En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
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Capitulo 13: Lo Que Aún No Comprende
La mañana siguiente comenzó de una manera poco habitual, Elia no se despertó antes que todos.
Se despertó porque alguien estaba golpeando suavemente la puerta.
—Elia.
No respondió.
—Elia...
La puerta se abrió unos centímetros.
Tarin asomó la cabeza.
—¿Estás despierta?
Elia abrió un ojo.
—Ahora sí.
—Entonces levántate.
—¿Por qué?
—Porque Madre Liria dijo que si no bajas pronto, va a mandar a Nima.
Elia se incorporó inmediatamente.
—Eso es una amenaza.
—Lo sé.
Tarin cerró la puerta.
—Te doy cinco minutos.
Elia miró la cama.
Durante unos segundos pensó en quedarse allí.
La misión del día anterior había sido tranquila, pero había caminado durante horas y había pasado bastante tiempo observando el bosque.
Su cuerpo estaba cansado y sin embargo, se levantó.
Mientras se vestía, recordó una de las cosas que había aprendido.
No todo consiste en entrenar hasta quedar agotada.
Quizá descansar también formaba parte del entrenamiento.
Cuando bajó, encontró a Nima sentada frente a un plato de comida.
Pipa estaba colocada a su lado.
Elia se detuvo.
—¿Por qué Pipa tiene una cuchara?
Nima la miró con total seriedad.
—Está desayunando.
—Pero no puede comer.
—Ya lo sé.
Tarin se sentó frente a ellas.
—No discutas. Hoy Pipa tiene hambre.
Elia se sentó.
—¿Y qué está comiendo?
Nima señaló el plato.
—Pan.
—¿Y por qué la cuchara?
—Porque es educada.
Tarin se tapó la cara con una mano.
Madre Liria apareció desde la cocina.
—Buenos días.
—Buenos días m.
Respondió Elia.
Madre Liria dejó una taza frente a ella.
—¿Dormiste bien?
Elia asintió.
—Sí.
—¿Te duele algo?
—Un poco las piernas.
—Entonces hoy no entrenas.
Elia dejó de mover la cuchara.
—¿Qué?
—Escuchaste.
—Pero...
—No.
Elia miró a Tarin buscando apoyo.
Tarin negó con la cabeza.
—No me mires. Estoy de acuerdo con ella.
—Traidores.
Nima levantó la mano.
—Yo también.
Elia suspiró.
—Está bien.
Madre Liria sonrió.
—Puedes entrenar mañana.
Elia comenzó a desayunar.
—Entonces hoy estudiaré.
Tarin levantó una ceja.
—¿Eso significa que vas a leer libros aburridos todo el día?
—Algunos libros son interesantes.
—¿Cuáles?
—Los que hablan de magia.
—Eso confirma mi teoría.
—¿Cuál?
—Que eres rara.
Elia le lanzó una pequeña migaja de pan.
Tarin la esquivó.
—¡Violencia!
—Fue una migaja.
—Empieza con una migaja.
Nima se rio.
Madre Liria negó con la cabeza mientras regresaba a la cocina.
Después del desayuno, Elia subió nuevamente a su habitación.
Sacó su cuaderno.
En las primeras páginas había anotaciones sobre las cinco Llaves.
Más adelante había dibujos de círculos, pequeñas reservas de mana y esquemas incompletos sobre invocaciones.
Abrió la página donde había escrito:
Núcleo mágico.
Debajo había varias preguntas.
¿Cómo almacena mana?
¿Cómo libera mana?
¿Puede recuperar mana por sí mismo?
Y una última:
¿Puede una invocación mantenerse sin recibir mana constantemente del creador?
Elia apoyó el lápiz sobre la página.
—Necesito información.
No quería experimentar a ciegas.
La idea de crear un núcleo mágico seguía pareciéndole posible, pero todavía no comprendía lo suficiente.
Recordó las palabras de Sira.
Un núcleo puede almacenar mana y mantener una estructura durante cierto tiempo.
Eso significaba que las invocaciones no necesariamente tenían que depender de ella todo el tiempo.
Pero había un problema.
Si el núcleo se quedaba sin mana, la criatura desaparecería.
Y Elia quería algo diferente.
Quería que sus invocaciones pudieran permanecer durante mucho tiempo.
Tal vez incluso actuar sin que ella tuviera que controlarlas constantemente.
Abrió otra página.
Escribió:
Una invocación necesita tres cosas.
Forma.
Núcleo.
Fuente de energía.
Se quedó mirando las palabras.
—Pero falta algo.
Pensó en el zorro de agua que había intentado crear.
Había conseguido darle forma.
También había intentado crear un pequeño núcleo.
Pero la invocación había desaparecido.
¿Por qué?
Quizá el problema no era la cantidad de mana.
Quizá el problema era la estructura.
Elia dibujó un pequeño círculo.
Después otro dentro.
Luego añadió varias líneas que conectaban ambos.
—Si el mana circula...
Borró.
Volvió a dibujar.
—No.
Borró otra vez.
Durante casi una hora llenó varias páginas.
Algunas ideas parecían funcionar.
Otras eran absurdas.
Una incluso provocó que Elia se quedara mirando el dibujo durante varios segundos antes de murmurar:
—Eso definitivamente no.
Finalmente cerró el cuaderno.
No había encontrado una respuesta.
Pero había conseguido algo que consideraba igual de importante.
