Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 17
El aire en el antiguo invernadero abandonado de la propiedad Bianchi olía a tierra mojada y a cristal antiguo. Era un espacio de hierro forjado y sombras, devorado por la hiedra, que David utilizaba como refugio cuando el mundo corporativo le resultaba asfixiante. A las once de la noche, la luna se filtraba a través de los cristales rotos, creando un patrón de escamas de plata sobre el suelo.
Anna llegó primero. No vestía la seda azul de la esposa, ni el lino crema de la estratega. Llevaba una capa de terciopelo negro que ocultaba su silueta y un antifaz de encaje intrincado que cubría la mitad superior de su rostro, dejando solo sus labios —pintados de un rojo sangre provocador— y la barbilla expuestos. Se sentía como una traidora de su propio nombre, una mujer dividida por la mitad por un juego que ella misma había iniciado.
Escuchó los pasos de David. No eran los pasos medidos del despacho; eran rápidos, pesados, cargados de una ansiedad que ella nunca le había visto. Se detuvo a tres metros de ella, su respiración visible en el frío aire nocturno.
—Viniste —dijo David. Su voz era un barítono quebrado, una mezcla de alivio y una posesividad salvaje que pareció hacer vibrar los cristales del invernadero.
—Dijiste que no sabías qué les hacías a quienes intentaban escapar de ti —respondió ella, modulando su voz, haciéndola más ronca, más cargada de esa sensualidad oscura que él asociaba con la discoteca—. Vine a ver si tus amenazas son tan reales como tus recuerdos.
David acortó la distancia con una urgencia eléctrica. Se detuvo justo frente a ella, pero no la tocó. Sus manos, cerradas en puños a los costados, temblaban levemente. El "Heredero de Hielo" estaba derritiéndose ante una sombra.
—No tienes idea de lo que me has hecho —susurró él, inclinándose hacia ella. El aroma a sándalo y la calidez de su cuerpo la envolvieron, chocando con el frío del encaje en su rostro—. Te he buscado en cada rincón de esta ciudad. He descuidado mis empresas, mis juntas... mi cordura. Estás grabada en mi piel como una cicatriz que no quiero que cierre.
Anna sintió una punzada de dolor en el pecho. Él hablaba con una devoción que nunca le había dedicado a la mujer que desayunaba frente a él cada mañana.
—Tienes una esposa, David —le recordó ella, probando el filo del cuchillo que sostenía—. Un hombre con tu apellido no debería estar persiguiendo fantasmas en invernaderos en ruinas.
David soltó una risa amarga, un sonido seco que resonó en la estructura de hierro.
—Mi esposa... —dijo, y el nombre sonó como una carga—. Anna es una máquina de hielo. Es perfecta, analítica, impecable... y me está volviendo loco. No puedo estar en la misma habitación que ella sin querer romper su compostura, sin querer ver si hay algo humano bajo esa armadura de "eficiencia".
Anna sintió que el aire se le escapaba. Ser testigo de su propia disección emocional desde el anonimato era una tortura exquisita.
—¿Y por qué te importa tanto romperla? —preguntó ella, dando un paso hacia él, permitiendo que el borde de su capa rozara el abrigo de David.
—Porque se parece a ti —confesó David, su voz bajando a un susurro desesperado—. Tiene tus ojos, tiene tu boca... pero no tiene tu fuego. Vivir con ella es como tener el mapa de un tesoro que no puedo abrir. Me mira con una indiferencia que me consume, mientras yo solo puedo pensar en ti, en cómo gritaste mi nombre, en cómo me perteneciste esa noche. Ella es la realidad que odio, y tú eres el sueño que necesito para sobrevivir a esa realidad.
La ironía era tan pesada que Anna casi se tambaleó. Él la amaba en la oscuridad y la despreciaba en la luz, sin saber que eran la misma carne. La sensualidad del momento se volvió asfixiante. David extendió una mano y rodeó la nuca de Anna, sus dedos enredándose en el cabello que ella había dejado suelto bajo la capucha. La presión era firme, posesiva, reclamando el territorio que creía haber perdido.
—Dime quién eres —exigió él, su rostro a milímetros del antifaz—. Quítate esta máscara y dime que no eres una alucinación de mi deseo.
—No todavía —susurró ella, apoyando sus manos en el pecho de David. Sintió el latido frenético de su corazón, una confesión de vulnerabilidad que la desarmó—. Si me ves ahora, el juego termina. Y me gusta ver cómo el hombre que lo tiene todo pierde la cabeza por alguien que no puede comprar.
David gruñó y la atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio. El contacto fue una explosión. Sus cuerpos se reconocieron con una memoria celular que ignoraba las máscaras y los nombres. Él la besó con una furia hambrienta, un beso que sabía a desesperación y a una posesividad que ya no conocía límites legales. Anna respondió con la misma intensidad, entregándose al caos que ella misma había orquestado. En ese rincón oscuro, ella no era la esposa ignorada; era la reina de su obsesión.
—Eres mía —masulló David contra sus labios, su mano bajando por su espalda, marcando su territorio sobre el terciopelo—. No importa quién seas en el mundo real. Aquí, bajo estas sombras, me perteneces.
Anna se separó bruscamente, el corazón martilleando contra sus costillas. Sabía que si se quedaba un minuto más, la máscara caería.
—Mañana es la gala del aniversario, David —dijo ella, recuperando el aliento—. Estarás allí con tu esposa de hielo. Búscame entre la multitud. Si eres tan buen estratega como dices, sabrás encontrar el fuego entre el frío.
Antes de que él pudiera reaccionar, Anna se deslizó entre las sombras del invernadero, desapareciendo por una puerta lateral que conocía por sus planos. David se quedó solo en el centro de la estructura en ruinas, con el aroma a jazmín flotando en el aire frío y el sabor de ella todavía en sus labios.
—Te encontraré —juró David a la oscuridad—. Aunque tenga que quemar esta mansión para que salgas de tu escondite.
Anna corrió hacia su habitación, entró por la ventana y se arrancó la capa y el antifaz. Se miró al espejo, con el labial corrido y los ojos encendidos. Acababa de escuchar al hombre de su vida confesar que ella misma lo estaba volviendo loco. El juego de la "Cita Ciega" había dejado una herida profunda en ambos: David estaba enamorado de una mentira, y Anna estaba empezando a odiar la verdad que los separaba. La gala del aniversario ya no era un evento corporativo; era el campo de batalla final donde el hielo y el fuego chocarían para siempre.