Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 22: La caja fuerte
La noche cayó densa, con un cielo cubierto de nubes grises que ocultaban la luna y las estrellas, como si el mundo mismo quisiera esconder lo que estábamos a punto de hacer. Me puse una chaqueta oscura, me recogí el cabello y guardé la grabadora y una linterna pequeña en el bolsillo. Antes de salir, miré mi reflejo en el espejo: no era la misma chica que llegó a la escuela meses atrás, llena de sueños e ingenuidad. Mis ojos eran más serios, más duros, como si cada secreto descubierto hubiera tallado una nueva cicatriz en mi mirada. Pero también había algo más: determinación. No iba a dejar que nadie siguiera ocultándose tras sus máscaras.
Llegué a la casa de Márquez diez minutos antes de la hora acordada. Era una casa grande, de dos plantas, con jardines descuidados y las ventanas oscuras, como si el lugar mismo hubiera perdido su vida desde que él fue detenido. Lila estaba esperándome en la esquina, envuelta en una chaqueta negra, con el rostro pálido y tenso. Al verme, asintió con la cabeza y caminamos juntas hacia la entrada, sin hablar, sin hacer ruido, como si el silencio fuera nuestra única protección.
—La puerta trasera —susurró ella, sacando una llave—. Mi madre la deja sin cerrar del todo, por si vuelve mi padre. No esperaba que fuera yo quien entrara.
El interior de la casa estaba frío y olía a polvo y abandono. Caminamos por el pasillo con la linterna apagada, guiándonos por la luz tenue que entraba de la calle, evitando pisar las tablas que crujían. Todo estaba cubierto con sábanas blancas, como si la familia hubiera desaparecido de un día para otro. En la pared del pasillo, vi una foto familiar: Lila pequeña, su padre, su madre, todos sonriendo, sin saber que años después todo se rompería en mil pedazos. Me dolió verla. Una vez, ellos también fueron felices. Una vez, nadie planeaba nada malo. Hasta que el poder y la ambición lo corrompieron todo.
—El estudio es arriba —dijo Lila, con voz apenas audible—. Ahí está la caja fuerte. Pero ten cuidado. No encendamos luces. Si alguien nos vigila desde fuera, nos verán.
Subimos las escaleras despacio, contando cada escalón, con el corazón latiéndome tan fuerte que temí que se oyera por toda la casa. El estudio estaba al final del pasillo. Al entrar, Lila cerró la puerta con cuidado y encendió la linterna, dirigiendo el haz de luz hacia el suelo para no llamar la atención. La habitación estaba llena de estanterías con libros legales y deportivos, un escritorio de madera oscura, y en la pared, diplomas y reconocimientos que ahora parecían una burla.
—Está ahí —señaló Lila, apuntando hacia un armario empotrado, oculto detrás de una cortina pesada de terciopelo rojo.
Corrimos la cortina y la vimos: una caja fuerte de acero, empotrada en la pared, sin marcas visibles, con una cerradura de combinación numérica. Lila respiró hondo, se acercó y puso su mano sobre el metal frío.
—El código es mi cumpleaños —dijo—. 140309. El día que cumplí trece años. Él dijo que era el día en que supo que yo era importante. Qué irónico, ¿no? Usó mi fecha para guardar secretos que me destruirían.
Giró los números despacio. El último clic sonó en el silencio de la habitación, fuerte y claro. La puerta de la caja se abrió con un suave zumbido. Y ahí, en la penumbra, vimos lo que contenía: fajos de documentos atados con cintas, sobres cerrados, una memoria USB, y un cuaderno de tapa negra.
Lila extendió la mano, pero se detuvo, como si temiera tocarlo.
—Tómalo tú —susurró—. No puedo. Es demasiado.
Lo tomé todo con cuidado, como si fuera algo frágil y peligroso a la vez. Nos sentamos en el suelo, cerca de la ventana, con la linterna entre las dos, y empezamos a revisarlo. Lo primero que encontramos fueron contratos firmados por la directora Henderson y Márquez, acuerdos secretos para repartirse el dinero de los patrocinadores, transferencias a cuentas en el extranjero, correos electrónicos donde ella daba órdenes directas: «Elimina a la chica antes de que descubra las cuentas. No podemos arriesgarnos.» Mi sangre se heló al leerlo. No era una sospecha. Era una orden escrita con su propia mano. Mi muerte no fue un accidente, no fue un impulso de Lila. Fue una decisión tomada con frialdad, con tiempo, con planificación.
