Faltaban pocos días para la boda perfecta de Aurora Salazar. Tenía el vestido listo, la carrera soñada como una de las mejores arquitectas de Madrid y un futuro trazado al lado del hombre que amaba. Hasta que decidió darle una sorpresa a su prometido… y lo encontró en la cama con otra.
Esa misma noche, cegada por la rabia, Aurora agarra un bate de béisbol y destroza el auto de lujo estacionado en el garaje. Solo hay un problema: el auto no era de su ex. Pertenece a Matteo Castellani, el CEO más poderoso —y más arrogante— de la ciudad, y ahora ella le debe una fortuna que jamás podría pagar.
Matteo lleva años intentando contratarla. Y por fin tiene la carta que necesitaba: en lugar de dinero, le cobrará la deuda con trabajo. A su lado. Todos los días.
Lo que ninguno de los dos esperaba era que, entre planos, viajes y discusiones a muerte, la línea entre el odio y el deseo empezara a borrarse. Ella juró no volver a confiar en nadie. Él juró no dejar que ninguna mujer se acercara a su corazón. Dos promesas hechas para romperse.
Pero el pasado de Aurora no piensa soltarla tan fácil, y hay secretos —sobre su ex, sobre su antigua empresa, sobre la traición que lo empezó todo— que amenazan con destruir lo único que por fin la hace sentir viva.
Cuando el hombre que te rompió el corazón se convierte en tu peor enemigo, ¿te atreverías a enamorarte de aquel a quien juraste odiar?
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10
Matteo
Aurora se sentó en la silla con las manos unidas sobre el regazo. Durante unos segundos permanecí en silencio, terminando de firmar unos documentos antes de cerrar la carpeta y dirigirle toda mi atención. A diferencia de la mujer que había encontrado en el estacionamiento días atrás, desafiando a cualquiera que se cruzara en su camino, o de la mujer completamente ebria de la noche anterior, la persona sentada frente a mí parecía exhausta. La mirada aún delataba la mala noche, y la postura rígida dejaba claro que el orgullo seguía ahí, sosteniendo lo poco que le quedaba de dignidad.
Respiré con discreción antes de que ella rompiera el silencio.
—Antes que nada… quería disculparme.
Levanté una ceja.
Ella respiró hondo.
—Por el auto… por la forma en que te hablé… y sobre todo por lo de anoche.
Bajó la mirada un instante.
—Nunca había perdido el control de esa manera. Sé que debo haber dado mucho trabajo.
Me quedé solo observándola.
—Así que… gracias por no haberme dejado tirada en aquel bar.
Volvió a levantar la vista.
—Pero ya me voy.
Se levantó de la silla y tomó el bolso que tenía al lado.
—Aurora.
Mi voz la hizo detenerse de inmediato.
Volvió a mirarme.
—Siéntate.
Permaneció inmóvil unos segundos.
—Te agradezco la ayuda, Matteo, pero…
—Siéntate.
La mandíbula se le tensó.
Vi con claridad que luchaba contra sus propias ganas de discutir.
Aun así, volvió a la silla.
—Soy libre de ir y venir.
Me crucé de brazos.
—Nadie dijo lo contrario.
—¿Entonces por qué me impides irme?
—Porque todavía no terminamos nuestra conversación.
Ella dejó escapar un suspiro impaciente.
—Matteo, de verdad no tengo cabeza para esto.
—Justamente por eso vamos a hablar ahora.
Desvió la mirada unos instantes antes de volver a mirarme.
—Tienes un serio problema para aceptar cuando alguien te dice que no.
Sonreí con discreción.
—Y tú tienes un serio problema con el orgullo.
Aurora puso los ojos en blanco de una manera tan exagerada que casi logré adivinar lo que estaba pensando.
—Ahí vas de nuevo…
Me incliné levemente sobre el escritorio.
—Crees que insisto porque quiero ganar una pelea de egos.
Ella no respondió.
Abrí una carpeta que tenía a mi lado y se la empujé despacio en su dirección.
—Lee.
Aurora frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Información que deberías conocer.
Abrió la carpeta sin mucha convicción. Los primeros documentos eran de Ingeniería Fidel.
Después vinieron contratos.
Informes.
Correos.
Estudios comerciales.
Observé con atención cómo su expresión cambiaba página tras página. Retrocedió algunas hojas. Volvió a leer. Después me miró fijo.