Una nueva pregunta.
Elia bajó las escaleras y encontró a Tarin ayudando a dos niños pequeños con una tarea.
—¿Ya terminaste de estudiar?
Preguntó.
—Por ahora.
—¿Entendiste algo?
Elia pensó.
—Entendí que no entiendo suficiente.
Tarin la miró.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
—Entonces estás aprendiendo.
Elia sonrió.
—Supongo.
En ese momento llamaron a la puerta.
Uno de los niños fue a abrir.
Era Hessa.
La registradora del gremio llevaba varios documentos bajo el brazo.
Al ver a Elia, sonrió.
—Justamente a quien buscaba.
Elia se acercó.
—¿Pasó algo?
—No. Traigo un mensaje de Orven.
—¿Una misión?
Hessa negó con la cabeza.
—No esta vez.
Le entregó un pequeño papel.
—Quiere verte esta tarde.
Elia abrió los ojos.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Hessa comenzó a caminar hacia la puerta.
Después se detuvo.
—Ah, y dijo que traigas tu cuaderno.
Elia miró el cuaderno que tenía bajo el brazo.
—Eso no me tranquiliza.
Hessa sonrió.
—Entonces probablemente sea importante.
Y se marchó.
Elia volvió a mirar el papel.
Ven al gremio esta tarde.
Nada más.
Guardó el mensaje.
Tarin se acercó.
—¿Problemas?
—No lo sé.
—¿Quieres que te acompañe?
Elia negó con la cabeza.
—No hace falta.
Tarin asintió.
—Entonces vuelve antes de la cena.
Elia sonrió.
—Lo intentaré.
—No.
Elia lo miró.
Tarin señaló hacia la puerta.
—Hazlo.
Elia soltó una pequeña risa.
—Está bien.
Esa tarde, cuando el sol comenzaba a descender, Elia caminó nuevamente hacia el gremio.
No sabía por qué Orven quería verla.
Pero llevaba su cuaderno.
Por primera vez desde que había comenzado a estudiar las invocaciones, tenía la sensación de que quizá alguien podía ayudarla a encontrar la respuesta que estaba buscando.
Cuando Elia llegó al gremio, el movimiento de la mañana ya había disminuido bastante.
Algunos aventureros descansaban en las mesas del salón principal y otros hablaban mientras revisaban sus próximos trabajos.
Elia cruzó la entrada con su cuaderno bajo el brazo y buscó a Hessa.
La encontró detrás del mostrador, ordenando unos documentos.
—Llegas justo a tiempo.
Hessa levantó la vista y dejó los papeles sobre la mesa.
—¿Para qué?
Hessa señaló con la cabeza hacia el pasillo.
—Orven lleva un rato esperando.
Elia miró hacia allí y luego volvió a mirarla.
—¿Está de mal humor?
Hessa hizo una pausa, como si estuviera pensando seriamente la respuesta.
—No más de lo normal.
Elia entrecerró los ojos.
—Eso no me ayuda.
Hessa soltó una pequeña risa mientras negaba con la cabeza.
—Ve.
Elia caminó hasta la oficina y golpeó la puerta.
—Pasa.
Abrió.
Orven estaba sentado detrás de su escritorio, revisando varios documentos. Al escucharla entrar, levantó la mirada por encima de los papeles.
—Llegaste.
—Sí.
Elia cerró la puerta y se acercó.
Orven miró el cuaderno que llevaba bajo el brazo.
—Y trajiste el cuaderno.
Elia lo levantó ligeramente.
—Me dijiste que lo trajera.
Orven dejó el documento sobre el escritorio y se acomodó en la silla.
—Bien. Al menos una persona aquí sigue mis instrucciones.
Elia miró los papeles amontonados frente a él.
—¿Los demás no?
Orven soltó aire por la nariz.
—Digamos que los aventureros tienen una relación complicada con las instrucciones.
Elia inclinó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Que escuchan lo que quieren escuchar.
Elia sonrió.
—Entonces no soy la única.
—Nunca dije que lo fueras.
Orven hizo un gesto hacia la silla.
—Siéntate.
Elia tomó asiento y dejó el cuaderno sobre sus piernas.
—¿Por qué querías verme?
Orven entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Primero quería hablar sobre la misión de ayer.
Elia se puso un poco más seria.
—¿Hice algo mal?
Orven negó tranquilamente con la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Si hubieras hecho algo mal, probablemente ya lo sabrías.
Elia relajó los hombros.
—Ah.
Orven tomó uno de los informes.
—Garran y Vela entregaron su informe esta mañana.
—¿Ya?
—Ya.
Elia apoyó los codos sobre las piernas.
—Pensé que tardarían más.
—Garran escribe poco.
Elia recordó al aventurero y sonrió.
—Eso parece.
Orven dejó el informe sobre la mesa.
—Pero dijeron algo interesante.
Elia levantó las cejas.
—¿Qué?
—Que no te apresuraste.
Elia parpadeó.
—¿Eso es bueno?
—En una misión de reconocimiento, sí.
Orven se recostó ligeramente en su silla.
—Cuando encontraron las huellas, ¿qué pensaste?
Elia bajó la mirada unos segundos, recordando el momento.
—Que podían ser peligrosas.
—Y aun así no atacaste.
—Porque no sabía qué eran.
Orven asintió despacio.
—Exactamente.
