Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
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22
Angie Rojas
Me tomé casi una hora frente al espejo antes de salir hacia la torre corporativa. No elegí un vestido escotado ni nada que pareciera un intento desesperado de seducción barata; conocía los límites de Leonardo y sabía que la vulgaridad solo despertaría su repugnancia. En su lugar, opté por un traje sastre en tono verde esmeralda, perfectamente ceñido a mi figura, elegante, impecable, pero con los dos primeros botones de la blusa de seda estratégica y levemente desabotonados.
Llegué a la oficina a mitad de la tarde, sosteniendo dos vasos de café térmicos. Cuando empujé la puerta de su despacho, lo encontré de pie junto al ventanal, con la chaqueta colgada en el respaldo de su silla y las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los antebrazos.
—Buenas tardes, Leonardo —dije, omitiendo a propósito el apodo infantil. Mi voz fue suave, pausada, cargada de una serenidad calculada.
Leonardo se giró despacio. Sus ojos oscuros recorrieron mi atuendo con una lentitud que hizo que un cosquilleo recorriera mi columna, pero su expresión permaneció gélida.
—Angie. Pensé que habíamos dejado claras las reglas anoche —respondió, cruzándose de brazos sin moverse de su sitio.
—Las reglas siguen intactas —sonreí, rodeando el escritorio a paso lento hasta quedar a escasos centímetros de él. Dejé el café sobre la mesa sin quitarle la mirada de encima—. Solo vine a traerte esto. Sé que no has parado en toda la mañana y pensé que te vendría bien un descanso.
Me acerqué un paso más, lo suficiente para que pudiera oler mi perfume. Extendí la mano y, con la excusa de acomodarle una de las mangas dobladas de su camisa, dejé que las yemas de mis dedos rozaran la piel tibia de su antebrazo. Sentí cómo sus músculos se tensaban al instante bajo mi tacto.
—Gracias —dijo él, sin retirar el brazo, sosteniéndome la mirada con una fijeza implacable—. Pero ambos sabemos que no viniste solo por el café.
Levanté la vista hacia sus ojos, dejando que la cercanía hablara por sí sola.
—Tal vez me gustó la versión tuya de anoche —murmuré en un susurro provocador, rozando con el pulgar el borde de su muñeca—. La versión que no se esconde detrás de las cláusulas.
...Leonardo Torres...
Sentir el tacto suave de sus dedos en mi brazo encendió una chispa de calor inmediato en mi piel, pero no me moví ni un milímetro.
Sabía perfectamente lo que Angie estaba haciendo. Después de nuestra advertencia en el auto, había cambiado de estrategia: ya no usaba la coquetería infantil ni los espectáculos mediáticos; ahora estaba intentando una seducción más sutil, madura y directa. Quería comprobar hasta dónde podía empujarme, probar si mis barreras eran tan sólidas como yo afirmaba.
El contrato que firmamos prohibía expresamente cualquier involucramiento personal que nublara el juicio ejecutivo de las partes. Mi mente calculadora me gritaba que la apartara, pero el deseo reprimido que llevaba años acumulándose me impulsó a hacer exactamente lo contrario.
No me retiré. Decidí seguirle el juego solo para ver hasta dónde era capaz de llegar y disfrutar de su reacción cuando descubriera que no me desmoronaría tan fácilmente.
Incliné el rostro levemente hacia ella, bajando el tono de mi voz a un registro grave y pausado.
—¿Te gustó esa versión, Angie? —pregunté, sintiendo su respiración entrecortada contra mi cuello—. Porque recuerdo haberte dicho que si seguías cruzando las líneas, tendrías que atenerte a las consecuencias. Y el contrato sigue vigente.
Deslicé mi mano libre rodeando su cintura por la espalda, atrayéndola un centímetro más hacia mí. Vi cómo sus ojos se abrían con un destello de genuina sorpresa y cómo sus labios se entreabrían en un suspiro involuntario al sentir mi firmeza.
—No voy a romper ninguna cláusula, Angie —continué en un susurro a milímetros de su boca, viendo cómo el rubor subía por sus mejillas y cómo su postura segura empezaba a temblar bajo mi control—. Pero si quieres jugar a probar mis límites... adelante. Veamos cuánto tiempo aguantas tú sin perder el aliento.
Angie trágó saliva, atrapada en su propia trampa, incapaz de responder ante la intensidad de mi cercanía.
Me incliné más y el roce de nuestros labios me causó una nueva obsesión. Quería besarla.
Pero justo en el momento en que la tensión en la oficina se volvía insostenible y el aire entre los dos quemaba, el sonido seco de un bastón de madera golpeando el suelo de mármol del pasillo precedió a la puerta abriéndose de par en par.
—Veo que la junta de directiva de esta tarde está muy concurrida —sentenció la voz firme de mi abuela Elena desde el umbral.
Nos separamos de golpe. Angie dio un paso atrás a toda prisa, acomodándose la chaqueta con el rostro encendido de rubor, mientras yo recuperaba la compostura con la rapidez de un profesional, arreglándome las mangas de la camisa.
—Abuela —dije, manteniendo la voz lo más neutra posible—. No esperaba tu visita a estas horas.
