Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.
Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.
Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.
La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.
NOVELA EXTENSA...
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Capítulo 4: Pacto de garras
Termino de cerrar la última maleta y me detengo frente al espejo. Ya no me reconozco, y esta vez no es por dolor. Es por cambio.
Me limpio la cara con firmeza, borrando cualquier rastro de las lágrimas que derramé por él. Durante años apagué mi voz, suavicé mis gestos, reduje mis sueños para que Nash Hudson pudiera brillar sin competencia. Le di mis ideas, mi nombre, mi luz… y lo único que recibí a cambio fue ser borrada.
No voy a seguir pagando esa deuda.
La mentira que solté en medio de su boda no fue un error. Fue mi primer acto de rebelión. Y ahora la voy a convertir en mi escudo. No me mudo al penthouse de Denney Callahan para esconderme. Voy para recuperar lo que me arrebataron: mi dignidad, mi voz, mi lugar. Si necesito usar su apellido como armadura, lo haré. Si debo jugar el papel de prometida perfecta para aplastar a quienes me pisotearon, aprenderé a interpretarlo mejor que nadie.
El coche de Denney llega puntual. Subo con la cabeza alta, la espalda recta, y dejo atrás la puerta de mi pequeño apartamento sin mirar atrás.
El edificio donde vive se alza sobre la bahía como una torre de cristal y acero. Cuando las puertas del ascensor se abren en el último piso, siento el peso del lugar de inmediato: suelos de mármol negro que reflejan la luz tenue, ventanales inmensos que devoran la ciudad, silencio absoluto. Todo aquí respira control, orden, frialdad. Es la residencia de un hombre que no permite que nada se le escape de las manos.
Denney me espera de pie en el centro del estudio. Viste un traje oscuro perfectamente entallado, el cabello negro peinado con precisión, esos ojos gris plateado fijos en mí como si ya estuviera calculando cada movimiento. Espera que entre cabizbaja, asustada, agradecida.
En lugar de eso, cruzo el umbral y cierro la puerta tras de mí. Camino hacia él despacio, con paso firme, sosteniéndole la mirada sin bajarla ni un instante. Veo parpadear sus pupilas, apenas una fracción de segundo. La sorpresa pasa por su rostro antes de que recupere su máscara impenetrable. No esperaba encontrarme con alguien que no se encoge ante su presencia.
—Dejé tus reglas sobre la mesa —dice, con voz baja y pausada, acercándose lo justo para marcar territorio—. Horarios, vestuario, respuestas para la prensa. Las cumples y no tendremos problemas.
Me quedo quieta, cruzada de brazos, sin retroceder ni un centímetro.
—No me mudé a tu mansión para ser tu adorno ni tu prisionera, Callahan —respondo, y mi voz no tiembla—. Si vamos a mentirle al mundo, seremos socios. Tú me das la cobertura y el peso para aplastar a Nash, y yo te doy la prometida perfecta que la prensa no va a poder destrozar.
Denney suelta una risa suave, oscura, carente de toda calidez. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo y el aroma de madera y tabaco que lo envuelve.
—Estás jugando con fuego, Lana. No estás en posición de exigir términos en mi casa.
Me mantengo firme, a centímetros de su pecho, alzando la barbilla hasta que nuestras miradas chocan de frente.
—Pruébame —susurro, desafiante—. Prefiero quemarme viva antes que dejar que otro hombre me diga cómo debo respirar.
El silencio se instala entre nosotros, denso, eléctrico. Sus ojos grises me recorren, despacio, evaluando la verdad en mis palabras. Veo cómo la frialdad calculadora se quiebra apenas, sustituida por algo más oscuro, más afilado. No hay rabia pura ahora. Hay reconocimiento.
—Nadie te ha enseñado a ladrar así —murmura, más para sí mismo que para mí—. Nash te entrenó para callar.
—Nash perdió el control —respondo—. Y tú necesitas que yo brille para que tu imagen no se queme conmigo. Si me tratas como una marioneta, se notará. La gente lo verá. Tu reputación de infalible se agrietará antes de lo que crees.
Se aparta de golpe, dándome la espalda para caminar hacia el ventanal. Las luces de la ciudad se reflejan en su perfil, marcando la línea dura de su mandíbula.
—Eres atrevida —dice, sin girarse—. Peligrosamente atrevida.
—Tú me pediste que fuera real —replico—. Una muñeca no te servirá de nada cuando ellos me ataquen. Necesitan verme viva, feroz, segura. Necesitan creer que me elegiste por algo más que lástima.
Se gira entonces, y su mirada ya no es la de un amo mirando a una posesión. Es la de un estratega que acaba de ver una jugada que no había contemplado.
—Bien —asiente, despacio—. Alianza. Pero escúchame bien: no soy Nash. No te dejaré pisarme, ni te protegeré si te equivocas. Esto tiene reglas. Y si las rompes, caerás sola.
—No esperaba otra cosa —respondo.
Extiendo la mano. Él la toma, sus dedos largos y firmes rodeando los míos con un agarre que promete tanto protección como cadena.
—En público —establece, su tono seco y preciso—, somos inseparables. Tocaré tu cintura, te miraré como si fueras lo único que existe, te defenderé de cualquiera. La farsa debe ser perfecta. Nadie puede sospechar que hay un trato detrás.
—De acuerdo —digo—. Y en privado?
—En privado —sus ojos se clavan en los míos—, mantendremos las distancias. Tendrás tu espacio, tu independencia, tu trabajo. Pero si algo amenaza el nombre Callahan, respondes a mí. Sin excusas, sin retrasos.
—Y si Nash intenta acercarse? —pregunto, sintiendo el nombre en la lengua como algo amargo.
Denney aprieta mi mano apenas, un gesto de posesión fría y definitiva.
—No le dejaré llegar a ti. Eso te lo aseguro. Pero tú tampoco te acercarás a él por tu cuenta. Ninguna venganza en solitario. Ningún mensaje oculto. Jugamos juntos o no jugamos.
—Jugamos —confirmo.
Suelta mi mano y asiente, como si hubiéramos firmado un contrato con sangre. Justo en ese instante, su teléfono vibra sobre el escritorio. Lo toma, lee la pantalla, y una sonrisa tenue, peligrosa, curva sus labios. Me extiende el aparato.
—Hablando del diablo —dice.
Miro. Es la invitación oficial para la primera gala benéfica de la temporada. En la lista de invitados de honor: Nash Hudson y su esposa. Serán la pareja principal. Todos los ojos estarán puestos en ellos. Y en nosotros, si aceptamos.
Levanto la vista hacia Denney. No siento miedo. Siento algo distinto: fuego, frío y claro, encendiéndose en el pecho. Una sonrisa igual de afilada toma forma en mis labios.
—¿Vamos? —pregunto.
Denney me observa, y por primera vez veo algo que se le acerca a la admiración oscura en sus ojos grises.
—Vamos —responde.
Guardo el teléfono. Durante años le permití a Nash Hudson escribir la historia de mi vida, marcando mis límites y dirigiendo mi caída. Mientras miro a Denney Callahan a los ojos y estrecho su mano para cerrar el trato, sé que el juego ha cambiado. Ya no soy la víctima en el escenario. Ahora soy la jugadora sosteniendo las cartas. Y estoy lista para hacerlos arder a todos.