NovelToon NovelToon
En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

La luz de la luna

Sofía Delgado llegó un domingo por la tarde, sin anuncio, como quien regresa a un lugar que todavía considera suyo.

Valentina estaba en la cocina con Nana cortando cebolla para la salsa cuando escuchó la puerta principal y una voz femenina que llamaba:

—¿Alejandro? ¿Estás?

Una voz suave y modulada, el tipo que suena bien sin esfuerzo.

Nana dejó caer el cuchillo sobre la tabla.

—Ay, Dios.

—¿Quién es?

—Sofía Delgado. La amiga de la infancia del señor. —Nana bajó la voz—. Viene cada vez que le da la gana, y el señor nunca le cierra la puerta. Todo el mundo dice que ella es la que debió casarse con él. La luna de su vida, le dicen.

Valentina se limpió las manos en el mandil. Algo le picó debajo de las costillas. No supo nombrarlo.

—¿Son novios?

—Nunca lo fueron. Pero ella lo mira como si lo fueran, y él la trata mejor que a cualquier mujer que yo haya visto, excepto a la abuela.

Valentina dejó el mandil en el gancho y subió a cambiarse. Si Sofía Delgado estaba aquí, ella debía ser "Mariana", la esposa. Tenía que ser visible.

Se soltó el pelo. Se quitó la marca de nacimiento. Se puso un vestido verde oliva que Mariana había dejado en el clóset y bajó las escaleras con pasos medidos.

Los encontró en la terraza.

Sofía estaba sentada en el sillón de mimbre, con las piernas cruzadas y una taza de té en la mano. El pelo castaño claro le caía sobre un hombro. Vestido blanco, sandalias de cuero, un solo anillo de oro en el índice. Maquillaje tan sutil que parecía no llevarlo. Era guapa de una forma distinta a Mariana: menos agresiva, más tranquila, el tipo de belleza que te obliga a mirar dos veces aunque no quieras.

Alejandro estaba sentado frente a ella. Y hablaba.

Alejandro hablaba. De verdad hablaba, con frases completas, no con los monosílabos de siempre. Le estaba contando algo sobre un acuerdo de negocios mientras ella lo escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, asintiendo con una media sonrisa que parecía entender exactamente lo que él no estaba diciendo.

Valentina se detuvo en el umbral de la puerta de cristal.

Sofía la vio primero. Se puso de pie con un movimiento fluido y le tendió la mano.

—Mariana. Qué gusto verte. Perdona que vine sin avisar. —Sonrisa cálida. Ojos que la medían con una precisión quirúrgica detrás de la amabilidad—. Quería traerle unos libros a Alejandro que me pidió la semana pasada.

—No tienes que disculparte. Esta es tu casa también. —Le apretó la mano. Los dedos de Sofía eran finos, firmes, sin un temblor—. ¿Te quedas a cenar?

—No quiero molestar.

—Quédate —dijo Alejandro, sin levantar la vista de su teléfono.

Una sola palabra, dirigida a Sofía con un tono que Valentina nunca le había escuchado usar con ella: llano, sin filo, casi amable.

Sofía se sentó. Valentina se sentó. Alejandro siguió en su teléfono. La tensión entre los tres se asentó sobre la terraza como la humedad antes de una tormenta.

Nana sirvió arroz con pollo y una jarra de agua de jamaica. La cocina olía a cilantro y a ajo tostado. Valentina cortó un trozo de pollo, se lo llevó a la boca y masticó sin saborearlo.

La cena transcurrió en la dinámica que Valentina ya empezaba a reconocer: Alejandro hablaba poco, pero cuando Sofía decía algo, él levantaba la vista. Cuando Valentina hablaba, la escuchaba, pero sus ojos regresaban al plato más rápido.

Sofía tocaba temas que Valentina no podía seguir: un congreso de arquitectura al que ambos habían asistido hacía dos años, un restaurante en Oaxaca que él le había recomendado, la época en que Doña Carmen los llevaba a los dos a la hacienda en vacaciones de verano. Historia compartida. Años de memoria que Valentina no tenía.