—Casi lo noto, querido —respondió la anciana con una sonrisa astuta, avanzando hacia el centro del despacho y mirando a Angie con absoluta simpatía—. Buenas tardes, chiquilla. Qué gusto verte cuidando de mi nieto.
—Buenas tardes, señora Elena —logró articular Angie, intentando disimular el nerviosismo que aún le hacía agitar el pecho—. Yo... ya me iba. Leonardo tiene trabajo pendiente.
—No te vayas por mi culpa, corazón —dijo mi abuela con tono dulce—, aunque debo confesar que vine a hablar a solas con este muchacho terco.
Angie me dedicó una última mirada cargada de una mezcla entre turbación y desafío contenido, tomó su bolso y salió del despacho cerrando la puerta tras de sí.
Quedamos a solas. Mi abuela caminó hacia el sillón de piel y se acomodó con la elegancia de una reina, apoyando ambas manos sobre su bastón mientras me observaba con ojos analíticos.
—¿Vas a seguir fingiendo que todo esto es por un trozo de papel firmado, Leonardo? —preguntó sin rodeos.
—Es un contrato de negocios, abuela —respondí de inmediato, caminando hacia mi escritorio para ponerme a resguardo detrás de mis documentos—. Estamos protegiendo los activos de la familia y limpiando el nombre de Angie tras el escándalo de Sebastián.
—¡Por favor! —soltó la anciana con una risa corta y despectiva—. Conozco esa mirada tuya desde que tenías diez años. Jamás has mirado a una mujer con la hambre y la posesividad con la que estabas sosteniendo a Angie hace tres segundos.
Me quedé en silencio, apretando la mandíbula sin responder.
—Esa muchacha llegó a tu vida buscando venganza y tú la aceptaste por conveniencia —continuó Elena, poniéndose de pie con paso firme y acercándose al escritorio—. Pero lo que vi anoche en mi comedor cuando le hiciste frente a tu hermano, y lo que acabo de ver en este despacho, no tiene nada que ver con cláusulas ni balances. Estás sintiendo cosas por ella, Leonardo. Sentimientos reales, nuevos, que te aterrorizan porque no los puedes controlar.
—Abuela, no confundas la tensión del momento con...
—No me trates como a una vieja tonta —me cortó con una autoridad implacable—. Te estás enamorando de Angie, aunque tu orgullo estúpido se niegue a admitirlo. Y si sigues usando ese maldito contrato como escudo para no abrirle tu corazón, la vas a perder cuando se canse de tus rodeos.
Las palabras de mi abuela resonaron en el despacho como un eco ensordecedor. Me quedé mirando la puerta por donde Angie acababa de salir, sintiendo un nudo amargo y desconocido apretándome la garganta, incapaz de articular una sola mentira para desmentir lo que mi propio corazón acababa de reconocer.
—¿Te acuerdas de lo que te contaba de mi madre? —preguntó mi abuela viéndome fijamente.
—Sí, cómo olvidarlo —dije, recordando las historias sobre la bisabuela Emma.
—Pues... ella era astuta, muy astuta. Me enseñó a saber cuándo una mujer interesada pone los ojos sobre alguien, y esa chica no es una interesada... El contrato que tienen parece ser el ancla para mantenerlos juntos, pero veo que ha cambiado su manera de verte, al igual que tú a ella.
—Ella solo está jugando con mi control —respondí, dándole la espalda para fijar la mirada en el ventanal—. Lo ha hecho desde que estábamos en la universidad. Siempre insinuaba cosas para vengarse de su ex. No ha cambiado nada, solo...
—Que ya no sabes si es un juego o no —me interrumpió mi abuela con tono pausado pero certero—. Ya no sabes si te está seduciendo para llegar a tu corazón o si solo busca su propio beneficio. Lo sé, Leonardo. Yo también me sentí así con tu abuelo; no sabía si me buscaba por amor o por ambición, hasta que años más tarde descubrí la verdad... tener un hijo con otra mujer e introducirlo en el núcleo familiar. Ahora tu hermano es parte de mi familia aunque no lo quiera. Pero ese no es el punto. El punto es que Angie parece estar haciendo esto en serio.
Negué con la cabeza. La conocía. Angie sabía fingir demasiado bien. A pesar de haberme negado en el pasado a ser su marioneta de venganza, siempre le dejé la vía libre; pero para ella, yo solo era la herramienta que necesitaba para reconstruirse. Por eso decidí darle un nombre a nuestro trato, algo que la sustentara, que le diera firmeza en el mundo corporativo. De esa manera, ella no tendría que depender de la imagen de nadie más.
Sin embargo, parecía no querer detenerse. Quería usarme, cruzar mis líneas y descolocarme. Y yo no podía dejar que eso sucediera. No estaba seguro de si lo que sentía cuando la tenía cerca era simple atracción física o si realmente estaba empezando a desarrollar emociones absurdas por ella.
Si algo había aprendido de la vida y del legado de mi familia, era que los negocios son negocios. Angie y yo éramos socios, y mientras existiera ese contrato de por medio, me mantendría al margen: no habría absolutamente nada entre nosotros.
No mientras en mis hombros sigue habiendo una culpa aterradora.