Elia jugueteó con una esquina de su cuaderno.
—Creo que antes habría intentado hacer algo.
—¿Algo como qué?
—Atacar.
Orven levantó una ceja.
—Por lo menos eres sincera.
—Pero no lo hice.
—Y eso es lo importante.
Elia asintió.
Hubo un pequeño silencio.
Después abrió el cuaderno.
—En realidad, quería preguntarte otra cosa.
Orven señaló el cuaderno con un dedo.
—Ya me imaginaba.
Elia lo abrió en una de las primeras páginas.
—Estoy intentando mejorar mis invocaciones.
Orven se inclinó un poco hacia adelante para observar los dibujos.
—Veo que no has estado perdiendo el tiempo.
—He estado pensando.
—Eso puede ser peligroso.
Elia levantó la mirada.
—¿Por qué?
Orven señaló las páginas llenas de anotaciones.
—Porque cuando empiezas a pensar demasiado, terminas llenando un cuaderno entero con cosas que después tienes que borrar.
Elia miró sus propios dibujos.
—Ya hice eso.
Orven sonrió de lado.
—Lo sabía.
Elia giró el cuaderno hacia él.
—Quiero conseguir que mis invocaciones duren más.
Orven pasó una página lentamente.
—¿El zorro?
—Sí.
—¿El mismo que desapareció?
Elia asintió.
—Quiero descubrir qué hice mal.
Orven levantó la mirada.
—¿Intentaste otra vez?
—No.
—¿No?
—Dijiste que estudiara antes de intentarlo.
Orven asintió satisfecho.
—Bien.
Elia señaló uno de los dibujos.
—Pensé que podría poner un núcleo dentro.
Orven dejó de pasar páginas.
—¿Un núcleo?
—Algo que almacene mana. Así no tendría que seguir dependiendo del mio todo el tiempo.
Orven apoyó ambas manos sobre el escritorio y miró el dibujo durante unos segundos.
—No es una mala idea.
Los ojos de Elia se iluminaron.
—¿Entonces funciona?
Orven levantó un dedo.
—No dije eso.
La expresión de Elia cayó inmediatamente.
—Pero dijiste que no era mala.
—Hay una diferencia.
Elia cruzó los brazos.
—Siempre haces eso.
Orven ladeó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Dices algo que parece una respuesta y después resulta que no lo era.
Orven soltó una carcajada.
—Eso se llama evitar que una niña de cinco años intente revolucionar la magia antes del desayuno.
Elia frunció el ceño.
—Ya desayuné.
Orven se quedó mirándola un segundo.
—Entonces antes del almuerzo.
Elia intentó mantener la seriedad, pero terminó sonriendo.
—Está bien.
Orven volvió a mirar el dibujo.
—La idea del núcleo tiene sentido. Un cristal de mana, por ejemplo, puede almacenar energía mágica.
Elia abrió rápidamente otra página.
—¿Un cristal?
—Sí.
—¿Como los que usan los magos?
—Algunos.
Elia comenzó a escribir.
—¿Dónde puedo conseguir información sobre ellos?
—En la biblioteca del gremio.
Elia levantó la cabeza.
—¿Puedo entrar?
Orven asintió.
—Por eso te dije que trajeras el cuaderno.
Elia miró sus anotaciones y volvió a escribir.
—Entonces un cristal podría ser el núcleo.
—Podría.
—Y podría mantener la invocación.
—Durante un tiempo.
Elia hizo una pequeña mueca.
—¿Cuánto tiempo?
Orven se encogió de hombros.
—Depende.
—¿De qué?
—Del cristal, de la cantidad de mana que almacene, de la estructura de la invocación...
Elia levantó el lápiz.
—Espera.
Orven sonrió.
—Despacio.
—Estoy intentando seguirte.
—Precisamente por eso.
Elia dejó el lápiz sobre la página y frunció el ceño.
—Entonces el problema no es solamente tener mana.
—No.
—También importa cómo circula.
Orven señaló el dibujo.
—Ahora vas entendiendo.
Tomó una hoja limpia y dibujó un círculo pequeño.
—Imagina que esto es el núcleo.
Después hizo otro círculo alrededor.
—Y esto es la invocación.
Elia se inclinó sobre la mesa.
—¿Y el mana sale del núcleo?
—Sí.
—¿Todo de golpe?
—No debería.
—¿Y si sale demasiado rápido?
—La estructura puede volverse inestable.
—¿Y si sale demasiado lento?
—La invocación no tendrá suficiente energía.
Elia se quedó mirando el dibujo.
—Entonces necesito controlar el flujo.
—Exactamente.
Elia tomó el lápiz y dibujó varias líneas que conectaban ambos círculos.
—¿Así?
Orven negó con la cabeza.
—No.
Elia borró una de las líneas.
—¿Así?
—Tampoco.
—¿Entonces cómo?
Orven apoyó la espalda contra la silla.
—Ahí está el problema.
Elia dejó caer el lápiz sobre la mesa.
—No sabes.
Orven arqueó una ceja.
—Sé algunas cosas.
—Pero no sabes cómo hacerlo.
—No exactamente como tú quieres hacerlo.
Elia lo observó unos segundos y luego sonrió.
—Eso me gusta más.
Orven frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que no sepas todo.
Orven soltó una risa baja.
—¿Por qué?
—Porque entonces puedo descubrirlo yo.
