Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
Capítulo 9. Lo de ustedes ya terminó
—Señor Montenegro…
El nombre apenas llegó a los labios de Sofía. Perdió por completo las fuerzas, pero el golpe contra el suelo nunca llegó.
Unos brazos firmes la sostuvieron. Antes de perder el conocimiento, percibió un aroma fresco que reconocía.
Alejandro.
Él miró el rostro pálido de Sofía. Tenía el ceño fruncido, como si incluso inconsciente siguiera soportando un dolor terrible.
Su mirada se endureció al volverse hacia Diego.
Diego había extendido la mano para sujetarla. Ahora la mantenía suspendida, sin saber qué hacer.
Alejandro levantó a Sofía en brazos y se dirigió al Rolls-Royce negro estacionado junto a la acera.
—Señor Montenegro, Sofía…
Diego intentó seguirlo, pero un asistente de traje negro le cerró el paso.
—Por favor, quédese aquí, señor Ferrer. La señorita Serrano necesita atención médica. El señor Montenegro la llevará al hospital.
La rabia le subió a Diego a la cara.
¡Él no había aceptado terminar el matrimonio! Y ahora otro hombre se llevaba a Sofía en brazos. Precisamente Alejandro Montenegro, alguien a quien ni siquiera él se atrevía a desafiar.
Dio un paso al frente.
—¡No pueden llevársela!
El asistente no se movió.
—Vamos a llevarla al hospital.
—¡Es mi esposa! No he firmado el acuerdo. ¡El divorcio no ha terminado!
—Ella ya se fue de su casa y pidió el divorcio. El trámite sigue pendiente, pero ahora necesita un médico. No puede impedir que la llevemos.
El asistente conservó el mismo tono tranquilo.
—Necesita que la atiendan de inmediato. Si le preocupa, no nos retrase.
Diego levantó un dedo para protestar, pero no logró encontrar las palabras.
—Lo de ustedes ya terminó para ella, señor Ferrer —añadió el asistente—. Por favor, no me obligue a detenerlo otra vez.
Otra vez aquella idea: todo había terminado.
Diego vio a Alejandro alejarse con Sofía sin mirar atrás. Recordó la expresión de ella justo antes de desmayarse. ¿Lo había mirado con confianza? ¿Como si esperara que la protegiera?
Los celos le oprimieron el pecho.
Clavó la mirada en el Rolls-Royce mientras se alejaba. No entendía cómo Sofía había cambiado tanto en unos pocos días. Ahora destacaba, estaba segura de sí misma y parecía capaz de vivir sin él.
Y él, en cambio, no soportaba verla en brazos de otro.
Cerró los puños con tanta fuerza que las uñas le marcaron las palmas. Días antes había ordenado el divorcio sin pensar que pudiera arrepentirse. Ahora, cuanto más parecía alejarse Sofía, más le importaba cada mirada que ella dirigía a Alejandro.
La certeza de que ya no lo necesitaba le dolía de una manera que no quería nombrar.
* * *
En el auto, Sofía seguía inconsciente. Murmuraba palabras apenas audibles, con el ceño fruncido.
Alejandro la observó. La dureza de su expresión había dado paso a una preocupación silenciosa.
Ella había vuelto a la pesadilla.
La oscuridad la rodeaba. Oía los frenos, el metal retorciéndose y el fuego.
Esta vez, todo era más claro. El humo le impedía respirar. El calor le quemaba la piel. Estaba otra vez dentro del auto, tres años atrás.
Cuando creyó que no iba a salir de allí, vio una luz.
Después aparecieron aquellos ojos.
El hombre estaba cubierto de sangre. No conseguía distinguir su rostro, pero su mirada, llena de cariño y tristeza, parecía imposible de olvidar.
Era lo único nítido en medio del humo: aquellos ojos que la miraban como si perderla fuera peor que el dolor que él mismo estaba sufriendo. Sofía quiso acercarse, pero no sabía cómo vencer la oscuridad que seguía rodeándolos.
Por un instante, esa mirada se mezcló con la de Alejandro, tal como lo había visto en el circuito.
—Vive —le pidió el hombre del sueño, con la voz ronca—. Espérame.
¿Esperarlo?
¿A quién?
Sofía intentó retener la voz, ver el rostro, entender. La oscuridad volvió a cubrirlo todo.
* * *
Alejandro la llevó al hospital privado de su grupo. El director los recibió personalmente y dispuso una evaluación completa.
Alejandro esperó fuera de la habitación de cuidados especiales. A través del vidrio veía a Sofía, inmóvil y pálida sobre la cama.
Cuando entró una enfermera, dio un paso hacia la puerta. Al ver que ella se limitaba a revisar el equipo, se detuvo y volvió a esperar. No apartó la vista de la cama.
Poco después, el director se acercó con los resultados.
—Señor Montenegro, su estado requiere atención.
Se quitó los lentes antes de continuar.
—La reacción al estrés está relacionada con una lesión anterior. A eso se suma el agotamiento de estos días. Ha tenido fiebre y perdió el conocimiento. Sufrió un traumatismo craneal importante; encontramos una acumulación de sangre que debemos vigilar. Necesita reposo y evitar sobresaltos.