Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 20: Ceniza y deseo
La medianoche cayó sobre el lago de Como como una losa de plomo empapada en tormenta.
En la suite del ala este, Dimitri dormía profundamente. La respiración del niño era un compás leve y regular en la penumbra, arropado bajo las mantas con su barco de madera apoyado sobre la mesa de noche. Aleksandra lo observó unos minutos desde el umbral, acariciándole la frente tibia antes de cerrar la puerta corredera para dejarlo en silencio.
El sueño, sin embargo, se negaba a tocar a Aleksandra.
Llevaba un pantalón de algodón gris y una camiseta oscura sin mangas. Descalza, sintiendo el frío de las lajas de mármol bajo sus plantas, caminó por el corredor desierto hacia la terraza acristalada del piso superior. El aire en la mansión parecía cargado de una presión atmosférica extraña: no era solo el peso del temporal que azotaba los cristales con violencia sorda, sino la vibración constante de una fortaleza en estado de guerra silenciosa. Cada dos minutos, el barrido de un reflector exterior cortaba la niebla del jardín en una franja de luz blanca.
Al doblar la esquina de la galería de arte, vio la puerta del despacho de Dante entornada.
Una luz tenue, ambarina, se filtraba hacia la alfombra. Aleksandra se detuvo con la intención instintiva de dar media vuelta y regresar a su cuarto, pero el murmullo de un vaso de cristal chocando contra la madera maciza la ancló en su sitio.
Dante estaba de pie junto al ventanal que dominaba los muelles inferiores.
Se había quitado la camisa. Su torso desnudo, bañado por el resplandor cobrizo de las brasas de la chimenea, recortaba una silueta imponente y castigada. Las sombras acentuaban el relieve de sus músculos y el mapa de violencia que llevaba impreso en la piel: la marca antigua en sus costillas y, en la fosa ilíaca izquierda, la línea rojiza y perfecta de la cicatriz quirúrgica que las manos de Aleksandra habían trazado tres años y medio atrás.
En su mano derecha sostenía un vaso bajo con whisky; en la izquierda, apoyada contra el marco de caoba, un teléfono satelital que acababa de colgar.
—Si viniste a buscar un punto vulnerable para romperme el cuello mientras estoy distraído, llegas tarde, Aleksandra —dijo Dante sin girarse hacia la puerta, con esa voz áspera y cavernosa que cortaba el silencio—. Te escuché desde que pisaste el tercer escalón del pasillo.
Aleksandra no se sobresaltó. Empujó la puerta con los dedos y entró al despacho con paso firme, manteniendo la barbilla en alto.
—Tus pasos son demasiado pesados para pretender que no estás acumulando fatiga —respondió ella, deteniéndose a dos metros de su espalda—. Y tu respiración del lado izquierdo tiene un desfase de medio segundo. El músculo transverso del abdomen no cicatrizó con elasticidad completa; te sigue tirando cuando baja la presión del clima.
Dante se dio vuelta despacio.
Sus ojos grises, oscuros como el agua del lago en invierno, recorrieron el cuerpo de Aleksandra con una lentitud que le erizó la piel: sus hombros descubiertos, los brazos delgados pero fibrosos, el cabello castaño claro cayéndole en ondas desordenadas sobre el pecho y esos ojos verdes que lo desafiaban sin pestañear.
—Un ojo clínico implacable —murmuró él, dando un sorbo corto al licor antes de dejar el vaso sobre el escritorio de nogal—. Siempre la cirujana. Siempre midiendo los tejidos, los milímetros, el tiempo de coagulación. ¿Nunca apagas esa cabeza, dottoressa?
—Apagarla en este lugar sería un suicidio —replicó ella, cruzándose de brazos—. Vi los reportes cifrados que Lorenzo dejó en la mesa del vestíbulo. Valerio está reclutando gente en los cantones suizos y comprando transporte pesado. No estás ganando esta guerra, Dante. Solo estás esperando a que reviente en tu puerta.
Dante dio un paso hacia ella. La luz del fuego encendió un brillo peligroso en sus pupilas.
—Esta guerra se terminará cuando yo le corte la cabeza a Valerio y le entregue su cadáver a los perros de Génova —dijo con una calma helada, casi desprovista de emoción humana—. Pero esta noche no quiero hablar de sangre derramada. Ya tuve suficiente por hoy.
—¿Entonces de qué quieres hablar? ¿De Dimitri? ¿De cómo lo manipulaste con un barco de madera para que te mire como si fueras un héroe en lugar de un carnicero?
Dante se detuvo a escasos centímetros de ella. El calor que irradiaba su torso desnudo era sofocante, cargado de ese aroma inconfundible a madera quemada, tabaco y lluvia que Aleksandra recordaba con una nitidez que le quemaba las entrañas.
