Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?
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CAPITULO 20. PROTEGIENDO LO QUE AMO
En el interior de la berlina de lujo alemana que se desplazaba con suavidad por las avenidas madrileñas, la atmósfera era densa y carente de cualquier rastro de la habitual diplomacia corporativa. Tom permanecía recostado en el asiento de piel oscura, con la mirada verde fija en las gotas de lluvia que empezaban a empañar el cristal de la ventanilla. Su mandíbula se mantenía rígida y sus puños permanecían cerrados sobre sus rodillas con una fijeza que delataba un torbellino interior absoluto. Su cerebro superdotado, que operaba con la rapidez analítica de un ordenador cuántico, repetía en bucle cada segundo del reencuentro en la pista de aterrizaje de Barajas: el impacto del zafiro, la ligereza de su cuerpo entre sus brazos y ese perfume a limpio que lo había devuelto de golpe al desván de Kent.
A su lado, Gustav tecleaba a gran velocidad en su portátil de titanio, con las pantallas reflejando líneas de código de seguridad transfronterizo y bases de datos registrales de la capital española. El informático rubio soltó un suspiro, cerrando parcialmente la pantalla antes de girarse hacia su socio principal.
—Es ella, Tom. No hay margen de error en el cálculo —anunció Gustav en voz baja, con un tono de absoluta seriedad—. Acabo de cruzar el registro oficial de pases de prensa VIP emitidos por el Ministerio de Economía para la recepción de esta mañana. La periodista que atrapaste en tus brazos es Alesandra Varela, redactora jefe en funciones de un diario de la provincia de Madrid llamado El Eco Local. Fue adoptada legalmente en el condado de Kent hace siete años por Rodolfo Varela, el director ejecutivo del medio. Los datos registrales de la embajada británica coinciden de forma exacta con la fecha de la baja del orfanato de Santa María.
Tom contuvo el aliento por un instante, sintiendo que una punzada de alivio y dolor compartido le oprimía el pecho. La variable que había buscado con desesperación durante siete años de soledad financiera en Londres estaba sentada en una redacción a escasos kilómetros de su hotel.
—No me recuerda, Gustav —articuló Tom con su voz ronca y pausada, y sus ojos verdes destilaron una amargura gélida—. Me miró como a un extraño, como a uno de esos ejecutivos de piedra que tanto despreciaba en las historias de sus cuadernos de la infancia. El tiempo y la distancia le borraron mi rostro.
—Te recordará, economista. Nadie olvida al chico que le arreglaba las líneas rectas de los dibujos —le consoló Gustav, posando una mano firme sobre su hombro—. Pero ahora mismo tenemos un problema mucho más grave que su memoria. Un problema que requiere toda la capacidad de nuestra firma financiera de inmediato.
Tom frunció el ceño, girándose por completo hacia su socio principal. El especialista de los números detectó la urgencia profesional en la mirada de Gustav.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tom de forma tajante.
—He hackeado de forma confidencial la frecuencia de radio de la policía municipal de Madrid y los servidores de urgencias del Hospital Central —explicó Gustav, reabriendo la pantalla del portátil para mostrar un informe policial que acababa de ser redactado—. Hace exactamente cuarenta minutos, mientras estábamos en la pista del aeropuerto, Rodolfo Varela, el padre adoptivo de Alie, fue emboscado y golpeado de forma salvaje por tres individuos en el parking subterráneo de su periódico. Está ingresado en coma inducido en la Unidad de Cuidados Intensivos. Los primeros indicios indican que no fue un atraco común; el hombre estaba investigando una red criminal de lavado de dinero de la mafia inmobiliaria de la costa. Ha sido un atentado por encargo, Tom. El entorno de Alie está bajo una amenaza de muerte real en este mismo segundo.
Las palabras de Gustav impactaron en la mente de Tom con la violencia de un desplome bursátil, pero esta vez su intelecto superdotado no se congeló; se transformó en una maquinaria bélica y financiera implacable. Sus ojos verdes se encendieron con una furia gélida, una resolución de hierro forjada en los desamparos del pasado. La mafia que amenazaba al padre de Alie estaba tocando a lo único valioso que el economista poseía en este mundo.
—Activa el protocolo de protección patrimonial de inmediato, Gustav —ordenó Tom con una frialdad que heló la sangre del chófer del vehículo—. No me importa el coste financiero. Quiero un equipo de seguridad privada de primer nivel vigilando la planta de la UCI del Hospital Central las veinticuatro horas del día. Nadie entra ni sale de esa planta sin tu autorización digital.
—Hecho —asintió Gustav, tecleando órdenes encriptadas hacia su red de contactos de seguridad en Europa—. ¿Y qué hacemos con el periódico? Si la mafia descubre que Alie asume el control del medio, irán a por ella para destruir los archivos de la investigación antes del cierre editorial.
Tom se enderezó en el asiento de piel, y una sonrisa cruel, desprovista de cualquier rastro de compasión corporativa, se dibujó en sus facciones angulosas.
—Si esos mafiosos quieren ahogar el periódico cortando su liquidez, nosotros compraremos la deuda de El Eco Local antes de que abran los mercados mañana por la mañana —dictaminó el especialista de los números de la City de Londres—. Inyectaremos diez millones de euros en la cuenta patrimonial del medio a través de una de nuestras empresas pantalla de la Castellana. Nos convertiremos en los socios mayoritarios encubiertos. Utilizaremos todo nuestro imperio financiero, nuestra influencia internacional y tus algoritmos informáticos para blindar la vida de Alie y destruir la estructura económica de esa mafia desde sus cimientos. Esos delincuentes cometieron el error de meterse en el territorio del especialista de los números. Mañana por la tarde asistiremos a esa entrevista privada en la Castellana, Gustav. Voy a recuperar a mi ancla y voy a aplastar a cualquiera que pretenda apagar la tinta de su historia.
La berlina oscura continuó su trayecto por las calles iluminadas de Madrid bajo la fina lluvia otoñal. El desembarco financiero de Tom en España dejaba de ser una simple convención de negocios para transformarse en una cacería corporativa y de suspenso de primer orden. Los engranajes del destino internacional se habían reactivado por completo, listos para forzar la colisión de las dos almas rotas del orfanato inglés en mitad de una guerra abierta donde el amor y la sangre mafiosa se disputarían la última página del manuscrito.