Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 17. EL ULTIMO ACTO
El regreso al apartamento tras la cena en la torre financiera fue un calvario de silencio y pulsaciones desbocadas. Mi padre se retiró a su cuarto arrastrando los pies por el cansancio del alcohol, dejándonos a Ismael y a mí a solas en el pasillo. Al entrar a nuestra habitación matrimonial y pasar el pestillo, la penumbra del cuarto nos envolvió como un manto pesado. Me quité los zapatos de tacón con dedos torpes, sintiendo la mirada de Ismael clavada en mi nuca.
Cuando me deslicé entre las sábanas de lino gris, el colchón cedió sutilmente bajo el peso de Ismael al acostarse a mi lado. Ninguno de los dos encendió la lámpara de noche. Nos quedamos inmóviles, mirando al techo en la oscuridad. El aroma a madera de su perfume flotaba en el aire, mezclado con el recuerdo de sus dedos cálidos rozando mi espalda desnuda en el restaurante.
—Valeria —su voz profunda rompió el silencio, apenas un susurro que me erizó la piel—. Sobre lo que dijiste en el coche...
—Es mejor que durmamos, Ismael —lo interrumpí con un hilo de voz, muerta de miedo por lo que pudiera pasar si seguíamos tirando de ese hilo—. Mañana tenemos que madrugar.
Escuché cómo tragaba saliva en la penumbra. Se giró hacia su lado de la cama, dándome la espalda.
—Tienes razón. Buenas noches, socia —contestó con una nota de sutil frustración en el tono.
Pasé el resto de la noche con los ojos abiertos, consciente de cada una de sus respiraciones, sabiendo que el término "socia" ya no encajaba con el vuelco que mi corazón daba cada vez que él se movía a mi lado.
El resto de la semana transcurrió en una tregua armada. Mi padre continuó con sus reuniones diurnas e Ismael y yo perfeccionamos nuestro papel de pareja idílica durante los desayunos y las cenas cortas. Aprendimos a rozarnos las manos al pasarnos la sal, a sonreírnos con complicidad fingida y a mantener al zorro completamente cegado por nuestra supuesta felicidad conyugal.
Por fin, llegó el viernes por la tarde. El coche de la empresa esperaba abajo en la avenida principal para llevar a mi padre de regreso al pueblo. Su gran maleta de cuero ya descansaba junto a la puerta del apartamento y el ambiente parecía aliviarse céntimo a céntimo. Don Manuel se colocó su abrigo de paño caro, infló el pecho con su habitual arrogancia y nos miró a los dos, que permanecíamos de pie en mitad del salón.
—Bueno, muchachos, ha sido una semana muy productiva —sentenció mi padre, ajustándose los puños de la camisa—. Mis negocios en la capital han salido a pedir de boca y, lo que es mejor, me voy completamente tranquilo con ustedes. Ismael, eres un hombre de palabra. Veo que este apartamento funciona como un reloj y que cuidas de mi hija. En cuanto Alfonso coja ese avión para su viaje de jubilación, firmaremos la promesa de venta de la hacienda en la cuenta oculta de la ciudad. El imperio Manuel seguirá creciendo.
—Buen viaje, Don Manuel. Ha sido un placer tenerlo aquí —respondió Ismael con su perfecta educación formal, dándole un asentimiento con la cabeza.
Yo di un paso al frente, dispuesta a darle los dos besos de despedida reglamentarios para cerrar el teatro de una vez por todas. Me moría de ganas de que cruzara esa puerta para poder respirar en paz. Sin embargo, mi padre se hizo hacia atrás, cruzó los brazos sobre el pecho y nos miró con una sonrisa socarrona, entornando esos ojos de zorro que tanto le caracterizaban.
—Esperen un momento —soltó mi padre, deteniéndonos con un gesto de la mano—. Hay algo que me ha estado rondando la cabeza desde la cena con tus socios, Ismael. He visto muchas miradas tiernas esta semana, muchas caricias discretas, muchas manos entrelazadas sobre la mesa y palabras bonitas... pero en todos estos días no los he visto darse ni un solo beso de verdad. Ni uno solo.
