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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Un refugio ajeno

El silencio que siguió a la partida de Bianca no fue de tregua, sino de asfixia.

Victoria no volvió a levantar la cabeza del tablón de corte. Con la aguja larga y el hilo encerado, hilvanaba las vistas del saco con una furia metódica, enterrando el metal en el paño con una fuerza innecesaria que le dejaba la yema del pulgar enrojecida. Del otro lado de la mesa, Caleb se mantenía inmóvil, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, observando cada uno de sus movimientos como un león enjaulado que busca la grieta exacta por donde saltar.

—Victoria, tenemos que hablar de Bianca —dijo él finalmente. Su voz era áspera, despojada de cualquier vestigio de ironía—. Lo que viste en las revistas de Milán...

—No tenemos que hablar de nada que no figure en las fichas técnicas, Caleb —cortó ella sin mirarlo, rematando una puntada con un tirón seco de la hebra—. Tu vida privada en Italia no es de mi incumbencia. Lo único que me importa es que esa mujer no vuelva a pisar este piso ni a rozar una sola de mis piezas.

—Nunca estuvo en mi cama —soltó él, directo, con una urgencia cruda que casi quebró la madera entre ambos—. Fue una imposición de imagen del departamento de marketing de Vanguardia para la prensa europea. Salíamos a las galas, posábamos para las cámaras y cada uno se iba a su hotel. Jamás la toqué, Vic. Jamás.

Victoria sintió una punzada traicionera en el centro del pecho, pero se obligó a endurecer la mirada. La tentación de creerle era un abismo peligroso; su vulnerabilidad estaba demasiado viva, demasiado expuesta tras la confesión de la mañana. Creerle significaba abrir la puerta a la esperanza de que algo entre ellos aún fuera rescatable, y después de diez años de abandono y con el imperio de Vanguardia acechando cada rincón de su vida, volver a confiar en Caleb parecía un suicidio anunciado.

—Me alegra por tu pulcritud profesional —respondió ella con una frialdad ensayada que le raspó la garganta—. Pero no me debes explicaciones, Caleb. Diez años son una vida entera. No pretendas que borre una década con una frase de compromiso.

Caleb dio un paso al frente, con los ojos dorados encendidos de una rabia herida.

—No es una frase de compromiso, maldita sea. Es la verdad y...

El sonido de la puerta de entrada abriéndose en la planta baja interrumpió el choque. No hubo timbrazo del interfono ni formalidades de cliente primerizo; solo el crujido familiar de los goznes y unos pasos firmes y pausados subiendo la escalera de madera.

Clara, que recogía alfileres del suelo cerca del almacén, alzó la vista y una sonrisa de alivio genuino iluminó su rostro cansado.

—Es Julián —anunció en voz baja, mirando a Victoria.

Al escuchar ese nombre, la rigidez en los hombros de Victoria se disipó apenas un milímetro. Un suspiro involuntario se le escapó de los labios, buscando un ancla de sensatez en medio del caos.

Caleb se giró hacia el umbral, con el ceño fruncido y los puños apretados a los costados.

Julián Larrea entró al taller con esa soltura elegante y discreta que solo otorgaban tres generaciones de fortuna intocable. Heredero de un conglomerado de galerías de arte, bienes raíces y patronazgo cultural en Sudamérica, Julián era la antítesis de la estridencia corporativa de Vanguardia. Vestía un suéter de cachemira azul marino de cuello redondo sobre una camisa celeste de corte impecable, sin logotipos visibles, y un abrigo de lana cruzado sobre el brazo. Era alto, de facciones aristocráticas y serenas, con un cabello castaño prolijo y unos ojos grises que transmitían una calma profunda y protectora.

En la mano traía una caja alargada envuelta en papel de arroz y un ramo modesto de eucalipto fresco y lavanda silvestre.

—Permiso —dijo Julián, con una voz aterciopelada y cálida que pareció limpiar el aire intoxicado del atelier—. Vi la camioneta de Textil Vanguardia dando vueltas por la esquina y quise asegurarme de que no hubieran roto ningún ventanal.

—Julián —saludó Victoria.

Sin darse cuenta, su tono perdió el filo cortante para teñirse de una suavidad auténtica. Dejó la aguja sobre el alfiletero y rodeó la mesa para acercarse a él.

Julián sonrió con ternura. No intentó besarla en la boca, pero tomó su mano entre las suyas con un gesto de confianza íntima, acariciándole el dorso de los nudillos con el pulgar. Había un afecto sincero entre ellos, forjado a lo largo de dos años en los que él había sido su cliente más leal, su mecenas silencioso en las horas bajas y el único hombre que le había ofrecido una estabilidad sin exigir nada a cambio.

Victoria sentía por él un aprecio inmenso y, en momentos de soledad como ese, una leve atracción hacia la paz que Julián representaba: la promesa de una vida sin sobresaltos, sin deudas mafiosas y sin el fuego destructivo que siempre la consumía cuando Caleb estaba cerca.

—Estás agotada, Victoria —murmuró Julián, mirándola con una preocupación que no intentaba ocultar. Le entregó la caja de papel de arroz—. Pasé por la casa de antigüedades del centro y encontré esto. Es una edición francesa de láminas de patronaje de 1920. Pensé que te serviría para despejar la cabeza de tanta máquina moderna.

—No debiste molestarte, Julián... es hermoso —dijo ella, acariciando el papel con una sonrisa genuina, la primera que mostraba en días.