Orven la señaló con un dedo.
—Esa respuesta me preocupa un poco.
Elia volvió a tomar el lápiz.
—¿Y si consigo que el núcleo recupere mana por sí mismo?
La expresión de Orven cambió ligeramente.
—Ahí ya estás entrando en otro problema.
Elia dejó de escribir.
—¿Por qué?
Orven tomó el cristal de mana que había guardado anteriormente y lo colocó sobre el escritorio.
—Almacenar mana no es lo mismo que producirlo.
Elia miró el cristal.
—Entonces necesitaría una fuente.
—Sí.
—¿El ambiente?
Orven asintió.
—Algunos cristales pueden absorber energía mágica del entorno. Pero no siempre lo hacen de la misma manera.
Elia escribió rápidamente:
Absorción.
Orven la observó durante unos segundos.
—No vas a intentar construir algo esta tarde, ¿verdad?
Elia levantó la mirada.
—No.
Orven esperó.
Elia sostuvo su mirada.
—Bueno...
—Elia.
Ella bajó lentamente el lápiz.
—Solo quería probar algo pequeño.
Orven negó con la cabeza, aunque una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Elia suspiró.
—Está bien. Primero estudiaré.
—Mucho mejor.
Elia pasó varias páginas.
Entonces se detuvo.
—También tengo otra cosa.
Orven apoyó los brazos sobre el escritorio.
—¿Qué?
Elia giró el cuaderno.
En una página había dibujado nueve pequeños puntos.
Orven se inclinó hacia adelante.
—¿Qué es eso?
—Las estrellas.
—¿Qué estrellas?
—Las que veo cuando medito.
Orven dejó de moverse.
—Explícame.
Elia señaló los nueve puntos.
—A veces, cuando estoy muy concentrada, aparecen.
—¿Siempre son nueve?
—Creo que sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace poco.
Orven tomó el cuaderno con cuidado.
—¿Te ocurre algo cuando aparecen?
—No.
—¿Te duele?
—No.
—¿Pierdes el control del mana?
—Tampoco.
—¿Cambian tus hechizos?
Elia negó con la cabeza.
—No que yo haya notado.
Orven permaneció en silencio.
Elia lo observó.
—¿Qué?
Orven levantó la mirada.
—Estoy pensando.
Elia ladeó la cabeza.
—Eso parece grave.
Orven soltó una risa.
—No sé qué son.
Elia parpadeó.
—¿No?
—No.
—Pensé que ibas a saberlo.
Orven cerró lentamente el cuaderno.
—Yo también tengo derecho a no saber algunas cosas.
Elia sonrió.
—Entonces estamos igual.
—En esa parte, sí.
Orven le devolvió el cuaderno.
—Pero no intentes forzar las cosas.
Elia frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabemos qué puede pasar.
—Pero quiero descubrirlo.
Orven la miró durante unos segundos antes de responder.
—Y lo descubrirás. Solo dale tiempo.
Elia bajó la mirada hacia los nueve puntos.
—Está bien.
Orven señaló el cuaderno.
—Por ahora, concéntrate en una cosa.
—¿Las invocaciones?
—Sí. Y no intentes resolver todo de golpe.
—Primero el núcleo.
—Primero comprenderlo.
Elia hizo una pequeña sonrisa.
—Eso es diferente.
—Mucho.
Ella cerró el cuaderno y se puso de pie.
—Entonces iré a la biblioteca.
Orven asintió.
—Puedes hacerlo.
Elia caminó hasta la puerta, antes de salir, Orven habló otra vez.
—Y no abandones el entrenamiento físico.
Elia se giró.
—Hoy no entrené.
—Lo sé.
—Me dolían las piernas.
—Por eso no te dije que entrenaras hoy.
Elia sonrió.
—Entonces sí prestas atención.
Orven se recostó en su silla.
—Más de la que crees.
Elia abrió la puerta.
—Gracias, Orven.
—De nada.
Ella salió.
La puerta se cerró.
Orven esperó unos segundos antes de volver a mirar el informe de la misión.
Sin embargo, sus ojos terminaron regresando al dibujo que Elia había hecho.
Nueve pequeños puntos.
Se pasó una mano por la barba.
—Nueve...
La palabra quedó flotando en la habitación.
Orven no añadió nada más.
Mientras tanto, Elia ya había llegado al pasillo de la biblioteca.
Tenía muchas preguntas.
La puerta de la biblioteca se cerró detrás de Elia con un suave sonido.
El ambiente era completamente diferente al del salón principal del gremio.
Allí no había conversaciones fuertes solo el roce de las páginas, alguna silla moviéndose y el ocasional carraspeo de alguien que llevaba demasiado tiempo leyendo.
Elia miró las enormes estanterías que cubrían las paredes.
—Bueno...
Abrió su cuaderno.
En una página había escrito varias palabras.
Cristales de mana.
Núcleos mágicos.
Invocaciones y debajo, encerrada en un círculo.
¿Cómo hacer que una invocación dure más sin gastar tanto mana?
Elia se quedó mirando la pregunta.
—¿Por dónde empiezo?
—Por dejar de hablar sola.
Elia dio un pequeño salto.
—¡Ah!
Detrás de una estantería apareció una anciana cargando varios libros. Tenía el cabello completamente blanco, recogido en un pequeño moño y unas gafas que descansaban peligrosamente cerca de la punta de su nariz.