—¿Qué es esto?
—Sigue.
Respiró hondo y continuó. Sus ojos recorrieron rápidamente las últimas páginas. Cuando terminó, cerró la carpeta despacio.
—Esto no puede ser verdad.
Junté las manos sobre el escritorio.
—Por desgracia, sí puede serlo.
Se quedó unos segundos completamente callada.
—¿Fidel de verdad estaba negociando parte de los proyectos con empresas asociadas ligadas a los Vidal?
Asentí.
—Sí.
—¿Estaban direccionando contratos?
—Sí.
Ella negó con la cabeza.
—No…
La voz le salió baja.
—Yo participé en esas reuniones.
—Participaste solo en la parte que convenía que conocieras.
Respiró hondo.
—Eso explica…
Se detuvo a mitad de la frase.
—¿Explica qué?
Se pasó la mano por el cabello.
—Algunas decisiones nunca tuvieron sentido para mí.
Volvió a mirar los documentos.
—Proyectos excelentes eran rechazados.
Otros muy inferiores eran aprobados. Siempre creí que eran decisiones comerciales.
—Lo eran.
Frunció el ceño.
—Pero no comerciales del modo en que tú imaginabas.
Aurora se quedó mirando aquellos papeles.
—¿Y Roman…?
La voz le salió casi en un susurro.
—¿Roman sabía de esto?
Mantuve los ojos fijos en ella.
—Sabía.
Cerró los ojos lentamente. Noté cuando sus manos apretaron la carpeta con fuerza.
—No…
Volvió a abrir los ojos.
—No… él jamás…
Interrumpió su propia frase. Tal vez porque, después de todo lo que había descubierto sobre él, ya no era capaz de terminar aquella defensa.
Respiré hondo.
—Él participaba en algunas negociaciones.
Aurora permaneció en silencio.
—¿Cómo descubriste todo esto?
Preguntó al fin. Sonreí apenas.
—Tengo mis métodos.
Ella soltó una risita sin humor.
—Claro…
Cerró la carpeta.
—Esto cambia muchas cosas.
—Las cambia.
Se quedó mirando los documentos unos segundos más. Después levantó el rostro.
—Aun así…
Me empujó de nuevo la carpeta.
—Sigo sin trabajar para ti.
Sonreí.
—Esperaba esa respuesta.
Ella se cruzó de brazos.
—¿Entonces por qué insistir?
Me levanté de la silla y caminé hasta el enorme ventanal de la oficina. La ciudad se extendía frente a nosotros.
—Porque sigues ignorando un detalle importante.
Ella permaneció en silencio. Me volví hacia ella de nuevo.
—Tu deuda sigue existiendo.
Aurora cerró los ojos un instante. Yo sabía que esa era la parte que más odiaba oír.
—No lo olvidé.
—Yo tampoco.
Me acerqué de nuevo al escritorio.
—Perdiste el empleo.
Ella no respondió.
—Descubriste que el hombre con quien ibas a casarte escondía más cosas de las que imaginabas.
Seguí mirándola.
—Y, aunque consigas un nuevo empleo mañana, tardarías años en saldar aquella deuda.
Ella apretó los labios.
—Voy a encontrar una solución.
—Yo también la encontré.
Aurora respiró hondo.
—Matteo…
—Trabaja para mí.
Ella negó con la cabeza.
—No te rindes.
—No.
—¿Por qué?
La miré directo a los ojos.
—Porque eres la mejor arquitecta de Madrid.
Pareció sorprendida. Continué antes de que pudiera interrumpir.
—No estoy haciendo caridad.
Señalé la carpeta.
—Tampoco estoy intentando humillarte.
Mi voz se mantuvo firme.
—Te estoy ofreciendo una solución que nos beneficia a los dos.
Ella permaneció en silencio.
—Recuperas tu carrera. Pagas tu deuda. Trabajas en proyectos mucho más grandes que cualquiera que hayas desarrollado hasta hoy. Y dejas de desperdiciar tu talento en una empresa que claramente nunca valoró quién eras en realidad.
Aurora bajó la mirada.
Por primera vez desde que había entrado en aquella oficina, no encontró una respuesta inmediata.
Aquello me bastaba para saber que, por primera vez, mi propuesta ya no parecía tan imposible como el día en que nos conocimos.