—No lo manipulé —la voz de Dante bajó una octava, volviéndose áspera, vibrante y desnuda—. Es mi hijo. Cuando lo miro, veo lo único limpio que va a salir de esta maldita dinastía de muertos. Y cuando te miro a ti...
Dante levantó una mano grande y áspera. Aleksandra quiso dar un paso atrás, pero su espalda encontró el borde de una estantería de libros pesados. Antes de que pudiera alzar la guardia, los dedos callosos de Dante rozaron la piel de su mandíbula, trazando una línea lenta y ardiente que descendió por el costado de su cuello hasta apoyarse sobre su clavícula.
El pulso de Aleksandra se disparó en una taquicardia salvaje bajo las yemas de sus dedos.
—Suéltame —susurró ella, aunque su voz careció de la orden cortante habitual, saliendo como un suspiro entrecortado.
—No —respondió él, acortando el último milímetro de distancia hasta que su pecho rozó el de ella—. Llevo tres años y medio con la boca seca, Aleksandra. Convenciéndome de que aquella noche en tu cocina fue un invento de la fiebre, que me había acostado con un fantasma piadoso que me cerró las heridas y se esfumó con el sol.
Dante apoyó la otra mano en la estantería, encerrándola en una jaula de piel ardiente y músculo tenso. Sus ojos grises descendieron hacia los labios de ella, devorándolos con una desesperación oscura que no pedía permiso.
—No fue un delirio —continuó él, y el aliento caliente de sus palabras le golpeó la boca—. Me diste la vida en esa mesa y luego me la quitaste cuando te fuiste. Ninguna mujer en este mundo volvió a tener sentido después de haberte tocado. Ni una sola.
Una corriente eléctrica y violenta sacudió a Aleksandra desde la médula. Quiso odiarlo. Quiso recordarse los cadáveres en la autopista de Al-Ain, los guardias armados en el jardín, el desprecio que siempre había sentido por la violencia organizada que su propio padre le había ocultado. Pero la mirada de Dante no era la de un capo dictando una sentencia; era la de un hombre que se ahogaba y reconocía en ella su único aire posible.
Aleksandra levantó la mano derecha y, en lugar de golpearle la tráquea como le dictaba el entrenamiento militar, sus dedos finos y firmes se posaron sobre la cicatriz de la fosa ilíaca de Dante.
La piel del Don se tensó de golpe bajo su tacto. Un espasmo involuntario recorrió los músculos de su abdomen al sentir la frialdad suave de los dedos de la cirujana reconociendo el nudo que ella misma había cosido.
—Esa noche estabas vulnerable —murmuró Aleksandra, clavándole sus ojos verdes con una intensidad volcánica—. Estabas al borde de la muerte. Te aferraste a mí porque era lo único que te separaba del abismo.
—Ahora estoy completamente despierto —sentenció Dante en un gruñido ronco—. Y sigo queriendo lo mismo.
Dante cerró la mano sobre la nuca de Aleksandra y estrelló sus labios contra los de ella.
El beso fue un choque salvaje de voluntades. No hubo dulzura ni preámbulos civilizados: fue el reclamo feroz y postergado de dos depredadores que se reconocían en la oscuridad. Dante la besó con una posesividad hambrienta, abriéndole la boca con la lengua mientras su brazo libre rodeaba la cintura de Aleksandra con una fuerza descomunal, levantándola contra su cuerpo hasta que los pies de ella apenas rozaban el suelo.
Aleksandra soltó un jadeo ahogado contra su boca. Durante una fracción de segundo, su instinto de preservación intentó empujarlo, pero cuando los dedos de él se enredaron en su cabello suelto y sintió los latidos desbocados del corazón de Dante golpeando contra su propio pecho, la muralla de hielo se derrumbó en cenizas.
Enredó sus brazos alrededor del cuello ancho del Don, respondiendo al beso con una voracidad idéntica, clavando sus uñas cortas en la piel dura de su espalda.
El dolor y la rabia acumulados durante tres años de exilio se transformaron en un fuego incontrolable. Dante la llevó en vilo hacia el gran escritorio de caoba, despejando mapas tácticos y carpetas con un solo barrido violento del brazo, sentándola sobre la madera pulida mientras se acomodaba entre sus muslos.
—Aleksandra... —gruñó él contra su garganta, besando la línea de su mandíbula con una devoción casi salvaje que le arrancó a ella un temblor profundo en el vientre.
—Cállate, Dante —susurró ella con la respiración rota, tomándole el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla a los ojos antes de volver a reclamar su boca—. Cállate y no me mientas.
En medio de la penumbra del despacho, con la tormenta azotando el lago y la chimenea proyectando sombras gigantescas contra los muros fortificados, los dos imperios que llevaban en la sangre colisionaron sin tregua. Ya no había vendas, ni agujas, ni órdenes de mafia: solo dos cuerpos entregados a una pasión visceral que sellaba, de manera definitiva e irrevocable, un destino del que ninguno de los dos podría escapar jamás.