Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 2
El silencio que siguió a la revelación fue tan espeso que el canto de los pájaros en los árboles circundantes parecía una burla lejana. Elizabeth sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. Miró a su padre, buscando un atisbo de defensa, una palabra de indignación ante la humillación pública de su hija mayor. Pero el duque Elias ni siquiera parpadeó; solo apretó los puños, demostrando que el acuerdo ya estaba sellado y que la vergüenza de su propia sangre importaba menos que el favor de la realeza.
—Tú... —la voz de Elizabeth salió rota, un susurro ahogado por la incredulidad y el dolor punzante que empezó a irradiar desde el centro de su pecho.
En su interior, el golpe fue infinitamente más devastador que el físico. Su loba interior, el alma indomable que la había acompañado desde su nacimiento, dio un aullido desgarrador antes de apagarse de golpe. El vínculo sagrado que la unía a su animal se fracturó como un espejo viejo; una sensación de vacío absoluto y frío caló hasta los huesos. La loba había muerto, abandonándola en el momento de mayor vulnerabilidad.
Elaine avanzó un paso más, aferrándose del brazo de Eduard con una falsa delicadeza que derrochaba triunfo.
—No lo tomes a mal, hermana —dijo Elaine, ladeando el rostro con una sonrisa fingida de pesar—. Eduard y yo siempre estuvimos destinados a gobernar juntos. Una mujer débil como tú, incapaz de asegurar el favor de la corte, habría sido una carga pesada para la corona. Nosotras solo estamos corrigiendo el error del destino.
El príncipe Eduard ni siquiera se dignó a mirarla a los ojos. Con un movimiento despectivo, dejó caer el pergamino del rechazo a los pies de Elizabeth, marcando el inicio formal de su sentencia como una paria desheredada.
—Por decreto de la corona y con el consentimiento de la Casa Ducal —proclamó Eduard con voz firme, asegurándose de que cada invitado escuchara la sentencia—, Elizabeth queda despojada de su título, de sus derechos y de la protección de su familia. Es expulsada de esta nación hoy mismo. Quien se atrevas a ofrecerle refugio o clemencia, compartirá su mismo destino.
Las miradas de desprecio de la aristocracia cayeron sobre ella como una lluvia de cenizas. Ni una sola voz se alzó en su defensa. Sus propios padres desviaron la mirada, impacientes por limpiar el apellido familiar de la desgracia.
Un instinto desesperado la hizo buscar una última tabla de salvación. Con los ojos anegados en lágrimas, Elizabeth giró el rostro hacia el estrado, buscando desesperadamente la mirada de sus padres. Suplicó en silencio, esperando que la sangre pesara más que la vergüenza, que el duque Elias o su madre diera un paso al frente para frenar aquella locura.
Pero lo único que recibió fue un desprecio gélido. Su madre apartó la vista con asco, y su padre, el duque, desvió el rostro hacia el horizonte, negándose a cruzar siquiera una sola mirada con ella.
En ese exacto instante, un dolor desgarrador, físico y visceral, estalló en el centro de su pecho. No era solo la humillación; era el vacío absoluto. Su loba interior, el alma indomable que había latido junto a la suya desde su primer suspiro, dio un último y silencioso aullido antes de apagarse para siempre. El vínculo se rompió, dejándola flotando en un abismo de frío y oscuridad.
Al notar su sufrimiento, el duque Elias dio un paso al frente, pero no para abrazarla, sino para sepultar cualquier esperanza con voz fría:
—Solo acepta tu destino, el príncipe te ha rechazado, no hay nada que se pueda hacer —dijo él sin siquiera mirarla, como si se deshiciera de una carga molesta.
Las palabras de su propio padre fueron la chispa que encendió la ceniza. El dolor se transformó en fuego puro. Elizabeth apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas, conteniendo con fiereza las ganas de romperse a llorar frente a quienes la habían traicionado. Levantó el mentón, miró fijamente al príncipe Eduard con una mirada cargada de un rencor helado y declaró con voz firme:
—Yo, Elizabeth, acepto tu rechazo.
Dicho esto, dio media vuelta y salió corriendo del altar.
Cruzó los jardines a toda velocidad, ignorando los murmullos de la alta sociedad y el eco de las risas burlonas. Sus tacones y los pesados faldones de novia estorbaban, así que se arrancó las telas rasgándola con desesperación hasta cruzar por fin las enormes puertas del palacio, dejándolo atrás.
Se adentró en los oscuros y espesos senderos del bosque, buscando perderse entre los árboles. En ese mismo instante, el cielo estalló. Una tormenta feroz se precipitó sobre el lugar, con rayos desgarrando las nubes y una lluvia helada que la empapó en segundos, mezclándose con las lágrimas ardientes que ya no pudo contener.
Corría sin rumbo, huyendo de su familia, de su pasado y de la peor de las muertes: la de su propia loba. El dolor en su pecho era un peso insoportable, una agonía que le quemaba los pulmones con cada bocanada de aire húmedo. Sus piernas comenzaron a flaquear, el cuerpo le fallaba por el agotamiento y el hambre, y el frío penetraba hasta sus huesos.
Tras una última carrera desesperada, las fuerzas la abandonaron por completo. Sus rodillas cedieron contra el lodo, el mundo a su alrededor se torció y se fundió en negro, y Elizabeth se desmayó bajo la brutal tormenta, quedando a merced de la noche y del capricho del destino.