Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 21: LO QUE CUENTA LETY
Cuando se acabó el norte, Holbox amaneció como si lo hubieran lavado.
Todo estaba mojado, lleno de hojas, con las lanchas todas chuecas y la arena más blanca que nunca. Pero el sol salió bien fuerte, como dijo Gael, como si el mar se hubiera arrepentido y ahora quisiera pedir perdón con luz.
Regresó la luz a las siete de la mañana. El ventilador cansado volvió a hacer ruido y mi celular prendió con un chingo de mensajes de Mariana que no abrí.
Gael se paró temprano a ver su lancha. No se había soltado, pero tenía agua adentro y una tabla suelta. Se puso a sacarle el agua con una cubeta, sin playera, con el pelo todo despeinado por la humedad.
Yo me fui a ver a Doña Lety porque me acordé que Gael me dijo que una vez el norte se llevó su techo. Quería ver si estaba bien.
Su casa es de madera también, pero más viejita que la nuestra, con un hule azul encima que ahora estaba lleno de agua estancada. Ella estaba afuera, barriendo hojas con una escoba de ramas, con su mandil floreado y sus chanclas de siempre.
Me vio y me gritó: ¡mapa! ¿Vivieron o se los llevó el norte?
Le dije que vivimos y que teníamos café de olla si quería.
Me dijo: vengan a comer, hice caldo porque con norte se antoja caldo.
Le dije que iba por Gael.
Gael no quería ir al principio porque tenía que arreglar la lancha, pero Lety le gritó desde su casa: ¡Gael, si no vienes te lo llevo a tu casa y te lo tiro en la hamaca!
Y fue. Así es Lety, no se le dice que no.
Nos sentamos en su mesita de plástico que tiene afuera, bajo un árbol de almendro que se cayó a medias con el viento. Nos sirvió caldo de pescado bien caliente, con mucho limón y chile habanero que pica hasta el alma. Comimos con cuchara de metal y tortilla hecha a mano.
Al principio hablamos del norte, de cuánta agua entró, de qué lancha se soltó. Pero luego Lety se quedó mirando a Gael, que comía sin playera y con la cicatriz del hombro bien visible, y me miró a mí, y como que entendió que algo había pasado entre nosotros.
Me dijo: ¿ustedes ya hablaron?
Gael dijo que sí, a medias.
Lety dejó su cuchara y me dijo: tú no sabes por qué este chamaco es así de callado, ¿verdad, mapa?
Le dije que más o menos, pero que no mucho.
Lety suspiró y dijo: te voy a contar porque ya te quiero como a un hijo y porque este no te cuenta nada. Y tú necesitas entender por qué se tapa.
Gael intentó pararla. Le dijo: Lety, no.
Lety le dijo: cállate y come tu caldo, que esto no es para que te dé vergüenza, es para que te entiendan.
Y me contó.
Me contó que el papá de Gael también era pescador, de los buenos, de los que se metía mar adentro sin miedo. Que cuando Gael tenía quince, su papá se fue a pescar un día de norte, aunque le dijeron que no saliera, y no regresó. Que la lancha apareció volteada a los tres días, sin él. Que por eso Gael le tiene respeto al norte, no miedo, respeto, porque sabe que el mar sí se lleva a la gente cuando quiere.
Me contó que la mamá de Gael se fue a Mérida después de eso, porque no quiso quedarse en la isla donde se murió su marido, y que dejó a Gael con su abuela, que era hermana de Lety. Que la abuela ya murió hace dos años y que desde entonces Gael vive solo en ese cuartito que era de su abuelo.
Me contó que hace como tres años, Gael tuvo un novio, un vato de Cancún que venía en temporada a trabajar de mesero. Que anduvieron como un año, que Gael lo quería mucho, que hasta le enseñó a pescar y lo llevaba a la bio. Que una vez, regresando de pescar de noche, la lancha pegó con un tronco que no vieron y Gael se cayó y se cortó el hombro con el motor. Que fue una cortada bien fea, que casi le llega al hueso, que lo cosieron en el centro de salud sin anestesia bien puesta.
Me dijo Lety: ese novio le vio la cicatriz fresca, toda fea, con sangre y puntos, y le dijo que le daba cosa. Que le daba asco verla. Que le dijo que se tapara. Y Gael se tapó. Desde entonces no se quitaba la playera ni para dormir, ni para bañarse en la playa. Hasta que llegaste tú.
Yo volteé a ver a Gael. Tenía la cabeza agachada, viendo su caldo, sin comer.
Lety le puso la mano en la cabeza, como a un niño, y le dijo: por eso te digo, chamaco, que si ahora te quitas la playera otra vez es porque este mapa te quiere bien.
Gael no dijo nada, pero se le llenaron los ojos de agua. No de lágrimas grandes, de agüita que se le queda ahí, sin caer.
Lety me miró a mí y me dijo: por eso cuando tú te vas tres días a CDMX, él piensa que te vas a ir como se fue su papá y como se fue su mamá y como se fue el otro vato. Piensa que todos se van. Y no es que no confíe en ti, es que ya le tocó que se fueran todos.
Le dije a Lety: yo sí voy a volver.
Me dijo: díselo a él, no a mí.
Volteé a ver a Gael y le dije: te juro que vuelvo. Por mi abuelo y por la lancha y por lo que quieras que te jure. Vuelvo en tres días.
Gael por fin levantó la cabeza y me dijo con voz bajita: ¿y si no quieres volver después de ver CDMX?
Le dije: voy a querer volver porque allá no hay caldo con tanto limón ni hamacas pegadas ni nortes que nos encierren juntos.
Lety se rió y dijo: ay, chamacos, ya me van a hacer llorar y se me va a salar el caldo.
Nos acabamos el caldo los tres, con el sol ya bien fuerte después del norte, con las gallinas de Lety caminando entre las hojas mojadas, con la ropa de Gael secándose en un tendedero chueco.
Cuando nos paramos para irnos, Lety me agarró del brazo y me dijo bajito, para que Gael no escuchara: cuídalo, mapa, porque este chamaco quiere mucho pero no sabe decirlo. Solo sabe quedarse. Y quedarse es su forma de decir te quiero.
Le dije que sí, que lo iba a cuidar.
Regresamos caminando a Punta Cocos, con el sol pegando fuerte, sin hablar, pero agarrados de la mano. Gael sin playera, con su cicatriz al sol, sin taparse, caminando por la playa donde todos lo veían.
Y por primera vez entendí que quitarse la playera para él no era solo quitarse la playera. Era no taparse la historia. Y que me dejara ver su cicatriz era lo mismo que yo le dejara ver mi vitíligo sin pena. Era decir, esto soy, con todo lo feo y lo bonito, y si te vas, te vas viendo todo.
Esa tarde, ya en su cuartito, le pregunté si podía tocarle la cicatriz, no por morbo, por cariño.
Me dijo que sí.
Y la toqué, despacio, con la yema de los dedos, siguiendo la línea rosita que le cruza el hombro.
Le dije: gracias por no taparte hoy.
Me dijo: gracias por volver a preguntar antes de tocar, como yo te pregunté por tu mapa la primera vez.
Y nos quedamos así, sentados en el suelo, después del norte, con el sol entrando por la rendija de la tabla que ya habíamos quitado, entendiendo un poco más por qué nos costaba tanto decir te quedas y por qué nos daba tanto miedo decir te vas.