A los veinte años, Wren Ashford tiene una vida perfecta sobre el papel: un apellido poderoso, un novio encantador y una familia que solo exige una cosa: que no arruine nada. Lo que nadie sabe es cuánto desea ella justo lo que no debería tener.
Una foto enviada por error lo cambia todo. En vez de llegar a su novio, aterriza en el teléfono de Weston Sinclair: el hombre más frío e intocable que conoce, dueño de un imperio tecnológico… y prometido de su hermana mayor.
Él podría destruirla con un solo mensaje. En cambio, le propone un trato.
Lo que empieza como un secreto para sobrevivir se convierte en un juego peligroso de miradas robadas, encuentros a puerta cerrada y una atracción que ninguno de los dos puede apagar. Cada regla que rompen los acerca más al abismo: si los descubren, no pierden solo un romance, pierden a sus familias, sus planes y la vida cuidadosamente construida de Wren.
Pero cuanto más finge que puede parar, más claro le queda la verdad: lo prohibido no fue un accidente. Lo eligió a propósito.
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Capítulo 21: La invitación
Tras varias noches tranquilas, Wren lo contactó primero. Se dijo que solo quería saber si estaba ocupado.
Él no había enviado ni un punto. Ella siguió revisando el teléfono hasta que perdió el hilo del libro de texto y tuvo que empezar el mismo párrafo de nuevo.
Mucho después de la hora en que debía haberse dormido, abrió la aplicación. La cerró sin escribir, luego la abrió otra vez y envió un punto. Ya estaba avergonzada antes de que el mensaje siquiera llegara.
La solicitud de videollamada de él llegó casi de inmediato. Así que estaba despierto. Se preguntó por qué no la había llamado.
Wren contestó con el rostro dispuesto en aburrimiento. La ceja arqueada de Weston la hizo preguntarse por qué se había molestado.
Él estaba sentado a un escritorio, con una camiseta negra y el cabello aún húmedo. Seguramente había vuelto directo al trabajo después de bañarse.
—Me mandaste llamar —dijo.
—Mandé signos de puntuación.
—Eso es lo que significan los signos de puntuación.
La mirada de él bajó.
—Estás en la cama.
—Es pasada la medianoche. Ahí es donde va la gente.
—No vestida así.
Wren echó un vistazo al camisón de seda que había elegido y luego fingió no haber elegido.
—Es noche de lavado.
—Mentirosa.
Apretó el teléfono un poco más fuerte, sin saber cómo responder.
—Si estás ocupado…
—No lo estoy.
Había esperado que dijera que sí. Ahora no sabía qué decir.
Weston se recostó.
—La puerta.
Ella la cerró con llave.
—La luz encendida.
—No.
—La luz encendida, Wren.
Ella encendió la lámpara de la mesita. El círculo cálido atrapó la seda, la piel desnuda de sus muslos, el libro de texto que había abandonado, el rostro que no lograba mostrar tan despreocupado como quería.
—La cámara más lejos.
—¿Por qué?
—Porque esta noche quiero verte toda.
Ella se recostó contra las almohadas, de pronto nerviosa.
—Ya me has visto toda.
—Así no.
Había esperado otra llamada como la anterior. Y él ya pedía más.
Wren apoyó el teléfono contra una pila de libros sobre la silla del escritorio y se sentó de nuevo en la cama.
Él observó mientras ella acomodaba el teléfono. Ella revisó la pequeña vista previa de sí misma y enseguida deseó no haberlo hecho.
—Quítatelo.
Ella llevó la mano al borde del camisón.
—Despacio.
Wren se detuvo.
—¿Ensayas ser insoportable?
—¿Ensayas fingir que no te gusta?
Dejó de discutir y volvió a llevar la mano al borde.
Subió la seda centímetro a centímetro. El aire fresco se deslizó sobre su vientre, luego sobre sus costillas, luego sobre sus pechos. Lo arrojó a un lado y se quedó ahí, desnuda de la cintura para arriba, tratando de parecer menos avergonzada de lo que estaba.
