Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 10
En un restaurante de la ciudad, Renata almorzaba con Ramiro, su hermano mayor, que acababa de concluir una larga misión en Singapur. A ojos de cualquiera, Ramiro no era más que un empleado corriente; en realidad era un agente de inteligencia policial con años de experiencia. Durante los últimos tres años se había infiltrado en una red internacional de trata de personas y había logrado desmantelarla. Renata mantenía en secreto la verdadera identidad de su hermano ante todo el mundo, incluida Ariana, para proteger la operación y la seguridad de ambos.
El silencio de la mesa se rompió cuando el celular de Renata vibró con violencia. Al ver la notificación del mensaje entrante, los ojos se le abrieron de par en par.
—¡Dios mío! ¡Ariana! —gritó, poniéndose de pie de un salto.
—¿Qué pasa, Rena? ¿Qué le ocurre a Ariana? —Ramiro reaccionó al instante; toda su alerta se encendió como un resorte.
—¡Ari dice que la secuestraron! ¡Alcanzó a mandarme un mensaje y las coordenadas de GPS desde su reloj a mi celular! —Le tendió la pantalla con la mano temblando.
El instinto policial de Ramiro se puso en marcha sin perder un segundo. Tomó el celular de su hermana y sus dedos se movieron ágiles, rastreando el punto de coordenadas que enviaba el reloj inteligente de Ariana.
—El punto se desplaza rápido hacia el norte... la zona del puerto. —Su mirada se volvió de golpe afilada y fría—. Rena, quédate conmigo. ¡Salimos ya!
*
Mientras tanto, el auto de los secuestradores seguía alejándose hasta detenerse en una vieja bodega abandonada, junto al puerto. El lugar era desolado y sobrecogedor, rodeado de montones de contenedores oxidados a los que hacía años que nadie tocaba.
Arrastraron a Ariana y a nana Meche al interior polvoriento. Les ataron manos y pies con gruesas cuerdas a dos sillas de madera. Nana Meche lloraba a sollozos, mientras Ariana se esforzaba por mantener la calma, aunque el cuerpo le temblaba de miedo.
El eco de unos zapatos de cuero fino rebotó en las paredes de la bodega silenciosa. De entre las sombras de los contenedores emergió un hombre de mediana edad, de traje impecable: el tío David, seguido de varios de sus hombres.
Ariana entrecerró los ojos, intentando reconocer aquel rostro. De pronto su memoria la arrastró de vuelta a la noche fatídica del Hotel Gran Palmera. Era él. El hombre que aquella noche merodeaba por el salón de baile, alguien claramente vinculado al hombre que había terminado en la habitación aquella madrugada.
—Hola, hermosa... ¿todavía te acuerdas de mí? —la saludó David con una sonrisa cínica que le erizó la piel.
Se acercó un paso y la recorrió de arriba abajo con la mirada.
—Vaya... ¡así que tú eras la mesera! La mujer que le sirvió a Edgar el trago con la droga... —David soltó una risita satisfecha—. No estuvo nada mal, ¿eh? Lograste meter a mi sobrino en la trampa y hasta te acostaste con él. Pero, qué lástima... la estúpida esa que se llamaba Desi...
David dejó la frase en el aire, ladeó la cabeza y su mirada se volvió gélida.
—...ya me encargué de que desapareciera. ¡Una inútil! Cómo se atrevió a amenazarme y a exigirme más dinero. —Lo dijo entre dientes, buscando aterrorizarla a propósito.
El corazón de Ariana se le detuvo en seco. La verdad brutal de que Desi, la mujer que la había tendido en aquella trampa, estaba ahora muerta a manos del hombre que tenía enfrente le heló la sangre en las venas.
—T... tú... ¡eres un demonio! —chilló Ariana, temblando, abrazándose el vientre, ese testigo mudo de la semilla de vida que llevaba dentro.
David soltó una carcajada que retumbó helada por todos los rincones de la vieja bodega. Cuando se hartó de reír, su rostro cambió de golpe a una expresión seria y taimada.
—Bien, señorita, no quiero perder mucho tiempo aquí. Ahora quiero proponerte un trato.
Ariana frunció el ceño, conteniendo el miedo que le quemaba el pecho.