La mujer levantó una ceja.
—No sabía que la biblioteca necesitaba también conversación.
Elia se llevó una mano al pecho.
—Me asustaste.
—Eso parece.
La anciana dejó los libros sobre una mesa.
—Soy Tessa. Me encargo de la biblioteca.
—Elia.
—Lo sé.
Elia entrecerró los ojos.
—¿Todos me conocen en este gremio?
—Después de tus últimas visitas, algunos ya saben quién eres.
Tessa señaló el cuaderno.
—¿Qué estás buscando?
—Información sobre invocaciones.
—¿Algún tipo en particular?
Elia pensó unos segundos.
—Quiero que duren más.
—Eso es bastante amplio.
—Y quiero que algún día puedan mantenerse sin que yo tenga que darles mana todo el tiempo.
Tessa dejó de acomodar los libros.
La observó durante unos segundos.
—Eso ya es bastante menos amplio.
Elia sonrió.
—Entonces, ¿hay algo?
—Hay muchos libros. Que alguno tenga la respuesta es otra historia.
Tessa caminó hacia una de las estanterías.
—Ven.
Elia la siguió.
Primero llegaron a una sección llena de libros sobre minerales mágicos.
—Cristales de mana.
Dijo Tessa.
Luego señaló otra.
—Almacenamiento mágico.
Después otra.
—Construcción de estructuras.
Y finalmente una última.
—Invocaciones.
Los ojos de Elia se iluminaron.
—¿Todo esto?
—Todo esto.
—Voy a necesitar varios días.
Tessa se acomodó las gafas.
—Probablemente.
Elia sacó el primer libro.
Era tan pesado que tuvo que utilizar las dos manos.
Lo dejó sobre la mesa.
Pum.
Tessa la miró.
—Con cuidado.
—Perdón.
—Los libros también sienten dolor.
Elia la miró confundida.
Tessa aguantó la sonrisa.
—Era una broma.
—Ah.
La anciana volvió a sus tareas mientras Elia abría el libro.
Las primeras páginas hablaban de los fundamentos de las invocaciones.
Forma.
Mana.
Estructura.
Control.
Elia pasó varias páginas.
—Esto ya lo sé.
Siguió.
—Esto también.
Otra página.
—Esto...
Se detuvo.
Había un dibujo de una criatura formada completamente de mana, rodeada por varios círculos.
Debajo aparecía un título:
Núcleos de estabilización.
Elia tomó inmediatamente el lápiz.
—Núcleo de estabilización.
Lo escribió.
Según el texto, algunas invocaciones podían utilizar un núcleo externo para reducir la cantidad de mana que el invocador debía suministrar directamente.
Elia abrió un poco más los ojos.
—Entonces sí se puede.
Continuó leyendo.
La emoción duró poco.
El núcleo no hacía que la invocación fuera independiente. Simplemente funcionaba como una reserva adicional.
Además, la conexión entre el núcleo y la estructura de la invocación debía mantenerse estable.
Si el flujo de mana era irregular, la estructura podía debilitarse.
Elia apoyó el lápiz.
—Entonces todavía no.
—¿Todavía no qué?
Elia levantó la mirada.
Un chico estaba parado al otro lado de la mesa.
Parecía tener unos doce o trece años. Llevaba ropa sencilla y varios libros bajo un brazo.
Elia lo miró.
—Nada.
El chico señaló el libro.
—¿Estás leyendo eso?
—Sí.
—Es de teoría avanzada.
Elia bajó la vista hacia las páginas.
—Ya me di cuenta.
El chico soltó una pequeña risa.
—Pensé que quizá estabas mirando los dibujos.
Elia levantó lentamente la cabeza.
—Sé leer.
—No dije que no supieras.
—Lo insinuaste.
El chico se encogió de hombros.
—Solo digo que ese libro es complicado.
Elia cerró un poco los ojos.
—Entonces tendrás que leerlo tú también.
El chico se quedó callado un segundo.
Tessa, desde el otro lado de la biblioteca, levantó la mirada, pero no intervino.
El chico dejó sus libros sobre la mesa.
—Yo estoy buscando otro.
—Bien.
—Ese.
Señaló uno de los libros que estaba justo debajo del que Elia estaba usando.
Elia lo miró.
—¿Este?
—Sí.
Elia hizo el intento de sacarlo.
Pero el libro estaba atrapado entre otros dos.
Tiró.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
El chico extendió la mano.
—Déjame.
—Puedo.
—No dije que no pudieras.
—Pero lo dijiste como si no pudiera.
El chico suspiró.
—Solo quería ayudarte.
Elia volvió a tirar.
El libro salió de golpe.
—¡Ah!
Elia perdió un poco el equilibrio y el libro terminó cayendo sobre la mesa.
El chico dio un paso atrás.
—Vaya.
Elia se quedó quieta.
Después miró el libro.
Luego al chico.
—Ya está.
El chico se cruzó de brazos.
—Sí.
Hubo unos segundos de silencio.
Finalmente, él tomó su libro y se marchó hacia otra mesa.
Elia volvió al suyo.
No quería perder tiempo.
Aunque aquella pequeña conversación le había dejado una molestia en el pecho.
No porque el chico hubiera sido especialmente cruel.
Sino porque le recordaba algo que había escuchado muchas veces.
Eres demasiado pequeña.
Elia apretó el lápiz.