—¿Cómo sigue la obra del museo? —preguntó Sofía, girando la copa entre los dedos.

—Retrasada. Problemas con los permisos de Cultura.

—¿Quieres que hable con Ramírez? Me debe un favor.

Alejandro la miró. Asintió. Un intercambio de tres frases que contenía más confianza que todo lo que Valentina había logrado construir en dos semanas.

Sofía le preguntó sobre la abuela.

—Doña Carmen me dijo que la visitaron la semana pasada. Me alegra mucho. Le hace bien tener compañía.

—Sí, fue una visita preciosa —contestó Valentina, con la sonrisa de "Mariana"—. Tu suegra es encantadora.

Sofía parpadeó. Un destello de algo cruzó sus ojos — ¿incomodidad? ¿dolor? — y desapareció.

—No es mi suegra. —Sonrió—. Alejandro y yo somos amigos.

—Claro. Perdón. Fue una tontería.

No fue una tontería. Valentina lo dijo a propósito. Necesitaba saber cómo reaccionaba Sofía, y ahora lo sabía: la mención del matrimonio le dolía, aunque lo ocultara bien.

Alejandro miró a Valentina. Solo un segundo. Con algo que se parecía a la sorpresa, o a la evaluación. Como si estuviera viendo un movimiento en un tablero que no esperaba.

Después de la cena, Sofía se fue. Alejandro la acompañó a la puerta. Valentina los observó desde la ventana del segundo piso.

En el porche, Sofía le dijo algo que Valentina no alcanzó a escuchar. Alejandro asintió. Sofía le tocó el brazo. Un gesto pequeño, familiar, el tipo de contacto que solo se permite entre personas que llevan años conociéndose. Él no se apartó.

Valentina cerró la cortina. Se quedó de pie en la oscuridad del pasillo, con la mano todavía agarrando la tela.

Le ardía algo en el pecho que se parecía a la rabia pero era peor. Alguien más tenía acceso a un lugar que ella creía estar conquistando.

Celos.

La palabra le cayó encima como agua fría. Se sentó en la orilla de la cama y se quedó mirando la pared.

¿Desde cuándo le importaba quién le tocara el brazo a Alejandro Quirós?

Desde que él le dijo "Lo siento" cuando ella le contó que su madre había muerto. Desde que se quedaba dormido con su música. Desde que la vio sin la marca de nacimiento y eligió no decir nada.

Mariana la llamó a las once.

—¿Quién estuvo hoy en la casa?

—Sofía Delgado. Vino a traerle unos libros.

Silencio al otro lado. Valentina casi pudo escuchar los dientes de Mariana apretándose.

—Esa mujer. —La voz le salió como un silbido—. ¿Se quedó mucho tiempo?

—Cenó con nosotros.

—¿Y él cómo la trató?

—Normal.

—Define "normal."

Valentina cerró los ojos. Lo que no le iba a decir: que Alejandro hablaba más con Sofía que con ella. Que la miraba distinto. Que cuando Sofía le tocó el brazo en la puerta, él se dejó.

—Correcto. Distante. Como trata a todo el mundo.

Mariana exhaló.

—Bien. Sofía Delgado no me preocupa. Lleva años arrastrándose detrás de él y nunca le ha dado nada. Es inofensiva.

Valentina no dijo lo que pensaba: que Mariana tenía razón y al mismo tiempo estaba ciega. Sofía no era inofensiva. Sofía era la única mujer a la que Alejandro trataba como igual. Y eso era mucho más peligroso que cualquier coqueteo.

—¿Algo más, hermana?

—No. Buenas noches.

Colgó.

Valentina se acostó en la cama del cuarto de servicio. Miró el techo. El arpa la esperaba en el estudio, pero esa noche no subió.

No quería tocar para él sabiendo que otra mujer le había tocado el brazo y él se había dejado.

La estupidez de ese pensamiento le dolió más que el pensamiento en sí.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play