una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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Capítulo 24: El corazón de un dios
El amanecer bañó el Olimpo con una luz dorada.
Solo quedaban **seis días** para que terminara el castigo impuesto por Zeus. Seis días antes de que Ares y Afrodita pudieran regresar al mundo mortal y hablar con Sara cara a cara.
Para Ares, esos seis días parecían una eternidad.
Se encontraba entrenando en el patio de combate. Su lanza cortaba el aire con una velocidad impresionante, levantando pequeñas ráfagas de viento a cada movimiento.
Uno de los soldados divinos que lo observaba comentó en voz baja:
—Nunca lo había visto entrenar tanto.
Otro asintió.
—Ni siquiera cuando se preparó para luchar contra los gigantes.
Ares seguía atacando sin detenerse.
No entrenaba porque esperara una guerra.
Entrenaba porque necesitaba distraer su mente.
Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Sara el día en que descubrió la verdad.
La decepción en sus ojos seguía persiguiéndolo.
—¿Todavía pensando en ella?
La voz de **Hermes** hizo que Ares detuviera su lanza.
—¿Tan evidente es?
Hermes sonrió.
—Todo el Olimpo lo sabe.
Ares soltó una risa cansada.
—Genial...
—No te preocupes. Nadie se está burlando.
Hermes tomó asiento sobre una roca.
—En realidad... muchos esperamos que todo salga bien.
Ares lo miró con sorpresa.
—¿En serio?
—Claro.
Hermes cruzó los brazos.
—Hace siglos que no te veía cambiar tanto.
Antes resolvías todo peleando.
Ahora primero piensas en cómo se sentirá otra persona.
Ares bajó la vista.
—¿Eso es malo?
—No.
Creo que por fin estás entendiendo qué significa proteger a alguien.
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En el mundo mortal, Sara caminaba junto a Hades por un sendero rodeado de robles.
Habían decidido revisar unas antiguas acequias que llevaban agua hasta los cultivos.
Daniel insistió en acompañarlos.
—¡Yo puedo cargar las herramientas!
Sara rió.
—Está bien, pero no cargues demasiado peso.
Hades observó a los dos hermanos.
Aquella sencilla escena despertaba recuerdos lejanos.
Recordó a incontables familias que habían llegado juntas al Inframundo después de vivir una vida larga y feliz.
Siempre pensó que los vínculos humanos eran demasiado frágiles.
Ahora comenzaba a creer que, precisamente por ser frágiles, eran tan valiosos.
Mientras caminaban, Daniel señaló un enorme roble.
—¡Miren!
Un pequeño zorro había quedado atrapado entre unas raíces.
Sara corrió de inmediato.
—Pobrecito...
El animal intentó morderla por miedo.
Hades levantó una mano.
—Déjame.
Su voz se volvió sorprendentemente tranquila.
El zorro dejó de forcejear.
Sin usar magia evidente, Hades logró tranquilizarlo lo suficiente para liberar una de sus patas.
Cuando el animal quedó libre, retrocedió unos pasos.
Miró a Sara.
Luego a Hades.
Y finalmente desapareció entre los árboles.
Daniel abrió mucho los ojos.
—¡Fue increíble!
Hades sonrió levemente.
—Solo estaba asustado.
Sara observó al dios del Inframundo.
—Siempre pensé que el señor de los muertos sería alguien frío.
Hades soltó una pequeña risa.
—Muchos lo creen.
—Pero no lo eres.
Él permaneció en silencio.
Después respondió con honestidad.
—No puedo permitirme ser cruel.
Quien llega a mi reino ya ha sufrido bastante.
Sara sintió un profundo respeto por aquellas palabras.
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Mientras tanto, en un antiguo templo abandonado, Eris contemplaba el Medallón de la Discordia a través de un espejo mágico.
El artefacto brillaba con menos intensidad que antes.
La diosa golpeó la mesa con frustración.
—¿Por qué no funciona?
La antigua voz respondió desde el interior del espejo.
—Porque la portadora cuestiona los susurros.
—¡Eso nunca había ocurrido!
—Nunca antes elegiste a alguien como Sara.
Eris guardó silencio.
Era cierto.
Normalmente bastaban unos días para que el medallón destruyera cualquier amistad.
Pero Sara hacía algo inesperado.
Cada pensamiento negativo era analizado.