—Ya veremos.
Y siguió leyendo.
Durante los siguientes minutos encontró algo mucho más interesante.
Una sección hablaba de los cristales de mana de alta pureza.
Elia acercó el libro hacia ella.
Algunos cristales podían almacenar grandes cantidades de energía.
Otros tenían una propiedad diferente, podían recuperar lentamente parte de su carga absorbiendo mana ambiental.
Elia escribió rápidamente.
Cristal + mana ambiental \= recuperación lenta.
Luego añadió.
No crea mana. Recupera energía almacenada.
Se quedó pensando.
—Entonces...
Miró su dibujo del pequeño zorro de agua.
—Podría tener un núcleo.
Tessa, que estaba organizando libros cerca, escuchó.
—Podría.
Elia levantó la cabeza.
—¿Estabas escuchando?
—Es difícil no hacerlo cuando alguien murmura cada tres minutos.
Elia hizo una pequeña mueca.
—¿Funcionaría?
Tessa se acercó.
—Dependería de cómo construyeras la conexión.
—¿Conexión?
—Un núcleo no es simplemente una batería que colocas dentro de una criatura mágica.
Tessa tomó un lápiz y dibujó un pequeño círculo en una hoja.
—Supongamos que esto es el núcleo.
Después dibujó varias líneas alrededor.
—Y esto es la estructura de tu invocación.
—¿Y las líneas?
—El flujo de mana.
Tessa señaló una de ellas.
—Si el mana entra demasiado rápido, la estructura puede deformarse.
Movió el lápiz.
—Si entra demasiado lento, puede no sostenerse.
Elia observaba atentamente.
—Entonces tiene que haber un equilibrio.
—Exactamente.
Elia tomó su propio lápiz.
—¿Y si hago que el núcleo controle el flujo?
Tessa no respondió.
La anciana la miró.
Después miró el dibujo.
—Eso sería una posibilidad.
Los ojos de Elia brillaron.
—¿Entonces podría funcionar?
—Podría.
—¡Bien!
Elia empezó a escribir.
Núcleo de estabilización.
Control del flujo.
Reserva de mana.
Recuperación mediante mana ambiental.
Luego añadió una última línea.
Autonomía parcial.
Se quedó mirando esas palabras.
—Autonomía...
Tessa señaló otro apartado del libro.
—Lee eso.
Elia pasó la página.
El texto explicaba que algunas invocaciones avanzadas podían reaccionar ante estímulos simples sin recibir una orden directa cada vez.
No eran seres independientes.
Pero podían responder.
Seguir.
Defender.
Cambiar de dirección.
Elia levantó lentamente la cabeza.
—Entonces...
Miró nuevamente el dibujo de su zorro.
—No necesito empezar haciendo una invocación completamente independiente.
Tessa sonrió.
—Exacto.
—Primero podría hacer que responda sola a cosas sencillas.
—Eso sería mucho más razonable.
Elia escribió.
Primero autonomía parcial. Después, buscar algo mayor.
Se quedó unos segundos observando la frase.
Aquello cambiaba su objetivo.
Hasta ese momento había pensado que necesitaba encontrar una forma de mantener a sus invocaciones activas.
Ahora comprendía que eran varios problemas diferentes.
Necesitaba una reserva.
Necesitaba controlar el flujo.
Y asi algún día quería que una invocación pudiera actuar por sí misma, tendría que encontrar una manera de darle instrucciones que no dependieran constantemente de ella.
Elia apoyó el lápiz.
—Son demasiadas cosas.
Tessa asintió.
—La magia suele ser así.
—Pensé que sería más sencillo.
—¿Quién te dijo eso?
Elia sonrió.
—Nadie.
—Entonces no puedes quejarte.
Elia soltó una pequeña risa.
Volvió a abrir el libro.
En ese momento, el chico de antes pasó junto a su mesa.
Miró de reojo las anotaciones de Elia.
—¿De verdad entendiste todo eso?
Elia levantó la mirada.
—No.
El chico pareció sorprenderse.
—¿No?
Elia cerró el cuaderno.
—Pero voy a entenderlo.
El chico permaneció en silencio.
Miró el libro.
Después a Elia.
—Yo tampoco entendí esa parte la primera vez.
Elia parpadeó.
—¿Entonces por qué dijiste que era difícil?
—Porque lo es.
—Ah.
El chico señaló una página.
—Hay una explicación mejor en ese libro.
Elia miró hacia donde indicaba.
—¿Cuál?
—El de la esquina.
El chico señaló una estantería y se marchó antes de que Elia pudiera responder.
Ella miró a Tessa.
La anciana sonrió.
—Parece que acabas de hacer un amigo.
Elia negó con la cabeza.
—Todavía no.
Tessa soltó una risita.
—Está bien.
Elia se levantó y fue hasta la estantería.
Encontró el libro.
Lo abrió.
Y allí, entre explicaciones mucho más sencillas, encontró exactamente lo que necesitaba.
No una respuesta definitiva o alguna técnica secreta.
Pero sí un principio.
Una invocación puede mantenerse separada del flujo directo del invocador si posee una fuente de reserva y un punto de anclaje estable.
Elia leyó la frase tres veces.
Después la copió.
Fuente de reserva.
Punto de anclaje.
Se quedó quieta.
—Punto de anclaje...
Miró el dibujo de su invocación.
