Yo, Evana. viví una hermosa vida con el hombre que amé y con mis hijos también. Pero alguien me lo arrebato todo.
He vuelto al pasado para descubrir a mi asesino y el de mi familia.
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Capítulo 7
La lluvia golpeaba violentamente contra los cristales del piso ejecutivo. El temporal había azotado la ciudad con una furia desde el mediodía, convirtiendo las calles en ríos de asfalto y colapsando el tráfico. Para Evana, el clima reflejaba perfectamente el caos emocional que la llamada de Thomas había dejado en su interior.
Sentada en su oficina, intentaba concentrarse en los informes de las subsidiarias logísticas, pero las palabras de él —«no me pidas que vuelva a ser tu enemigo»— resonaban en su cabeza como un eco persistente. Esa tarde, Valeria entró apresuradamente en la oficina con un impermeable mojado y el cabello recogido de forma caótica.
—¡Evana, es un desastre! —exclamó Valeria, sacudiéndose el agua de las mangas antes de acercarse al escritorio—. La inspección de los almacenes del sur se ha cancelado. Las rutas de acceso están inundadas y el ingeniero en jefe dice que hay un problema estructural en el techo de la bodega principal. Si no vamos a supervisar los daños de inmediato, podríamos perder miles de dólares en inventario.
Evana se puso de pie al instante, cerrando la carpeta que tenía frente a ella.
—Prepara mi abrigo, Valeria. Iremos ahora mismo.
—¿Estás loca? —Valeria abrió mucho los ojos—. Evana, las calles están intransitables. Tu chofer no ha podido salir del estacionamiento del sótano. Es peligroso que vayas tú misma.
—No voy a permitir que una tormenta me cueste millones en pérdidas el primer mes de mi gestión —sentenció Evana, agarrando su abrigo y las llaves de su propio vehículo deportivo del cajón—. Yo conduciré. Quédate aquí y coordina a los equipos de emergencia por teléfono.
Valeria intentó detenerla, sujetándola suavemente del brazo con una mirada de sincera preocupación.
—Evana, por favor. No tienes que demostrarle a nadie que eres invencible. No quiero que te pase nada malo en esa carretera.
—Estaré bien, Valeria. Te lo prometo —respondió Evana, dedicándole una sonrisa tranquilizadora antes de salir de la oficina a paso rápido.
El trayecto hacia los almacenes del sur fue una odisea. La lluvia caía en láminas densas que reducían la visibilidad a unos pocos metros. Evana conducía con extrema precaución, apretando el volante con fuerza. A mitad de camino, al cruzar un puente secundario en las afueras de la zona industrial, un ruido metálico ensordecedor provino del motor de su auto.
Segundos después, el vehículo comenzó a perder velocidad bruscamente hasta detenerse por completo en el arcén, con humo saliendo bajo el capó bajo el diluvio.
Evana golpeó el volante con frustración. Estaba varada en medio de la nada, con una tormenta torrencial y sin señal en su teléfono celular para llamar a una grúa o a Valeria. Se envolvió en su abrigo, observando a través del parabrisas empañado la carretera desierta. El frío comenzaba a filtrarse en el interior del auto.
Después de veinte minutos de espera desesperante, unas luces potentes se asomaron en la lejanía. Un todoterreno negro se acercó lentamente, frenando justo detrás del vehículo de Evana. Ella sintió un nudo de nerviosismo en el estómago. Verificó que los seguros de las puertas estuvieran cerrados, sin saber si era ayuda o un peligro potencial.
Una figura alta descendió del todoterreno, cubriéndose con un paraguas oscuro. Caminó con paso firme bajo la lluvia hasta llegar a la ventanilla de Evana y dio dos golpes suaves en el cristal.
El corazón de Evana dio un vuelco violento.
A través del cristal mojado, los ojos azules y penetrantes de Thomas la observaban. Llevaba una chaqueta de cuero negro y su cabello estaba ligeramente humedecido por la lluvia. Sin pensarlo dos veces, Evana desbloqueó la puerta y la abrió.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella, tratando de que su voz sonara dura y autoritaria, a pesar del temblor que delataba el frío.
—La ruta principal hacia los puertos está bloqueada. Tuve que tomar este desvío para volver a la ciudad —respondió Thomas, manteniendo el paraguas sobre ella de manera instintiva para protegerla de la lluvia, a expensas de que su propio hombro se empapara—. Tu motor está arruinado, aún sale humo. Tienes que salir del auto, es peligroso quedarte aquí en el arcén. Sube a mi camioneta.
—Puedo arreglármelas sola, señor Vance. No necesito que mi competencia me rescate —replicó Evana con terquedad, aferrándose al volante.
Thomas soltó un suspiro cansado, pero no retrocedió. Su mirada se ablandó, llenándose de esa familiaridad que a Evana la destrozaba por dentro.