Cada duda era enfrentada.
No aceptaba una idea solo porque apareciera en su mente.
La cuestionaba.
Y eso debilitaba el poder del artefacto.
Eris cerró los ojos.
—Entonces cambiaré de objetivo.
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Aquella misma tarde, Afrodita cuidaba las flores del jardín celestial.
Las rosas comenzaban a florecer nuevamente.
Su buen ánimo había regresado gracias a las noticias que Hades llevaba desde el mundo mortal.
Sin embargo, mientras cortaba unas ramas secas, un pensamiento apareció de repente.
*"Sara pasa mucho tiempo con Hades."*
Afrodita dejó de trabajar.
—Es normal...
Él está allí.
Nosotros no.
Continuó arreglando las flores.
Pero la voz volvió.
*"¿Y si cuando termine el castigo ya no te necesita?"*
La diosa frunció ligeramente el ceño.
No.
Sara jamás olvidaría una amistad por eso.
*"¿Estás segura?"*
Afrodita respiró profundamente.
Algo no estaba bien.
Aquellos pensamientos no parecían suyos.
Nunca había sido una persona insegura.
Miró una rosa blanca.
Sin darse cuenta, uno de sus pétalos comenzó a marchitarse.
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Muy cerca de allí, Ares entrenaba nuevamente.
Clavó la lanza contra el suelo y observó el Espejo del Mundo.
Sara y Hades reían mientras Daniel intentaba enseñarle al dios del Inframundo un juego tradicional del pueblo.
Entonces apareció el mismo pensamiento.
*"Se ven felices."*
Ares sonrió.
—Eso es bueno.
*"Demasiado felices."*
Su sonrisa desapareció.
*"Quizá Hades ya ocupó tu lugar."*
Ares dio un paso atrás.
—No...
Sacudió la cabeza.
Aquella idea era absurda.
Hades nunca haría algo así.
Y Sara era libre de elegir con quién compartir su tiempo.
Pero la voz insistía.
*"¿Y si llegas demasiado tarde?"*
El dios apretó con fuerza el mango de su lanza.
Por primera vez en muchos años...
Sintió celos.
Y eso lo asustó.
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Al anochecer, Hades regresó al Inframundo.
Perséfone lo esperaba en el jardín.
Bastó una mirada para comprender que algo ocurría.
—¿Qué sucede?
Hades permaneció pensativo.
—Siento una energía extraña.
No en Sara.
En el Olimpo.
Perséfone frunció el ceño.
—¿Eris?
—No exactamente.
Es como si el medallón hubiera extendido sus raíces.
En ese mismo instante apareció Hermes, completamente agitado.
—¡Hades!
Los dos dioses se giraron.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
Hermes respiró hondo.
—Atenea descubrió que el Medallón de la Discordia ya no solo afecta a Sara.
Hades sintió un escalofrío.
—¿A quién alcanzó?
Hermes bajó la mirada.
—Ares... y Afrodita.
El silencio se hizo absoluto.
Perséfone fue la primera en reaccionar.
—¿Ellos lo saben?
—Todavía no.
Solo creen que están nerviosos por volver a ver a Sara.
Hades comprendió inmediatamente el peligro.
Si el medallón lograba convertir esos pequeños celos en desconfianza...
Todo el esfuerzo que habían hecho durante semanas desaparecería.
Y eso era exactamente lo que Eris buscaba.
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Muy lejos del Olimpo, Sara volvió a sacar el medallón de su bolsillo.
Lo observó bajo la luz de la luna.
Las grietas violetas parecían más brillantes que nunca.
—¿Quién eres realmente...?
Preguntó en voz baja.
Por primera vez, el medallón respondió.
No con un susurro.
Sino con una frase clara.
—**Soy el reflejo de aquello que más temes perder.**
Sara dejó caer el medallón al suelo, sobresaltada.
Retrocedió dos pasos.
Su corazón latía con fuerza.
Sabía que los objetos mágicos existían.
Después de conocer a los dioses, ya nada parecía imposible.
Pero escuchar una voz salir directamente de aquella joya era algo completamente distinto.
Oculto entre los árboles, alguien observaba la escena.
Eris.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Por fin despertaste.
Y ahora...
La verdadera prueba está a punto de comenzar.
**Fin del Capítulo 24.**