Por primera vez comprendió que quizá había estado haciendo la pregunta equivocada.
No necesitaba solamente darle más mana a su invocación.
Necesitaba mostrarle a la magia dónde permanecer.
Elia cerró el libro lentamente.
Había encontrado una pista.
Una pista pequeña.
Pero suficiente.
Guardó sus anotaciones y volvió a mirar las estanterías.
Todavía quedaban cientos de libros.
Y desde que había comenzado aquella búsqueda, no le parecieron demasiados.
Le parecieron un mapa.
Solo tenía que aprender a leerlo.
Cuando Elia salió de la biblioteca el sol ya comenzaba a bajar.
Llevaba el cuaderno apretado contra el pecho y caminaba despacio, todavía pensando en todo lo que había leído.
Fuente de reserva.
Punto de anclaje.
Flujo de mana.
Autonomía parcial.
Había encontrado muchas palabras nuevas, pero ninguna respuesta definitiva.
Y extrañamente, eso no la desanimaba porque ahora sabía qué debía buscar.
Mientras caminaba por el pasillo del gremio, escuchó unos pasos detrás de ella.
—Elia.
Se giró.
Era Kael.
Llevaba uno de sus libros bajo el brazo.
—¿Qué?
Kael se acercó.
—El libro que te señalé...
—¿Sí?
—La explicación de los puntos de anclaje continúa en otro capítulo.
Elia abrió los ojos.
—¿Dónde?
Kael levantó el libro.
—Aquí.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no sabía si ibas a entenderlo.
Elia lo miró durante unos segundos.
Kael se dio cuenta de lo que acababa de decir.
—No lo dije para molestarte.
—Ya.
—Lo digo en serio.
Elia sonrió ligeramente.
—Está bien.
Kael abrió el libro y buscó una página.
—Mira.
Elia se acercó.
Había un pequeño esquema.
Una estructura mágica.
Un núcleo y alrededor, varios puntos conectados mediante líneas.
—¿Qué es eso?
Preguntó Elia.
—Un modelo antiguo.
—¿De una invocación?
—Sí.
Kael señaló uno de los puntos.
—Esto es el anclaje.
Elia acercó el rostro.
—Pero hay varios.
—Porque no siempre se utiliza uno.
Elia se quedó pensativa.
—¿Cuántos se necesitan?
—Depende.
—¿De qué?
Kael cerró un poco el libro.
—Del tamaño de la estructura, del tipo de magia y de cuánto tiempo quieras mantenerla.
Elia tomó rápidamente su lápiz.
—Espera.
Abrió su cuaderno.
—¿Puedes repetir eso?
Kael la miró.
—¿Vas a escribirlo?
—Sí.
—Eres rara.
—Gracias.
Kael soltó una risa.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igual.
Elia comenzó a escribir.
El número de anclajes depende de la estructura.
Después añadió.
Una invocación más compleja podría necesitar varios.
Se quedó mirando el dibujo.
Había algo que no terminaba de encajar.
—¿Por qué están distribuidos así?
Kael señaló el esquema.
—Para que el flujo se reparta.
—¿Como una red?
—Más o menos.
Elia levantó la cabeza.
—Entonces no necesito que el núcleo controle todo.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Elia comenzó a dibujar.
Primero hizo un círculo.
Después otro.
Y luego varios pequeños puntos alrededor.
—Si el núcleo manda todo el mana directamente a la criatura, podría ser demasiado inestable.
Kael se inclinó un poco.
—Continúa.
—Pero si el núcleo alimenta varios puntos...
Elia conectó las líneas.
—...Cada punto podría distribuir el mana hacia una parte de la estructura.
Kael observó el dibujo.
—Eso podría funcionar.
—¿Podría?
—No lo sé.
Elia levantó una ceja.
—Pensé que sabías.
—Sé leer libros. No soy un maestro de invocaciones.
Elia sonrió.
—Entonces estamos igual.
—No exactamente.
Kael señaló una parte del dibujo.
—Tu problema está aquí.
—¿Dónde?
—No has decidido qué quieres que haga la criatura cuando no recibe una orden.
Elia quedó inmóvil.
Aquellas palabras le hizo recordar lo que había leído.
Autonomía parcial.
Reacción.
Comportamiento.
Miró nuevamente su dibujo.
—No lo sé.
—Entonces quizá deberías empezar por ahí.
Kael cerró el libro.
—Primero decide qué quieres que pueda hacer.
—Quiero que pueda defenderme.
—Eso es demasiado amplio.
—Que me siga.
—También.
—Que proteja a alguien.
Kael asintió.
—Eso ya es más concreto.
Elia pensó en Nima.
Pensó en Tarin.
Pensó en los niños de la Casa de los Puentes.
—Quiero que pueda proteger a alguien sin que yo tenga que decirle cada movimiento.
Kael permaneció callado.
—Eso sí sería complicado.
Elia sonrió.
—Entonces tendré que aprender.
Kael la observó durante unos segundos.
—Supongo.
Después guardó el libro bajo el brazo.
—Tengo que irme.
—¿Ya?
—Sí. Mi maestro me está esperando.
Elia cerró su cuaderno.
—Gracias por el libro.
Kael comenzó a caminar.
—No te acostumbres.
—¿A qué?
—A que te ayude.
Elia sonrió.
—Demasiado tarde.
Kael levantó una mano sin darse la vuelta.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Elia lo observó alejarse.