—Evana, estás helada y no tienes señal. Sube a la camioneta antes de que pesques una pulmonía. Por favor.
El tono ronco y suplicante de su voz rompió la última barrera de resistencia de Evana.
Asintió lentamente, tomó su bolso y salió del auto. Thomas la guio bajo el paraguas, caminando tan cerca de ella que Evana podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y percibir ese aroma a madera y lluvia que la transportó mentalmente a la sala de su casa en el pueblo montañoso.
Una vez dentro del todoterreno de Thomas, el contraste de temperatura la hizo estremecerse. Thomas cerró su puerta, encendió la calefacción al máximo y, sin decir una palabra, se quitó su propia chaqueta de cuero. Se inclinó sobre los asientos y la colocó con extremo cuidado sobre los hombros de Evana.
—Gracias... —murmuró ella, sorprendida por la intimidad del gesto.
—No tienes que agradecer —respondió él en voz baja, volviendo la mirada hacia el frente mientras ponía el vehículo en marcha—. Me alegra haberte encontrado a tiempo.
El trayecto de regreso a la ciudad transcurrió en un silencio sofocante. El único sonido era el golpeteo de la lluvia contra el parabrisas y la respiración acompasada de ambos. Evana, envuelta en la chaqueta de Thomas, se sentía vulnerable, protegida y aterrorizada a partes iguales.
Mientras Thomas manipulaba los controles de la calefacción en el tablero, la manga de su camisa se deslizó ligeramente hacia arriba. Evana fijó la vista en el dorso de su mano derecha.
Allí estaba. Una pequeña cicatriz en forma de media luna, apenas visible, cerca del pulgar.
El recuerdo la golpeó con la fuerza de un huracán. En la vida pasada, Thomas le había contado que se había hecho esa cicatriz en la infancia, pero que nadie, absolutamente nadie en el mundo corporativo, se había dado cuenta jamás de que existía. Era un secreto minúsculo que solo él, Evana y sus hijos conocían.
Ver esa cicatriz en el presente fue el detonante definitivo para Evana. El impulso de abrazarlo, de llorar en su pecho y de gritarle que lo recordaba todo, se volvió casi incontrolable. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, quemándole la garganta, pero apretó los dientes y apartó la mirada hacia la ventanilla, obligándose a tragarse el llanto.
«Si le digo la verdad, si él no es el Thomas que yo amo, me convertiré en un objetivo fácil. Y si él sí es el hombre que murió por nuestros hijos, decírselo ahora pondría en riesgo todo nuestro futuro», razonaba en su mente, sintiendo que el corazón se le partía en pedazos.
Al llegar al centro financiero, Thomas detuvo la camioneta frente a la entrada del edificio de la empresa de Evana. Afuera, la lluvia seguía cayendo sin tregua.
Evana se quitó la chaqueta de cuero y se la devolvió, evitando el contacto visual para que él no notara sus ojos cristalizados.
—Le agradezco el viaje, señor Vance —dijo ella, forzando nuevamente el tono distante—. Enviaré a alguien por mi auto más tarde.
—Evana... —la llamó Thomas antes de que ella abriera la puerta.
Ella se detuvo, con la mano en la manija.
—No dejes que el deseo de probar tu fuerza te ponga en peligro —murmuró Thomas, mirándola con una intensidad que traspasaba cualquier coraza corporativa—. Si necesitas ayuda... si alguna vez te sientes atrapada en esta oscuridad, búscame.
Evana asintió rígidamente, incapaz de articular una palabra, y salió del vehículo bajo la lluvia. Caminó hacia el vestíbulo del edificio con pasos rápidos, sintiendo la mirada de Thomas clavada en su espalda hasta que él desapareció en el tráfico.
Al entrar en su oficina, Valeria la esperaba con una toalla seca y una expresión de enorme alivio.
—¡Evana! ¡Gracias al cielo que estás bien! —Valeria la abrazó con fuerza—. Iba a llamar a la policía. ¿Cómo volviste?
—Un... un conocido pasó por allí y me trajo de regreso —mintió Evana, no queriendo darle explicaciones sobre Thomas.
—Bueno, no me importa quién haya sido, lo importante es que estás a salvo —sonrió Valeria, secándole el cabello con delicadeza—. Ven, te preparé un té caliente. Tienes que descansar; mañana tienes un almuerzo muy importante con tu padre.
Evana tomó la taza que Valeria le ofrecía, agradeciendo en silencio la constante lealtad de su amiga. Mientras el calor del té le devolvía la sensibilidad al cuerpo, su mente no dejaba de pensar en la cicatriz en la mano de Thomas, y en la aterradora y esperanzadora posibilidad de que, en esta segunda vida, él tampoco fuera quien decía ser.
Gracias por los capítulos autora