Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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22. Capítulo 22
El Vestido, los Jueces del Drama y la Villana en "Tinto"
La mañana en la afamada y ultralujosa boutique “L'Elegance de Paris” comenzó con una reunión de emergencia del gerente con todo su personal. El hombre, vistiendo un traje a la medida y con la frente perlada de sudor, les dio una instrucción clara a los empleados: "Atención todos. Hoy vienen los Mercier. Escondan las vasijas de cristal fino, aseguren los espejos y preparen el café más fuerte que tengamos en la cocina".
Minutos después, la puerta de cristal de la boutique se abrió y entró Isabela. Venía hermosa, aunque un poco nerviosa, pero lo que verdaderamente hizo que el gerente tragara saliva fue su séquito de acompañantes.
A un lado venía Doña Helena, luciendo un abanico de plumas doradas gigantes y unos lentes de sol en pleno espacio cerrado. Y al otro lado venía Don Arturo... quien traía bajo el brazo un set de carteles de madera numerados del 1 al 10, exactamente igual a los que usan los jurados en las competencias de patinaje sobre hielo.
—¡Abran paso a la corte real! —anunció Arturo con voz atronadora, instalándose en el sofá de terciopelo más grande del local y cruzando la pierna con elegancia—. ¡A ver, jovencito! —le dijo al gerente—. Que comience el desfile de vestidos. Y más les vale que el primer diseño no parezca una cortina de baño o sacaré el cartel del '0' sin piedad.
Isabela se metió al vestidor privado entre risas. Diez minutos después, la cortina de seda se abrió y salió luciendo el primer vestido: un diseño estilo sirena, pegado al cuerpo, lleno de incrustaciones de encaje francés y una cola larguísima.
El gerente suspiró fascinado, pero Don Arturo ni siquiera sonrió. Levantó con lentitud un cartel que tenía un "4" pintado en negro.
—¡Cero elegancia para el movimiento, mi vida! —sentenció Arturo moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Mija, pareces un camarón elegante metido en una funda! Demasiado apretado. Si te da por estornudar durante la misa, un botón va a salir disparado como un misil y le va a sacar un ojo al fotógrafo. ¡Descartado! ¡Siguiente!
Helena, por su parte, sacó una cinta métrica dorada que traía en su bolso y se acercó a Isabela para examinar la tela.
—¡Le falta brillo, Arturo tiene razón! —protestó Helena indignada—. ¡Isabela, tú eres una Mercier! Si cuando entras a la iglesia los invitados no tienen que taparse los ojos por el resplandor de las lentejuelas, entonces no estamos haciendo bien nuestro trabajo.
Isabela se reía tanto que tuvo que agarrarse del vestidor para no caerse. Volvió a entrar y probó con un segundo vestido: una prenda gigante con capas y capas de tul que la hacían parecer una nube flotante.
Arturo levantó el cartel del "2".
—¡Pareces un merengue de limón gigante! —gritó Arturo—. Si Mateo te quiere dar un beso en el altar, va a tener que usar una escalera o un tenedor largo para encontrarte entre tanta tela. ¡Siguiente!
Mientras Isabela estaba adentro probándose el tercer vestido, la puerta principal de la boutique se abrió con un campanilleo.
Entró Regina. Luciendo un traje sastre blanco inmaculado, tacones de aguja que sonaban como martillazos contra el piso y, de la manera más sospechosa y provocativa del mundo, traía en la mano derecha una copa de cristal llena hasta el borde con vino tinto bastante oscuro.
—¡Vaya, vaya! Qué coincidencia tan... encantadora —dijo Regina con una sonrisa venenosa, caminando lentamente hacia la zona de los espejos—. Escuché que la futura "señora Mercier" estaba buscando su disfraz de novia y quise venir a dar mi opinión de experta.
Doña Helena se levantó del sofá como un resorte, abanicándose con furia.
—¡Mira quién llegó! La 'Inspectora Ramona' del supermercado —se burló Helena sin pelos en la lengua—. ¿Qué haces aquí con esa copa de vino, arpía? ¡Aquí no estamos en un bar de mala muerte!