Lo oyó exhalar y levantó la vista a la pantalla.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Las manos en las rodillas.
Ella obedeció.
—Ábrelas.
Se le cerró la garganta.
—Weston.
—Tú me llamaste.
Quería decirle que llamar no era lo mismo que aceptar todo lo que él pidiera. En vez de eso, miró hacia la puerta cerrada con llave. Abrió las rodillas.
—Más.
—Si Coco vuelve…
—Cerraste con llave.
—Ella tiene llave.
—Entonces paramos cuando la oigas.
Wren separó más las piernas. La mirada de Weston se volvió muy quieta.
—Primero tócate los pechos.
—No tienes permitido sonar tan tranquilo.
—¿Te ayudaría si no lo estuviera?
Se ahuecó las manos sobre sí misma, porque negarse ahora demostraría más que obedecer. Sus pezones se endurecieron bajo las palmas. Se pellizcó uno como a él le gustaba hacerlo, y el placer chispeó lo bastante agudo como para alterarle la respiración.
—Más fuerte.
Ella lo hizo.
—Di mi nombre.
—Weston.
—Sin actuación.
Sus ojos subieron a la pantalla. No le quedaba sonrisa alguna.
—Weston.
La mano de él salió del cuadro. Wren vio moverse su hombro, complacida de haberlo hecho moverse por fin.
—¿Te estás tocando? —preguntó.
—Sí.
Wren alcanzó el teléfono y lo acercó.
—Entonces déjame ver.
La mirada de Weston se afiló.
—Llamaste para que te miraran.
—Cambié los términos.
Por un momento pensó que se negaría solo porque ella lo había pedido. Luego él se recostó y bajó la cámara.
Su camiseta negra estaba subida lo suficiente para mostrar la línea dura de su vientre. Tenía el pantalón abierto. Su mano se movía sobre su verga despacio, la punta resbaladiza bajo el pulgar.
Wren olvidó la expresión ingeniosa que había estado luciendo.
—¿Satisfecha? —preguntó él.
—Ni por asomo.
La respuesta prestada le apretó el puño. Dejó la cámara donde estaba.
Ahora ella podía ver qué le hacía cada sonido. Cuando se pellizcaba el pezón, la mano de él se movía más rápido. Cuando abría más los muslos, él arrastraba el pulgar sobre la punta y exhalaba entre dientes.
Había algo más íntimo en que él la dejara mirar que en todas sus órdenes. Sin traje. Sin escritorio de por medio. Sin ninguna versión plausible en la que ella no lo tocara.
La vez anterior solo la había dejado ver un vistazo antes de apartar la cámara. Ahora la dejaba ahí. Los dedos de ella se deslizaron más abajo.
—Todavía no —dijo él.
Ella se detuvo justo antes de tocarse y volvió a mirar la pantalla.
—Bien.
—No.
—Te lo ganaste.
El elogio le hizo temblar los muslos.
—No quiero ganarme nada de ti.
—Mentirosa.
Ella soltó una risa, sin aliento y furiosa.
—Necesitas material nuevo.
Él casi sonrió. Ella esperó a que dijera algo más.
Wren lo observó, preguntándose si él pensaba en ella después de estas llamadas. Había empezado a retrasar el sueño por si él quería hablar.
Eso no era lo que habían acordado. Se suponía que ella tenía una vida aparte de él, y últimamente no dejaba de interrumpirla para revisar el teléfono.
—¿En qué piensas? —preguntó Weston.
—En que esto es un inconveniente.
—Qué eufemismo.
—En que debería parar.
La expresión de él no cambió, pero habló más bajo.
—¿Quieres?
Wren tragó saliva.
—No.
Ojalá no hubiera respondido tan rápido. Weston guardó silencio el tiempo de una respiración.
Luego, con suavidad:
—Entonces no pares.
La mano de ella fue entre sus muslos. Esta vez él la dejó.
Le decía cuándo ir más despacio y cuándo hacer más presión, callado mientras ella intentaba seguirlo. Cuando le pidió que se metiera dos dedos, ella siguió mirándolo.
