Alessia es hielo, poder y control absoluto. Tras la sospechosa muerte de su padre, dirige un imperio multimillonario donde no se permiten las debilidades. Matteo es un genio informático humilde y brillante, un becado universitario ajeno a la crueldad de la alta sociedad. Dos mundos opuestos que colisionan en una alianza digital inquebrantable... y una atracción posesiva que ninguno puede frenar.
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Capítulo 5: El Nuevo Mundo y las Sudaderas
El fin de semana pasó rápido. Gracias a la gestión inmediata de Alessandro, Matteo se había mudado a un espectacular departamento en la zona de Brera. El lugar era minimalista, enorme y lujoso, pero Matteo se sentía un astronauta en un planeta extraño: lo único que había desempacado eran sus apuntes y su vieja computadora armada con piezas de la basura, que lucía desubicada sobre la mesa de mármol del comedor. No había comprado nada más, simplemente porque no tenía un solo euro en el bolsillo hasta recibir su primer sueldo.
El lunes por la mañana, la rutina de Matteo se volvió un caos geográfico. Tenía que asistir a la universidad por las mañanas, de 8:00 a.m. a 12:00 p.m., para cursar las últimas materias de su carrera de ingeniería de software, y luego cruzar Milán a toda prisa para cumplir con su horario en Romano Technologies de 1:30 p.m. a 6:30 p.m.
A la 1:30 p.m. exacta, Matteo llegó corriendo al piso cuarenta. Al bajarse del ascensor, los empleados se le quedaron mirando con extrañeza. El flamante Director de Ciberseguridad vestía su ropa común de estudiante: su habitual sudadera gris gigante, tres tallas más grande, pantalones muy desgastados y su mochila vieja de la universidad al hombro. No tenía dinero para trajes costosos, así que caminaba con su porte orgulloso e intelectual intacto, aunque con la cabeza baja por la timidez.
Alessia salía de su oficina luciendo impecable, con su figura estilizada y su melena amarilla brillante. Al verlo llegar así de fatigado y con esa ropa, se detuvo en seco. Los nervios de Matteo se dispararon al recordar el beso del viernes; sus mejillas se tiñeron de rojo al instante y se acomodó los anteojos torpemente.
—B-buenos días... perdón, buenas tardes, Signorina Romano —saludó en un susurro, intentando pasar de largo hacia su laboratorio—. Vengo directo de la facultad, por eso la mochila...
Alessia lo miró de arriba abajo con una sonrisa atrevida y divertida. Le pareció admirable su esfuerzo por terminar la universidad, pero sabía que para enfrentarse a los tiburones como Carlo Bianchi, el chico necesitaba una armadura.
—Deja la mochila en tu oficina, Matteo —le dijo ella con elegancia, acercándose lo suficiente para ponerlo nervioso—. Sé perfectamente que tu horario universitario es sagrado, y aquí lo vamos a respetar. Pero hoy, tu primera tarea de la tarde es conmigo.
—¿P-pasa algo malo con el sistema? —preguntó él con ingenuidad y temor.
—El sistema está perfecto. El problema es tu clóset —bromeó Alessia—. Vamos a salir. Te invito al centro comercial, es hora de que tengas un cambio de look digno del genio universitario que eres. No puedes ir a clases ni venir aquí con esa sudadera rota.
Matteo abrió los ojos de par en par, asustado ante la idea de ir de compras a solas con una mujer tan magnética, pero incapaz de negarse a su invitación aún sintiéndose sumamente nervioso por estar solo los dos.