**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 22
El rugido del exterior era el de un monstruo prehistórico intentando arrancar las lonas de raíz. El viento azotaba el pelo de camello con una violencia rítmica, ensordecedora, que hacía temblar los postes de madera que sostenían la estructura. Dentro de la tienda beduina, el aire estaba suspendido en una penumbra ocre, denso por el polvo flotante y cargado de una electricidad tan pura que erizaba los vellos de mis brazos.
Me quedé de rodillas sobre una alfombra de lana rústica, desgastada por el tiempo, intentando recuperar el aliento. Tenía la garganta seca, rasposa por la arena, y el pecho subiendo y bajando con fuerza bajo la camisa de lino blanco.
La lona de la entrada se sacudió violentamente y la silueta masiva de Zayd se coló en el habitáculo, sellando la abertura detrás de sí con un pasador de madera pesada. El silencio del interior, aunque relativo por el estruendo exterior, nos envolvió como una mortaja.
Zayd se quedó de pie, jadeando levemente. El polvo del desierto cubría sus hombros y se había adherido a la capa de sudor que recorría su torso desnudo, dándole un aspecto salvaje, casi primario. Sus ojos ámbar brillaron en la oscuridad de la tienda al clavarse en mí. No había sirvientes, no había consejeros, no había abogados ni un imperio financiero que proteger. Éramos solo un hombre, una mujer y la tormenta.
—¿Estás bien? —su voz de barítono profundo sonó más ruda que de costumbre, rasgada por la arena.
—Sí —respondí, poniéndome en pie con un temblor en las piernas que me costó ocultar—. Los caballos... ¿estarán a salvo?
—Están resguardados en el recodo de la roca. Las lonas exteriores los protegen. Son animales del desierto, Serena. Saben cómo sobrevivir a esto. La pregunta es si tú sabes cómo hacerlo.
Caminó hacia el centro de la tienda. El espacio era reducido, apenas unos cuatro metros cuadrados cubiertos de alfombras bereberes tejidas a mano y unos cuantos cojines de cuero ajados por los años. En una esquina, un pequeño cuenco de hierro contenía restos de carbón apagado, pero no había madera para encender un fuego.
A medida que el sol terminaba de ocultarse tras la muralla de polvo exterior, la temperatura del desierto comenzó a hacer lo que siempre hace al caer la noche: desplomarse de forma drástica. El calor sofocante de la tarde se evaporó en cuestión de minutos, sustituido por un frío glacial que se filtraba por las rendijas de la lona.
Un escalofrío violento me sacudió el cuerpo. Crucé los brazos sobre el pecho, frotando mis antebrazos a través del lino de la camisa.
Zayd lo notó. Se desabrochó los puños de la camisa de lino negra que llevaba abierta y se la quitó por completo, arrojándola sobre uno de los cojines. Se quedó únicamente con los pantalones de montar. Ver la perfección de su musculatura, la tensión de sus abdominales y las cicatrices sutiles que decoraban su piel bronceada me provocó una oleada de calor interna que contrastaba peligrosamente con el frío de la tienda.
—Ven aquí —ordenó con suavidad, pero con esa inalterable cadencia dictatorial.
—Estoy bien —mentí, con los dientes empezando a chocar por el frío.
—Serena, no voy a jugar al orgullo contigo mientras la temperatura baja a cero grados. En el desierto, el frío de la noche mata con la misma facilidad que el sol del mediodía. Ven aquí. Es una orden médica, si necesitas una maldita excusa para tu ego.
Dio dos pasos hacia mí, me tomó de las manos y me arrastró hacia la esquina más resguardada, donde un montón de mantas de lana pesada descansaban sobre los cojines de cuero. Se sentó contra la pared de roca de la tienda y tiró de mí, obligándome a sentarme entre sus piernas, de espaldas a su pecho.
El impacto del contacto físico me dejó sin aliento. Su pecho desnudo y ardiente se pegó contra mi espalda a través de la fina seda de mi camisa de lino blanca. Sus brazos, macizos y protectores, se envolvieron alrededor de mi cintura, tirando de mí hacia atrás hasta que mis caderas encajaron perfectamente contra su pelvis. Zayd tomó una de las mantas pesadas con la mano libre y nos cubrió a ambos hasta los hombros.
—No te muevas —susurró contra mi nuca. Su aliento caliente me erizó la piel, enviando un latigazo directo a mi entrepierna—. Comparte el calor. Es lo único que nos mantendrá calientes hasta que la tormenta pase.
Intenté mantener el cuerpo rígido, resistiéndome a la abrumadora sensación de seguridad que me transmitía estar envuelta por su anatomía. Pero el frío exterior era implacable, y la tentación de derretirme contra su calor era demasiado grande. Poco a poco, mis músculos cedieron. Me recliné hacia atrás, apoyando la cabeza en el hueco de su hombro, sintiendo el latido rítmico, poderoso y acelerado de su corazón contra mis omóplatos.
