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Gemelos genios y un CEO implacable

Gemelos genios y un CEO implacable

Status: Terminada
Genre:CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:340
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.

Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.

Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.

Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.

¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

La limusina negra de Edgar se detuvo justo frente al portón de la casa de Mariano. Edgar bajó, guiado por Bruno. Desde la ventana del piso de arriba, Nova y Dana se quedaron petrificadas al ver la llegada de aquel hombre imponente. Mientras tanto, don Mariano había preferido encerrarse en su cuarto después de desahogar su ira y echar a Ariana.

—Mami, e... ¿ese no es el señor Edgar? ¡Dios mío, en persona es muchísimo más guapo que en la tele, donde lo veo tan seguido! —susurró Dana, deslumbrada.

—Dana, ¿y si resulta que el señor Edgar ya sabe que la mujer que durmió con él aquella noche era Ariana? ¡Por eso vino hasta acá! —Nova abrió mucho los ojos.

El corazón le dio un vuelco a Dana.

Dana tragó saliva, temblando de repente.

—Mami, ¿y ahora qué hacemos? ¡Tengo miedo!

Nova se quedó inmóvil un instante y, luego, una sonrisa taimada le cruzó el rostro. Se acercó y le susurró un plan perverso al oído a Dana. Al escucharlo, a Dana se le iluminó la cara con una amplia sonrisa.

—¡Qué astuta eres, mami! ¡Menos mal que la tal Ariana ya se largó de esta casa! —dijo Dana, satisfecha.

La puerta principal de la casa de Mariano se abrió. Por un momento, Edgar esbozó una leve sonrisa, esperando que quien saliera a recibirlo fuera Ariana. Pero, en cuanto vio aparecer a las dos mujeres, Nova y Dana, el rostro se le enfrió al instante y se le agrió el gesto.

—¿Dónde está Ariana? —preguntó Edgar sin preámbulos, entrando de golpe junto con Bruno. Sus ojos recorrieron la sala con dureza.

Al ver la reacción glacial de Edgar, Nova y Dana desplegaron enseguida su actuación.

—Bu... buaaa... Lo siento, señor, pero Ariana ya no vive aquí. Ella... ¡se la llevó su enamorado! —lloriqueó Nova, fingiendo un ataque de histeria.

Dana la secundó, con un gesto lleno de rencor forzado a pasar por dolor.

—Señor, ¡Ariana me quitó a mi prometido y encima huyó con él!

Al oír esa mentira barata, la furia de Edgar hirvió. En un santiamén, alzó la mano y aferró con fuerza el cuello de Dana.

—¡Ni se les ocurra mentirme! ¡Díganme de una vez dónde está Ariana! —bramó Edgar, con una mirada feroz capaz de helar la sangre.

Dana gruñó de dolor, la respiración entrecortada. Nova, al ver a su hija a punto de asfixiarse, soltó un grito histérico.

—¡Socorro! ¡Suelte a mi hija! —chilló Nova, agudísima.

El escándalo hizo salir a don Mariano de su cuarto con el rostro enrojecido. Se quedó de piedra al encontrar a su hijastra estrangulada por un desconocido de aire poderoso.

—¡Suelte a mi hija! ¿¡Quién es usted!? ¿¡Qué hace en mi casa!? —vociferó don Mariano con firmeza.

Edgar lanzó a un lado el cuerpo de Dana, que cayó de bruces al suelo. Luego se acomodó el saco, algo arrugado, tomó el pañuelo que le tendía Bruno y se limpió los dedos con frialdad. Dio un paso adelante y miró de frente a don Mariano.

—Vine a buscar a Ariana —afirmó Edgar.

Don Mariano curvó una sonrisa sarcástica, llena de odio.

—Ah... ¿así que tú eres el desgraciado que dejó embarazada a mi hija, eh?

El corazón le dio un vuelco a Edgar.

Aquella frase golpeó a Edgar y a Bruno como un rayo caído en pleno día. Nova y Dana solo pudieron maldecir por dentro la estupidez de don Mariano, que acababa de soltar la verdad.

—¿Ariana... embarazada? —susurró Edgar, paralizado. Los ojos se le abrieron de par en par, el pecho le rugía con fuerza—. ¿¡Y dónde está ahora!?

Edgar, presa del pánico, parecía un hombre fuera de sí. Recorrió cada pasillo y cada habitación de la casa, llamando a Ariana por su nombre, pero todo aquel lugar se sentía vacío.

—¡Ya la eché de esta casa! —exclamó don Mariano sin el menor remordimiento.

El corazón le dio otro vuelco a Edgar.

Edgar apretó el puño con tanta fuerza que se le blanquearon los nudillos. Una cólera descomunal se apoderó de su pecho, pero se contuvo para no golpear a aquel hombre mayor, que al fin y al cabo era el padre biológico de la mujer que ahora llevaba a su propia sangre.

Al pasar junto a una mesa del corredor, los ojos de Edgar se posaron en un pequeño portarretratos. En él había una foto de Ariana con el uniforme de la secundaria, sonriendo con un aire inocente y dulce. Edgar tomó el retrato y lo contempló con fijeza.

—Ariana... voy a encontrarte. Así que todavía eres muy joven... —murmuró Edgar en voz baja, pero cargado de determinación—. Aunque nos separe una diferencia de edad tan grande, eres la única mujer que será mi compañera de vida.