No sabía si Kael terminaría siendo su amigo.
Tampoco le preocupaba demasiado.
Había algo más importante en su cabeza.
La investigación.
Salió del gremio.
El aire de la tarde era fresco y las calles de Ardentia comenzaban a llenarse de personas que regresaban a sus casas.
Elia caminó hacia la Casa de los Puentes.
Pero no llegó directamente.
A mitad del camino se detuvo frente a una pequeña tienda.
En el escaparate había varios minerales mágicos.
Cristales.
Piedras de mana.
Fragmentos de minerales utilizados para fabricar objetos mágicos.
Elia se acercó al vidrio.
Uno de los cristales tenía una tenue luz azul en su interior.
Elia recordó lo que había leído.
No todos los cristales son iguales.
Quizá necesitaba estudiar uno.
No para utilizarlo, solo para observarlo.
—Primero aprender.
Murmuró.
Una voz conocida respondió desde atrás.
—Eso suena sorprendentemente responsable.
Elia se giró.
Era Dalia.
La comerciante llevaba una bolsa colgada del hombro.
—¿Qué haces aquí?
Preguntó Elia.
—Comprando algunas cosas.
Dalia miró el escaparate.
—¿Te interesa la magia de cristales?
Elia asintió.
—Estoy investigando.
—Eso explica tu cara.
—¿Qué tiene mi cara?
—Parece que estás intentando resolver un problema que no quiere dejarse resolver.
Elia frunció el ceño.
—No sabía que tenía una cara así.
Dalia soltó una carcajada.
—Ahora ya lo sabes.
Elia volvió a mirar el cristal.
—Necesito aprender sobre ellos.
Dalia señaló la tienda.
—Entonces pregunta.
Elia parpadeó.
—¿Puedo?
—Si no preguntas, nunca sabrás.
Elia abrió la puerta.
Una campanilla sonó.
Dentro había estantes llenos de minerales, pequeños frascos y herramientas.
El dueño de la tienda levantó la mirada.
—¿Sí?
Elia señaló el cristal azul.
—¿Qué es ese?
El hombre lo tomó con cuidado.
—Cristal de mana de baja pureza.
Elia frunció el ceño.
—¿Baja?
—Sí. No sirve para almacenar grandes cantidades, pero es bastante estable.
Elia observó cómo el cristal reflejaba la luz.
—¿Y uno de alta pureza?
El hombre señaló un estante más protegido.
—Más caro.
Elia miró el precio.
Se quedó callada.
—Mucho más caro.
Dalia se inclinó hacia ella.
—¿Te alcanza?
Elia negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Entonces ya tienes otro problema que resolver.
Elia sonrió.
—Puedo trabajar.
Dalia la miró.
—No tienes cinco años para nada.
Elia guardó silencio.
—Primero aprende.
Dijo Dalia.
—Después piensa en cómo conseguir los materiales.
Elia asintió.
No compraría ningún cristal todavía.
No intentaría construir un núcleo y tampoco intentaría modificar sus invocaciones sin entenderlas.
Primero estudiaría.
Cuando salió de la tienda, el cielo comenzaba a oscurecerse.
Elia caminó nuevamente hacia la Casa de los Puentes.
Al llegar, Nima fue la primera en verla.
—¡Elia!
La pequeña corrió hacia ella.
Elia apenas tuvo tiempo de guardar el cuaderno antes de que Nima la abrazara.
—¿Dónde estabas?
—En el gremio.
—¿Otra misión?
—No.
Nima levantó la cabeza.
—¿Entonces?
Elia sonrió.
—Estudiando.
Nima hizo una cara de decepción.
—Eso suena aburrido.
—No lo fue.
Tarin apareció detrás.
—Eso es porque tú estás loca.
Elia le dio un pequeño empujón en el brazo.
—Y tú no entiendes nada.
—Puede ser.
Nima levantó a Pipa.
—Pipa también estudió.
Elia miró a la muñeca.
—¿Ah, sí?
Nima asintió muy seria.
—Sí. Aprendió a comer.
Elia soltó una carcajada.
—Eso es importante.
—¡Lo ves!
Madre Liria apareció desde la entrada.
—Entren, los tres. La comida está lista.
Elia entró con ellos.
Esa noche, después de cenar volvió a abrir su cuaderno.
Escribió lentamente.
Nuevo objetivo: comprender los puntos de anclaje.
Debajo.
No intentar nada todavía.
Y después añadió.
Investigar cristales de mana de alta pureza.
Se quedó mirando la página.
Finalmente, escribió una última frase.
Algún día mis invocaciones podrán permanecer sin depender constantemente de mí.
Cerró el cuaderno.
Apagó la pequeña lámpara.
Se acostó.
Pero antes de cerrar los ojos, volvió a pensar en las nueve estrellas que había visto durante sus meditaciones.
Una.
Dos.
Tres...
Hasta nueve.
No entendía qué eran.
Todavía no.
Pero cada vez tenía más la sensación de que aquellos pequeños puntos de luz estaban relacionados con algo mucho más grande que una simple técnica de meditación.
Elia cerró los ojos.
—Primero lo entenderé.
Y esa vez no intentó buscar una respuesta.
Solo dejó que el sueño llegara.
Sin saber que, mientras ella avanzaba poco a poco, había cosas en Ardentia que también comenzaban a moverse.