—Mira esto —dijo Lila, con voz temblorosa, pasándome el cuaderno negro.
Eran las anotaciones personales de Márquez. Fechas, nombres, cantidades. Y en una página, con letra clara: «Henderson quiere que la chica caiga. Dice que es demasiado inteligente, que hace demasiadas preguntas. Lila será la herramienta perfecta. Nadie sospechará de su mejor amiga. Y si todo sale mal, la culpa será de ella. Yo me quedo al margen.» Cerré los ojos, sintiendo náuseas. Había sido un peón desde el principio. Toda mi vida, mi amistad con Lila, mi talento… todo fue usado para un plan que yo ni siquiera conocía.
—Tenemos todo —dije, guardándolo todo en una carpeta que llevaba conmigo—. Esto es suficiente para llevarla ante la justicia. Para que caiga ella, y todos los que la ayudaron.
—Sí —dijo Lila, pero no sonaba feliz. Sonaba asustada—. Pero ahora ella sabrá que lo tenemos. Si nos descubren…
Se interrumpió de golpe. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, mirando hacia la puerta. Alguien había subido las escaleras. Se oyó un paso fuera. Luego otro. Y después, el sonido de la manija de la puerta girando despacio.
Apagué la linterna de un golpe. La puerta se abrió lentamente, y una figura se recortó en la oscuridad del pasillo. No era la directora. No era un extraño. Era alguien que conocía la casa, alguien que sabía que vendríamos. Alguien que había estado esperando.
—Sabía que vendrían —dijo una voz suave y fría.
Lila soltó un grito ahogado. Yo me puse de pie de un salto, poniéndome delante de ella. La figura entró en la habitación, y la luz de la luna que se filtraba por la ventana iluminó su rostro. Era el asistente de la directora, el señor Torres. El hombre que siempre había sido amable, que nos ayudaba con los horarios, que nos daba dulces cuando pasábamos por la oficina. Tenía una expresión seria, sin rastro de la amabilidad que conocíamos.
—Déjennos ir —dije, con voz firme, apretando la carpeta contra mi pecho—. Tenemos pruebas. Si nos hacen algo, todo sale a la luz. Ella cae. Tú caes. ¿Vale la pena?
—No me importa caer —respondió él, dando un paso hacia nosotras—. Ella me dio todo. Y ustedes se lo quieren arrebatar. No puedo dejar que se lleven eso. No puedo dejar que destruyan todo lo que construimos.
Sacó algo del bolsillo. No era un arma de fuego. Era un bastón de madera, pesado, que levantó en el aire.
—Váyanse —susurró Lila, empujándome hacia la ventana—. Sal por la ventana. Lleva las pruebas. Corre.
—No sin ti —le dije, agarrándole la mano.
—¡Corre! —gritó ella, mientras Torres se abalanzaba hacia nosotras.
No tuve tiempo de pensar. Agarré la carpeta con fuerza, salté hacia la ventana, la abrí de golpe y me lancé al vacío. Caí sobre el césped, rodando para amortiguar la caída, sintiendo un dolor agudo en el tobillo, pero no me detuve. Me levanté, miré hacia arriba, y vi a Lila en el marco de la ventana, mirándome con lágrimas en los ojos, diciéndome sin palabras que siguiera. Que no me detuviera. Corrí hacia la calle, hacia la oscuridad, con la carpeta apretada contra mi pecho, sabiendo que ella se había quedado atrás para salvarme. Y que ahora, estaba sola con él.
Corrí hasta que mis pulmones ardieron, hasta que las piernas no me respondieron, sin mirar atrás, sabiendo que llevaba conmigo la única cosa que podía salvarla. Y cuando por fin me detuve, apoyada contra un muro, sin aliento, supe una cosa con certeza: la batalla ya no era solo por la verdad. Era por ella. Por la chica que había elegido quedarse para que yo pudiera irme. Y esta vez, no iba a fallarle.