Sin perder más tiempo, Edgar dio media vuelta y ordenó con firmeza a sus escoltas que registraran la casa entera para asegurarse de que nada estuviera oculto. Confirmado que allí no había nada, Edgar salió llevándose la foto de Ariana en la mano, decidido a movilizar todo su poder para encontrar a su alma gemela.

*

*

Aquella mañana, la Estación Central bullía con el ir y venir de los viajeros. En un rincón de los asientos de espera, Ariana permanecía sentada, abatida, abrazada a su gastada bolsa de ropa, acompañada de la nana Meche, que no dejaba de acariciarle el hombro.

La nana Meche pensaba llevar a Ariana a su pueblo natal, en la sierra. Sabía muy bien que ahora la muchacha no tenía a nadie en esta ciudad, y menos aún después de que su propio padre hubiera sido capaz de abandonarla.

—Ten paciencia, niña... Allá, en el pueblo de tu nana, vas a poder vivir mucho más tranquila. Le prometí a tu difunta madre que siempre te cuidaría —dijo la nana Meche con suavidad, los ojos vidriosos.

Ariana se volvió y miró aquel rostro envejecido junto al suyo, con lágrimas que aún no había terminado de enjugar.

—Nana, perdón por causarle tantas molestias...

—Ya, niña... No llores más. Tu nana no soporta ver así a la niña Ari —la consoló la nana Meche, acariciándole la mejilla.

Poco a poco, los dedos de Ariana bajaron y le rozaron el vientre aún liso. La caricia estaba llena de duda y de dolor.

—¿Qué voy a hacer con el bebé que llevo aquí dentro, nana?

La nana Meche le apretó la mano con fuerza, infundiéndole ánimo.

—Niña... cuida el regalo que Dios le ha dado a la niña Ari. El bebé que llevas en el vientre no tiene ninguna culpa. ¡Que no se te ocurra hacer algo que a Dios le desagrade!

Despacio, el torbellino de sufrimiento en el pecho de Ariana fue cediendo, reemplazado por la calidez del instinto de una madre. Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios pálidos.

—Sí, nana... Puede que este niño sea la única familia que me quede... —Ariana asintió con firmeza, la mirada brillante de emoción—. ¡Voy a cuidarlo y a criarlo!

—Gracias a Dios, niña. Me alegra muchísimo oírte decir eso —respondió la nana Meche, aliviada—. Bueno, ven, entremos a la estación. Sacamos los boletos y nos vamos cuanto antes al pueblo.

Antes de moverse, Ariana se puso de pie, erguida, y cerró los ojos un instante, dejando que el viento de la estación le acariciara el rostro.

Adiós, ciudad; adiós, universidad de mis sueños; y adiós a todos los recuerdos amargos de este lugar... Voy a empezar una nueva página de mi vida en un sitio desconocido, se despidió Ariana en su interior de su propio pasado.

Pero el destino tenía otros planes. Apenas dieron unos pasos hacia la taquilla, cuatro hombres corpulentos con chamarras de cuero negro les cerraron el paso de golpe.

Uno de ellos se acercó y entreabrió un poco la tela de su chamarra, dejando ver el cañón de un arma de fuego que brillaba, frío, en el bolsillo interior.

—No griten si aprecian su vida. Vengan con nosotros ahora mismo —amenazó el de rostro duro, con una voz grave y susurrada.

Los cuerpos de Ariana y de la nana Meche se estremecieron de golpe, tragados por un miedo paralizante. Sin poder oponer resistencia, las arrastraron por la fuerza hasta una camioneta negra estacionada afuera de la estación.

La puerta del vehículo retumbó al cerrarse de un golpe. En la penumbra de la cabina, el corazón de Ariana latía desbocado. Pero, en medio del pánico, Ariana trató de pensar con claridad. Aprovechando el descuido de los cuatro secuestradores, ocupados en vigilar la carretera y a la nana Meche, que lloraba de terror, sus dedos se movieron despacio dentro del bolsillo de su abrigo.

Con destreza e ingenio, Ariana deslizó el botón del smartwatch en su muñeca para activar el rastreador GPS y, luego, posó el dedo sobre la pantalla del celular dentro del bolsillo para teclear a escondidas un mensaje a su amiga.

Rena, ayúdame, me secuestraron.

El mensaje de emergencia, junto con las coordenadas de su ubicación, salió en ese mismo instante.

Pero, para su mala suerte, uno de los guardaespaldas tatuados, sentado justo frente a ella, advirtió el pequeño movimiento de la mano de Ariana por el reflejo del espejo retrovisor.

El hombre tatuado se giró y le arrebató el celular de las manos de un zarpazo.

—¡Desgraciada! ¡No creas que somos idiotas, niña! —le gritó, cortante. Sin vacilar, abrió la ventanilla y lanzó el celular de Ariana a la carretera, donde quedó destrozado bajo las ruedas de otros vehículos.

—¡Ahora ya no puedes comunicarte con nadie!

La puerta del vehículo quedó bien cerrada, mientras la camioneta aceleraba abriéndose paso entre el tráfico denso de la ciudad. Ariana abrazó con fuerza a la nana Meche, que escondía el rostro en su hombro.

Dios mío... ¡sálvanos a mí y a la nana Meche! clamó Ariana en su interior, cerrando los ojos con fuerza mientras se aferraba al vientre.

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