel. Ensayó la frase en voz baja y empujó la puerta.
Él estaba recargado en la cabecera, con unos papeles en las rodillas. Levantó la vista.
—Señor —dijo ella—, ¿le puedo pedir un favor?