Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 7 — No me digas tío
La fiebre de Marcos seguía alta. Ya había pasado bastante tiempo y él todavía se sentía mal. Yo no me había despegado de su lado porque me preocupaba verlo así.
Estaba acostado en la cama, arropado hasta el pecho, con los ojos medio cerrados. De vez en cuando temblaba un poquito y después volvía a quedarse quieto.
—Tío, ¿cómo se siente?
Él abrió los ojos lentamente.
—Un poquito mejor.
—¿Seguro?
—Sí, Daniela.
Le toqué la frente.
—Todavía está caliente.
—Ya se me va a pasar.
—No sea terco, pues.
Él sonrió débilmente.
—Usted sí manda mucho.
—Alguien tiene que mandarle, porque usted no se cuida solo.
—Eso parece.
Le acomodé la almohada.
—¿Quiere agua?
—Sí, por favor.
Le pasé el vaso y tomó unos tragos.
—Gracias.
—De nada.
Me senté nuevamente al lado de la cama.
Aunque estaba enfermo, Marcos seguía tratándome bonito. No estaba de mal genio ni nada por el estilo. Incluso cuando le decía que descansara, me respondía con paciencia.
Después de unos minutos, lo miré.
—Tío...
Él abrió los ojos.
—¿Qué?
—¿Necesita algo más?
Se quedó mirándome unos segundos.
—Sí.
—¿Qué?
Respiró profundamente.
—Que no me diga así, por favor.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Tío.
Me quedé completamente quieta.
—¿Por qué?
Marcos apartó la mirada.
—No sé.
—Pero si siempre le he dicho así.
—Ya sé.
—Entonces, ¿qué pasa?
Se quedó callado.
—Simplemente... no quiero que me diga así.
—¿Y cómo quiere que le diga?
Me miró otra vez.
—Marcos.
Sentí algo extraño en el pecho.
—¿Marcos?
—Sí.
—Pero se va a escuchar raro.
—¿Por qué?
—Porque toda la vida le he dicho tío.
Él suspiró.
—Lo sé, Daniela.
—Entonces no entiendo.
Se quedó mirando hacia el techo.
—Hay cosas que cambian con el tiempo.
No supe qué responder.
Me quedé observándolo.
—Pero usted sigue siendo usted.
—Sí.
—Y yo sigo siendo yo.
—También.
—Entonces, ¿por qué no puedo decirle tío?
Marcos cerró los ojos por unos segundos.
—Porque ya no quiero que me vea de esa manera.
Sentí que el corazón me empezó a latir más rápido.
—¿De qué manera?
Abrió los ojos.
Nos quedamos mirándonos.
—Como alguien de la familia.
No dije nada.
Por unos segundos ninguno de los dos habló.
Yo sabía perfectamente que Marcos no era mi tío de verdad. Nunca había tenido mi sangre ni había existido un parentesco entre nosotros.
Pero esa palabra llevaba años formando parte de nuestra relación.
—Está bien —dije finalmente.
—¿Qué?
—No le voy a decir tío.
Él respiró tranquilo.
—Gracias.
—Pero va a ser raro.
—Nos vamos a acostumbrar.
—¿Entonces cómo le digo?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Marcos está bien.
—Bueno... Marcos.
Él me miró.
—¿Sí?
—Nada.
Me dio pena y bajé la mirada.
—Qué raro se siente decirle así.
—A mí también.
Nos quedamos en silencio.
Yo jugueteé con mis dedos mientras pensaba en lo que acababa de pasar.
Por primera vez, Marcos me había pedido directamente que dejara de llamarlo “tío”.
Y aunque parecía una cosa pequeña, para mí significaba muchísimo.
Porque esa palabra siempre había sido la barrera que separaba lo que todos creían de la realidad.
Él no era mi tío.
Nunca lo había sido.
Era el mejor amigo de mi mamá.
Y ahora acababa de pedirme que lo llamara por su nombre.
—Marcos.
—¿Qué?
—¿Quiere que me quede aquí?
Me miró con una expresión tranquila.
—Sí.
—Bueno.
Volví a sentarme junto a él.
—Entonces descanse.
—Voy a intentar.
—Y no se vaya a levantar.
—Está bien, doctora.
Solté una risita.
—Todavía no soy doctora.
—Pero ya parece una.
—Pues alguien tiene que cuidarlo.
Él cerró los ojos.
—Gracias, Daniela.
—De nada.
Y mientras él se quedaba dormido, yo seguí sentada a su lado.
Solo había una cosa que no podía dejar de pensar.
Desde ese momento, ya no debía llamarlo tío.
Debía llamarlo Marcos.
Y no sabía por qué, pero sentía que aquella pequeña palabra podía cambiar muchas cosas entre nosotros.