El corazón se me congeló en el pecho. Sentí que las paredes del salón se encogían de golpe sobre mí. Ismael se tensó a mi lado, enderezando la espalda de inmediato.
—Don Manuel, no nos gusta exhibir nuestra intimidad frente a los demás, somos más reservados... —intentó justificar Ismael con una calma forzada, pero mi padre lo cortó con una carcajada ronca y autoritaria.
—¡Déjate de tonterías y de reservas urbanas, muchacho! —bramó mi padre, dando un paso hacia nosotros, presionándonos con su imponente presencia—. Son un matrimonio joven, se supone que están enamorados y no se han visto en semanas. Quiero ver cómo te despides de tu esposa antes de marcharme. Un beso de verdad, de esos que demuestran que hay pasión en esta casa y no solo un contrato firmado. Vamos, Valeria, bésalo. No te vayas a echar atrás ahora que tu padre te lo pide. Si de verdad eres tan feliz como dices, no debería costarte nada.
La amenaza implícita en sus palabras era un cañón apuntando directo a nuestra línea de flotación. Si dudábamos, si nos mostrábamos rígidos o asqueados, la sospecha se instalaría en su mente retorcida, investigaría el piso, descubriría el engaño y todo el futuro de Aarón y el retiro de los padres de Ismael se hundirían en el fango del pueblo.
Miré a Ismael, con los ojos desorbitados por el pánico. Pero él ya había tomado una decisión.
Antes de que pudiera procesarlo, Ismael dio un paso firme hacia mí, eliminando cualquier distancia entre nuestros cuerpos. Su mano grande y cálida subió por mi cuello, acunando mi mejilla con una firmeza y una delicadeza que me hicieron soltar un leve suspiro. Sus ojos oscuros me miraron con una intensidad salvaje, un fuego abrasador que no tenía nada de ficticio.
—Confía en mí —susurró contra mis labios, una milésima de segundo antes de inclinarse y sellar nuestra boca.
El contacto me provocó una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal, haciéndome perder el sentido de la realidad. No fue un beso casto en la mejilla como el del altar, ni un roce professional. Los labios de Ismael eran cálidos, firmes y hambrientos, presionando los míos con una pasión contenida que me desarmó por completo. Por puro instinto de supervivencia —o quizás por un deseo oculto que llevaba días negándome a admitir—, mis manos subieron por su pecho, aferrándome a la tela de su camisa de lino mientras le correspondía el beso con la misma intensidad. El aroma a madera de su piel me nubló el juicio. En ese instante, el salón desapareció, mi padre desapareció y la mentira se derritió por completo bajo el fuego real de nuestros labios. Éramos solo Ismael y yo, devorándonos en mitad de la gran ciudad.
Cuando Ismael se separó muy despacio, rozando mi labio inferior con el suyo, ambos estábamos con la respiración sutilmente agitada. Me quedé mirándolo, con las mejillas ardiendo y el corazón latiéndome con una fuerza ensordecedora en las orejas, incapaz de articular palabra.
Mi padre contempló la escena con una sonrisa de absoluta victoria machista. Dio una sonora palmada en el aire, completamente convencido.
—¡Ja! Así me gusta, carajo. Eso es un matrimonio de verdad —exclamó Don Manuel, tomando su maleta con energía—. Ahora sí me marcho tranquilo al pueblo. Cuídala bien, Ismael. Nos vemos para la firma.
Mi padre abrió la puerta y salió al pasillo, cerrando tras de sí con un golpe seco.
El silencio que se instaló en el apartamento fue atronador. Ismael y yo nos quedamos inmóviles en mitad del salón, a un palmo de distancia, escuchando únicamente el eco de nuestras respiraciones alteradas. El zorro por fin se había marchado y el teatro había terminado, pero al mirar el brillo oscuro y confuso en los ojos de Ismael, supe que nuestras reglas de socios acababan de saltar por los aires. Ya nada volvería a ser igual entre nosotros.