—¿Qué trato, señor?
—Quiero que le digas a todo el mundo que Edgar Alcázar es impotente, que no puede darle un heredero a nadie. Tú eres la primera mujer que logró atraparlo, ¿o no, señorita Ariana? —David dio un paso adelante y le agarró la barbilla con brusquedad, obligándola a mirar aquellos ojos ladinos.
Ariana sacudió la cabeza y apartó la cara. Tras su silencio, el recuerdo de aquella noche oscura volvió a girar y le sacudió la conciencia.
¿Impotente? Ese hombre me deshizo el cuerpo una y otra vez hasta dejarme sin fuerzas... ¡y hasta me dejó embarazada!, gritó Ariana por dentro, ahogada de arrepentimiento.
—¿Y por qué haría yo algo así? —preguntó en voz alta, tratando de ocultar la culpa y la vida que crecía en su vientre.
—Shhh... Cállate, niñita —le susurró David, agitando la mano con displicencia—. Te daré mucho dinero con tal de que colabores conmigo. ¿Qué dices? ¿Aceptas?
Nana Meche, atada al lado de Ariana, solo atinaba a mirarla con angustia, rogando en su corazón que protegieran a su niña. Ariana, en cambio, guardó silencio un momento. Por más que odiara lo ocurrido aquella noche, su conciencia se negaba a calumniar a un hombre que, en el fondo, había sido víctima de la misma trampa que ella. Empezó a darle vueltas a la cabeza, buscando un resquicio que le diera tiempo para escapar.
—Deme tiempo... ¡No puedo decidir esto ahora! —dijo, intentando ganar tiempo.
David entrecerró los ojos y curvó apenas los labios.
—Está bien, espero tu respuesta mañana por la mañana. Y no se te ocurra decepcionarme, si no quieres correr la misma suerte que Desi. —La amenaza cayó, deliberada, como un peso.
Ariana tragó saliva con un sabor amargo en la boca.
Sin perder más tiempo, David dio media vuelta y abandonó la bodega con varios de sus guardaespaldas. Pero antes de irse dejó apostados a ocho hombres corpulentos, armados hasta los dientes, para vigilar a Ariana y a nana Meche. La custodia quedó tan cerrada que no había el menor resquicio para huir.
Una hora después de la partida de David, el aire alrededor de la bodega del puerto se tensó de golpe. Varios vehículos sin identificación se colaron a toda velocidad. El equipo policial, dirigido en persona por el comisario Ramiro Duarte, avanzaba sin ser visto, cercando todos los flancos de la explanada de contenedores.
Por la radio interna se oyó la voz de uno de los hombres de Ramiro rindiendo parte.
—Informo, comandante: ya estoy en la puerta trasera. El equipo Alfa Uno se movió por los flancos derecho e izquierdo. ¡Ya redujimos a varios de los sujetos que estaban afuera!
—Bien. Avancen en silencio. Recuerden: todos están armados, ¡que no lastimen a las víctimas! —ordenó el comisario Ramiro, la vista clavada en la puerta principal de la bodega.
—¡Entendido, comandante! —respondió el subteniente Rangel desde el auricular.
Tras confirmar que los ocho guardias del interior estaban localizados y la situación bajo control, Ramiro dio la señal de asalto. En cuestión de segundos, la fila de agentes con fusiles irrumpió por todos los flancos.
¡Bang!
¡Bang!
—¡Manos arriba, todos! ¡Nadie se mueve! ¡Este lugar está rodeado! —bramó el comisario Ramiro, y el cañón de su arma automática apuntaba directo a la cabeza de los secuestradores.
Los guardias, sorprendidos, no alcanzaron a apretar el gatillo: los agentes ya los tenían completamente inmovilizados. En un instante, los ocho esbirros de David quedaron reducidos y atados en el suelo.
Ariana, al oír aquella voz firme, alzó despacio la cabeza. La mirada y la autoridad de aquel policía de complexión sólida le resultaban familiares. Recordó la foto del hermano mayor que su amiga le había mostrado una vez.
Las lágrimas de alivio de Ariana y de nana Meche por fin brotaron sin freno. Un enorme sosiego les desbordó el pecho al comprender que el auxilio de Dios había llegado justo a tiempo.
Continuará...