A tres metros de distancia, la atmósfera se volvió polar.

Caleb permanecía petrificado junto al maniquí. Sus ojos ámbar estaban clavados en las manos unidas de Victoria y Julián, dilatados por una furia sorda y territorial que le tensó los tendones del cuello hasta hacerlos visibles. La forma en que ese hombre la tocaba, la naturalidad con la que había entrado a su taller y esa maldita sonrisa que Victoria le devolvía fueron como un trago de ácido puro en sus entrañas.

Él se había pasado diez años pudriéndose en Milán, contando los días para volver a poner un pie en ese atelier, solo para encontrarse con que un aristócrata de traje caro ocupaba el espacio de protección que alguna vez le perteneció.

—¿Y tú quién carajo eres? —soltó Caleb. La voz no fue alta, pero salió cargada de un veneno tan espeso que Clara dio un paso atrás.

Julián no se inmutó. Soltó la mano de Victoria con una parsimonia deliberada y giró el cuerpo hacia la mesa de corte, sosteniéndole la mirada al recién llegado con una calma exasperante.

—Julián Larrea —respondió con cortesía impecable, sin extender la mano—. Y tú debes de ser Caleb Rinaldi. He visto tu nombre en los balances de diseño de Milán. Un talento notable, lástima que venga respaldado por los métodos usureros de Beltrán.

Caleb dio dos pasos lentos, acortando la distancia. Su postura era la de un pendenciero de callejón disfrazado de sastre, con las mangas de la camisa remangadas y los ojos ardiendo de hostilidad abierta.

—Este es un espacio de producción cerrado para la Bienal, Larrea. Estamos en medio de una sesión técnica. Los coleccionistas de salón pueden esperar en la planta baja o comprar por catálogo.

—Caleb, basta —intervino Victoria con voz firme, colocándose entre los dos hombres—. Julián no es ningún extraño. Es amigo de la casa y tiene las puertas abiertas de este taller a la hora que quiera.

La palabra amigo resonó con una doble lectura que a Caleb le clavó una astilla en el orgullo. Clavó la vista en Victoria, buscando un rastro de culpa en sus ojos, pero solo encontró esa barrera de hielo y una complicidad evidente con el recién llegado.

Julián miró a Victoria con una sonrisa suave, ignorando la provocación del otro como quien tolera el ladrido de un perro callejero.

—Solo pasaba a ver cómo estabas tras el anuncio de la co-creación —dijo Julián, apoyando una mano en el hombro de Victoria con una naturalidad que a Caleb le quemó la sangre—. Esta noche inauguro una muestra privada de arte textil en la galería de Recoleta. Sé que estás tapada de trabajo, pero me encantaría que me acompañaras. Te vendría bien salir de este encierro, tomar una copa y respirar aire limpio, lejos de las presiones de Vanguardia.

Victoria sintió el peso de la mirada de Caleb sobre su nuca, pesada, desesperada y furiosa. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero la fatiga emocional y el miedo a volver a caer en las redes de un amor que ya la había destrozado una vez pesaban más. Además, la presencia de Julián era un bálsamo que necesitaba con urgencia.

Miró a Julián a los ojos, apretó suavemente la caja de láminas contra su pecho y asintió despacio.

—Me encantaría, Julián. A las ocho estoy lista.

Una sombra de triunfo brilló en los ojos grises del aristócrata.

—Paso a buscarte a las ocho en punto por acá —dijo él, inclinando la cabeza con elegancia. Luego miró a Caleb por una fracción de segundo, con una cortesía que sonó a sentencia—. Buenas tardes, Rinaldi. No le exijas demasiado al paño; a veces las costuras viejas no aguantan la presión.

Julián bajó las escaleras con el mismo paso tranquilo con el que había subido, dejando tras de sí el aroma suave del eucalipto y una tormenta a punto de estallar en el primer piso.

En cuanto la puerta de la calle se cerró, Caleb se abalanzó sobre el borde de la mesa de corte, clavando las manos en la madera con un golpe seco.

—¿A las ocho estás lista? —siseó él, con los ojos inyectados en sangre y la voz temblando por unos celos que amenazaban con devorarlo—. ¿Te vas a ir a pasear con ese imbécil engolado mientras tenemos que cerrar el bajo de la chaqueta antes de medianoche?

Victoria no retrocedió. Dejó la caja sobre la mesada auxiliar, se acomodó la cinta métrica en el cuello y lo enfrentó con la barbilla en alto y una frialdad demoledora.

—Mi vida después de las ocho de la noche no te pertenece, Caleb. Ni a ti, ni a Vanguardia. Trabajo hasta que caiga la tarde, y después salgo con quien se me dé la gana.

Caleb dio la vuelta a la mesa y se plantó a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio con una furia tan desesperada que a Victoria se le cortó el aire.

—¿Ese tipo te toca, Victoria? —preguntó él en un susurro ronco, desprovisto de orgullo, con la herida abierta supurando ante sus ojos—. ¿Ese tipo te mira como si fueras suya en mi cara y tú lo permites?

Victoria sintió el corazón martillándole la garganta, pero sostuvo la mirada con una valentía salvaje.

—Julián me cuidó y me respetó durante los años en que tú no eras más que un fantasma en una revista extranjera —disparó ella, clavándole cada palabra como un alfiler en el pecho—. Así que ahórrate la escena de celos, Caleb. Porque para reclamar un lugar en mi vida, primero tendrías que no haberte marchado nunca.

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