Elena Valdés (30 años) es una brillante neurocirujana, reconocida a nivel nacional como una eminencia médica. Sin embargo, tras las puertas de su hogar, vive bajo el yugo de Mauricio, su esposo y un CEO exitoso que utiliza el desprecio psicológico y la humillación constante para mantenerla controlada. Su único refugio es su hijo de 6 años, Mateo, y el apoyo incondicional pero respetuoso de sus padres, quienes nunca aprobaron a Mauricio, pero apoyan las decisiones de su hija.
Su vida da un giro vertiginoso cuando conoce a Damián Montenegro (43 años), un magnate empresarial imponente, multimillonario y carismático, padre de dos hijos. Entre Damián y Elena surge una pasión arrolladora y un amor profundo que la hace redescubrir su valor.
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DOMINGO DE TREGUA Y TISAS COMPARTIDAS
La tarde del domingo en la mansión del acantilado transcurrió con una dinámica que, semanas atrás, a Elena le habría parecido un escenario de ciencia ficción. El contraste entre el imperio de sombras que Damián comandaba y la caótica, luminosa y ruidosa realidad de una familia reunida era tan absoluto como fascinante.
En el amplio jardín trasero que daba directamente hacia el mar, el césped impecable se había convertido improvisadamente en una pista de carreras y un campo de pruebas. Thiago y Mateo corrían de un extremo a otro persiguiendo un dron que el mayor de los hermanos había estado configurando, mientras sus risas resonaban por encima del suave rugir de las olas.
Sentada en una de las tumbonas de la terraza, Elena observaba la escena con una taza de té humeante entre las manos. Llevaba puestos unos cómodos jeans y una sudadera ancha, muy alejada de la bata blanca y la rigidez de los quirófanos, pero con la misma elegancia natural que la definía.
Lucía se acercó con paso tranquilo desde la cocina, sosteniendo una bandeja con limonada fresca y unos vasos altos. Se sentó en la tumbona contigua a Elena, sirvió un vaso y se quedó en silencio por unos segundos, mirando hacia donde su padre intentaba, sin mucho éxito, enseñarle a Mateo cómo hacer volar el dron sin estrellarlo contra los arbustos.
—Sigue intentándolo, viejo, pero el enano tiene tus mismos reflejos tercos —bromeó Lucía con una media sonrisa idéntica a la de Damián, antes de dar un sorbo a su bebida—. Debo admitir que al principio pensé que esto iba a durar dos semanas. Papá nunca ha sabido mantener una relación normal sin que termine en un tiroteo o una crisis corporativa.
Elena giró el rostro para mirarla, sorprendida por la aguda percepción de la adolescente. Una suave sonrisa se dibujó en sus labios.
—Tampoco pretendemos que sea una relación "normal", Lucía —respondió Elena con franqueza, apoyando la taza sobre la mesita auxiliar—. Tu padre y yo nos conocimos en medio de un incendio. Digamos que lo nuestro funciona mejor cuando hay un poco de fuego de por medio.
Lucía soltó una carcajada limpia y cristalina, una de esas expresiones juveniles que le recordaban a Elena que, a pesar del entorno oscuro en el que habían crecido, los chicos seguían siendo niños.
—Pues a mí me gusta —admitió la adolescente, mirando de reojo a su padre, que en ese momento celebraba con un choque de palmas un aterrizaje exitoso del dron junto a Mateo—. Desde que tú estás aquí, no se le ve la vena de la sien inflamada cuando atiende las llamadas de Néstor. Y mamá... bueno, ella hace tiempo que decidió que su vida estaba en otro continente. Tener a alguien que le ponga límites de verdad a papá era exactamente lo que esta casa necesitaba.
Las palabras de Lucía tocaron una fibra sutil en el pecho de Elena. Comprendió que, sin proponérselo, había tejido un puente invisible no solo con Damián, sino con el frágil y complejo universo de sus hijos.
En ese instante, Damián se acercó caminando con pasos seguros y una toalla colgada al hombro, dejando atrás a los niños que ya habían encontrado un nuevo juego junto a la piscina. Al llegar a la altura de las tumbonas, se inclinó con una sonrisa felina y depositó un beso posesivo pero tierno en los labios de Elena, ignorando por completo la mirada burlona de su hija.
—¿De qué tanto conspiran las dos mujeres más peligrosas de esta casa? —preguntó Damián con su voz ronca, tomando asiento en el brazo de la tumbona de Elena y rodeando su hombro con un brazo.
—Estábamos evaluando qué tan probable es que termines estrellando el dron antes del atardecer, Montenegro —respondió Elena con una chispa desafiante en los ojos, inclinándose ligeramente contra su costado.
—Apuesto a que sobrevivo, doctora —murmuró Damián contra su oído, con una intensidad que hizo que el pulso de Elena se acelerara levemente, recordándole que, aunque compartieran una tarde de paz familiar, la corriente eléctrica entre ellos seguía intacta y dispuesta a encenderse en cualquier momento.
Lejos de las amenazas, de las deudas y de las balas, el futuro comenzaba a abrirse paso ante ellos, desafiando a las sombras con la fuerza inquebrantable de un nuevo comienzo.