Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
NovelToon tiene autorización de Luna Azul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
18.
ELENA DUARTE
Cerré la puerta de la mansión tras de mí, sintiendo que el aire exterior era un golpe de realidad. Mientras me alejaba, mi mente era un caos. No entendía bien qué demonios le había pasado a Dante, pero sabía que sus ojos reflejaban un dolor que no me pertenecía a mí, sino a una herida vieja. Él me miraba como si ya hubiera visto esa traición antes, como si yo fuera solo la repetición de un error del que nunca pudo sanar.
Me detuve en seco antes de llegar al portón. Gerald estaba allí, supervisando los rosales con una calma que me provocó náuseas.
—Eres un miserable, Gerald —escupí, encarándolo—. Has destruido algo que no entiendes. Has preferido destruir la paz de alguien a quien dices querer proteger, solo para alimentar tu propia amargura.
Él soltó una carcajada sorda, sin rastro de risa en sus ojos.
—Lo que tú llamas paz era una mentira. Dante es un hombre roto, Elena, y lo único que logra es proyectar su miseria en todo lo que toca.
—Él es mil veces mejor hombre de lo que tú serás jamás —le dije, enfrentándolo—. ¿Qué ganaste? ¿Qué crees que vas a lograr ahora que me voy?
Su expresión cambió de golpe. La burla desapareció, reemplazada por una intensidad oscura que me hizo retroceder un paso. Se inclinó hacia mí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido.
—Gané la oportunidad de demostrarte que no puedes pertenecerle a él. Estoy obsesionado contigo desde que entraste a esta casa, Elena. Estoy enamorado de ti, y me consume el odio al ver cómo te mira, cómo te toca. Si no eres mía, no serás de nadie. Le tengo celos, un odio que me quema cada vez que lo veo y recuerdo que tú prefieres a ese inútil. Me aseguraré de que él te recuerde siempre como lo que yo le dije que eras: una traidora.
Sentí que el estómago se me revolvía. Sin decirle una palabra más, le di la espalda. No valía la pena discutir con alguien consumido por sus propios celos.
Caminé hacia la salida y, sin mirar atrás, me dirigí directamente a mi casa. Al cruzar el umbral, dejé caer la maleta y me dejé vencer por el cansancio. El silencio de mi propio hogar era lo único que podía soportar en ese momento.
DANTE SPENSCER
En la mansión, el aire en mi habitación se volvía cada vez más irrespirable. Observaba el jardín a través del cristal, viendo a Gerald moverse entre los rosales con esa calma que ahora me resultaba sospechosa. Mis dedos tamborileaban con furia sobre el metal frío de mi silla de ruedas. La decepción no solo me pesaba en el pecho; me paralizaba.
Recordaba el aroma de Elena, la calidez de su piel, la forma en que ella me miraba directamente a los ojos, sin ver a un hombre roto, sino a alguien que valía la pena. Pero ahora, cada uno de esos recuerdos estaba manchado por la duda, por el veneno que Gerald había vertido en mi oído.
—¿Tan ciego fui? —me preguntaba en voz baja, con la mirada perdida en el exterior—. ¿Otra vez la misma trampa?
Sentía el eco de aquel engaño del pasado resonando en mis sienes. Esa traición que una vez me destrozó parecía estar ocurriendo de nuevo, repitiéndose frente a mis ojos con otro rostro, con otra mujer. Me sentía atrapado en un ciclo eterno de desconfianza. ¿Por qué era tan fácil romperme? Me hundí en la soledad de mi habitación, convencido de que cerrarme era el único refugio seguro, sin saber que, mientras yo me ahogaba en mis dudas, la única mujer que realmente me amaba estaba lejos, destrozada por una tormenta que yo mismo había permitido entrar en nuestras vidas.