—Solo quería desearle suerte a Isabela... —respondió Regina fingiendo dulzura mientras se acercaba a la cortina del vestidor—. Y tal vez darle un poco de "color" a su día.
En ese preciso segundo, la cortina se abrió e Isabela salió luciendo un vestido de seda blanca pura, sencillo, elegante, que caía como agua sobre su figura. Era una obra de arte.
A Regina se le llenaron los ojos de envidia. Apretó la copa de vino y, fingiendo tropezar torpemente con el borde de la alfombra, lanzó todo el líquido rojo directamente hacia el pecho del vestido blanco de Isabela.
—¡Uy, qué torpe soy! —gritó Regina actuando.
Pero Regina olvidó por completo con quién estaba tratando. Don Arturo, que había estado observando cada movimiento de la villana desde el sofá, reaccionó con la velocidad de un felino.
—¡OPERACIÓN ESCUDO NACIONAL! —bramó Arturo a todo pulmón.
Arturo agarró una bandeja de plata maciza que llevaba un mesero con tazas de té, se lanzó hacia adelante y la atravesó en el aire como si fuera el mismísimo Capitán América bloqueando un ataque.
¡ZAS!
El chorro de vino tinto chocó de lleno contra la bandeja de plata y, por las leyes inevitables de la física y la venganza divina, ¡rebotó completito y salió disparado hacia atrás, cayendo en toda la cara, el pecho y el traje blanco de Regina!
El silencio en la boutique fue absoluto por un segundo.
Regina se quedó congelada, chorreando vino tinto por la nariz, las pestañas postizas y la ropa blanca, pareciendo un personaje salido de una película de terror cómica.
—¡AAAAAAHHHHHH! ¡MI TRAJE DE DISEÑADOR DE TRES MIL EUROS! —chilló Regina fuera de sí, dando saltitos en el piso mientras el vino le goteaba en los zapatos.
Don Arturo bajó la bandeja de plata, se acomodó el saco del traje y levantó con orgullo el cartel del "0" justo frente a la cara de Regina.
—¡CERO! —gritó Arturo con voz triunfal—. ¡Cero puntos por puntería, cero puntos por villana y diez puntos por quedar como un payaso de circo! ¡Helena, saca el extintor de incendios, que esta mujer está echando humo del coraje!
Doña Helena no lo pensó dos veces: agarró su gran abanico de plumas doradas y empezó a abanicar a Regina con tanta fuerza que el vino de su cara terminó salpicando toda la alfombra de la boutique.
—¡Lárgate a que te pongan en remojo con cloro, víbora! —reía Helena a carcajadas—. ¡Que aquí la única que va a brillar en el altar es mi nuera hermosa!
Regina, totalmente humillada, llena de manchas rojas y llorando del coraje mientras se le corría el maquillaje, dio media vuelta y salió corriendo de la boutique, tropezándose con la puerta de salida entre las burlas de todos los empleados.
Cuando la tormenta pasó y el gerente limpió la entrada, Isabela se volvió a mirar al espejo gigante.
Lucía el vestido de seda blanca, con un velo larguísimo que flotaba con la brisa de los ventanales. Se veía imponente, dulce y radiante.
Don Arturo caminó despacio hacia ella. Guardó todos sus carteles de números en el piso. Se quitó los lentes de sol, se limpió una lagrimita que se le escapaba por la mejilla y sacó un último cartel que él mismo había dibujado con marcador dorado brillante en el que se leía: "PERFECCIÓN".
—Esa es mi muchacha —susurró Arturo con la voz llena de orgullo y emoción paternal—. Te ves hermosa, Isabela. Te juro que si Mateo no se desmaya del amor cuando te vea entrar a la iglesia, yo mismo le doy un pisotón para que caiga al suelo.
Isabela sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de felicidad. Acarició la tela de su vestido y miró a sus suegros a través del espejo. Ya no había dudas, ni sombras del pasado, ni miedos. Tenía a su lado al hombre que amaba y a la familia más loca, protectora y maravillosa del mundo.