El silencio se prolongó durante lo que parecieron horas, roto solo por el silbido del viento contra la lona. La cercanía forzada comenzó a transformar el frío en otra cosa. Una tensión densa, erótica y asfixiante se instaló en el espacio que compartíamos.
Con cada respiración de Zayd, su pecho se expandía contra mi espalda, frotando mis pechos de una manera sutil que hacía que mis pezones se endurecieran peligrosamente bajo el lino blanco. Su mano grande, depositada sobre mi vientre por encima de la manta, comenzó a moverse con una lentitud tortuosa. Sus dedos largos trazaban círculos perezosos, ascendiendo milímetro a milímetro hacia la base de mis costillas.
Sentí una pulsación húmeda y caliente en mi centro, un deseo salvaje que se alimentaba del encierro y de la vibración animal que emanaba de él. Su virilidad, aprisionada en los pantalones de montar, comenzó a reaccionar ante la presión de mis glúteos contra su pelvis, expandiéndose y endureciéndose hasta convertirse en una barra de acero que se clavaba directamente en la base de mi columna.
Zayd soltó un gruñido bajo, un sonido rudo que vibró en mi propio pecho. Separó los labios de mi nuca y ascendió por la línea de mi cuello, rozando mi piel con su barba de tres días, deteniéndose justo debajo de mi oreja.
—Estás ardiendo por dentro, Serena —susurró, y su voz era una caricia de lija—. Tu piel está fría, pero puedo sentir cómo tu pulso se acelera cada vez que mis dedos suben un centímetro. Me tienes miedo, pero me deseas tanto como yo a ti.
Apreté los dientes, aferrándome a la lona de la manta para no girarme y devorarle la boca. La disciplina de hierro que él había impuesto la noche anterior, prometiendo no tocarme hasta la boda, estaba a punto de saltar por los aires bajo el peso de la tentación.
—No te tengo miedo a ti, Zayd —respondí, y mi voz sonó quebrada, un murmullo que apenas compitió con el viento exterior.
—¿Ah, no? —su mano en mi vientre subió un poco más, colándose por debajo del dobladillo de mi camisa de lino blanca, entrando en contacto directo con la piel desnuda de mi abdomen. Su palma ruda me hizo temblar—. Entonces explícame por qué tiemblas así. Explícame por qué peleas tanto cada vez que te miro. Si esto fuera solo un contrato por la deuda de tu padre, bajarías la cabeza, firmarías los papeles y dejarías que el tiempo pasara. Pero tú peleas como si estuvieras defendiendo tu vida. ¿De qué huyes, Serena?
La pregunta se clavó en mi mente, abriendo la compuerta de una verdad que había estado intentando enterrar desde que pisé este desierto. Miré la penumbra de la tienda, sintiendo el calor de su mano ascendiendo hacia la base de mis pechos, rozando el contorno inferior de mi busto desprovisto de sostén. Estábamos al límite de la explosión. Un movimiento más y la tela roja del pecado de la noche anterior parecería un juego de niños comparado con lo que nos haríamos en esta alfombra rústica.
El orgullo neoyorquino que tanto presumía se desmoronó, dejándome expuesta en mi forma más pura e indefensa.
—Huyo de lo que me haces sentir —confesé, y las palabras escaparon de mis labios como un suspiro doloroso, un gancho directo a su control.
Zayd detuvo el movimiento de su mano en seco, justo debajo de mi pecho. Sentí cómo su respiración se contenía.
—Esa noche en Nueva... en la suite del *The Peninsula* —continué, las lágrimas de frustración agolpándose en mis ojos pero negándose a caer—, no huí porque fueras un Jeque o porque tuviera miedo de tu dinero. Huí porque nunca en mi vida nadie me había mirado de la forma en que tú lo hiciste. Nadie había tomado el control de mi cuerpo y de mi mente con tanta facilidad. Me entregué sin reservas porque me hiciste olvidar quién era, de dónde venía y cuáles eran mis problemas. Y eso me aterrorizó, Zayd. Me dio pánico pensar que un completo extraño pudiera tener tanto poder sobre mí con solo una noche. Por eso puse barricadas, por eso uso vestidos rojos y por eso te desafío... porque si dejo de pelear, si me entrego a lo que siento cuando me tocas, sé que estaré completamente perdida en tu mundo.
El silencio que siguió a mi confesión fue absoluto. El viento exterior pareció disminuir su intensidad, como si el desierto mismo estuviera esperando la respuesta del Emir.
La mano de Zayd, que descansaba bajo mi camisa, se cerró con una firmeza posesiva alrededor de mi costillar. Sentí el calor de su cuerpo intensificarse a mi espalda, una vibración salvaje que me indicó que mis palabras habían destrozado la última barrera de su implacable autodisciplina.