Cumplió sus instrucciones, mirándolo a él en vez de a la puerta. Por un rato, olvidó preocuparse por que Coco volviera.
—Di lo que quieres —dijo Weston.
—Esto.
—No.
Le tembló el aliento.
—A ti.
—Mejor.
—Te quiero a ti.
Él aferró el borde del escritorio. Verlo la hizo temer menos haber dicho demasiado.
—Muéstrame cuánto —dijo.
Wren deslizó los dedos más adentro y los abrió, la palma frotando contra su clítoris. En la pantalla, Weston igualó su ritmo con el puño. La imagen convirtió la llamada en algo compartido y peligroso: cada uno solo, cada cuerpo respondiendo al otro a través de la ciudad.
Unas llaves tintinearon al otro lado de su puerta.
Wren se detuvo tan de golpe que el placer dolió.
—¿Wren? —llamó Coco a través de la madera—. Me dejaste afuera.
La mano de Weston se quedó quieta en la pantalla.
Wren agarró la sábana y se la subió hasta la cintura.
—Un minuto. Me estoy cambiando.
—¿A la una de la mañana?
—Noche de lavado.
Coco masculló algo sobre mentirosas y caminó hacia el baño al fondo del pasillo.
Wren miró fijo a Weston.
—No —susurró.
—Tienes quizá cuarenta segundos.
—Estás loco.
—Termina la llamada.
Podía hacerlo. En vez de eso, volvió a apoyar el teléfono contra los libros y metió la mano bajo la sábana.
El control de Weston se quebró visiblemente entonces. Echó la cabeza atrás, la mano moviéndose más rápido mientras ella se tocaba en el intervalo robado, ambos atentos al regreso de Coco.
—Acaba —dijo él.
Wren lo hizo. Volvió el rostro hacia la almohada para no hacer ruido, el cuerpo retorciéndose mientras el orgasmo se apoderaba de ella.
Weston acabó con ella. Vio su puño frenar y su vientre tensarse, vio el líquido rayarle la piel antes de que llevara la cámara de vuelta hacia su rostro. Su respiración estaba tan destrozada como la de ella.
La puerta del baño del pasillo se abrió.
Wren arrastró la sábana hasta la barbilla.
—Tengo que dejarla entrar.
Cuando volvió a mirar, Weston tenía una mano apoyada en el escritorio, la cabeza inclinada, la respiración áspera.
Quiso alcanzarlo. En vez de eso, terminó la llamada, se puso la sudadera y fue a abrir la puerta.
Coco esperaba con su neceser.
—Vaya cambio largo.
—No encontraba nada limpio.
Coco miró la ropa sobre la cama. Wren la recogió antes de que su compañera pudiera comentar.
El teléfono se le iluminó mientras se metía de nuevo bajo la sábana.
*Weston:* Ven a verme mañana en la noche. A las diez. Un auto te recogerá afuera.
Wren echó un vistazo al otro lado del cuarto. Coco se había puesto los audífonos y había abierto su laptop.
*Wren:* Tengo una vida.
*Weston:* Dime si las diez no te sirven.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono.
*Wren:* ¿Dónde?
Un segundo mensaje contenía una dirección, instrucciones de entrada y un código de acceso temporal.
La primera línea era EL NIDO — SOLO ELEVADOR SUR.
*Wren:* ¿Tu departamento?
*Weston:* Quiero que pases la noche.
Su departamento. Lo había visto en hoteles, en un auto, en su propia habitación. Nunca había estado en un lugar donde él viviera de verdad.
Wren miró su libro de texto, luego de nuevo el teléfono. Había esperado que se lo pidiera, pero una noche entera en su departamento era más de lo que se había permitido imaginar.
*Wren:* Si voy, no cambia nada.
*Weston:* Entonces no vengas.
Todavía podía decir que no. En vez de eso, leyó la dirección otra vez.
*Wren:* Las diez está bien.
Se quedó con el teléfono en la mano, escuchando a Coco teclear.
Guardó la dirección antes de apagar la lámpara.