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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

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Capítulo 16

Capítulo 16: Volver el arma contra su dueño

Cinco días. Eso fue todo lo que tardó la conspiración en mostrar sus garras.

Bianca llegó al amanecer del quinto día con el rostro tenso y un paquete envuelto en tela negra. Lo depositó sobre el escritorio de Serena como quien deposita una serpiente muerta.

—Las encontré, señora. Las cartas falsificadas.

Serena desenvolvió el paquete con dedos firmes. Tres cartas, escritas en papel militar de buena calidad, con la caligrafía inconfundible del general Roland Bridge. O al menos, una imitación extraordinariamente buena de ella.

El contenido era exactamente lo que esperaba: correspondencia entre Roland y un supuesto agente del reino del norte, negociando la venta de posiciones defensivas a lo largo de la frontera. Traición militar en su forma más pura. Si estas cartas llegaban a manos del Príncipe Federico, este las presentaría ante la corte imperial como prueba irrefutable. El clan Bridge sería acusado de alta traición. Y entonces vendrían los arrestos, los interrogatorios, las ejecuciones.

Lo sabía porque ya lo había vivido.

Serena cerró los ojos y dejó que los recuerdos fluyeran. No los recuerdos cálidos de una vida anterior, sino los del calabozo: diez años de oscuridad, diez años estudiando cada documento que pudo arrancarle a sus carceleros, cada fragmento de evidencia que había destruido a su familia. Había memorizado esas cartas falsas palabra por palabra, trazo por trazo, hasta que podía recitarlas en sueños.

Y ahora las tenía frente a ella otra vez. Frescas. Recién fabricadas. Listas para matar.

—Bianca, acércame la vela.

Bajo la luz temblorosa, Serena examinó cada carta con la concentración de un general estudiando un mapa de batalla.

—Aquí. —Su uña señaló un carácter en la segunda línea de la primera carta—. El trazo descendente de la «erre» de Roland. Mi hermano la escribe con un giro hacia la derecha al final, un hábito que adquirió de niño por una lesión en el dedo índice. Esta falsificación gira hacia la izquierda. —Movió el dedo a otro punto—. Y aquí, la «ese» mayúscula. Roland conecta la curva superior directamente con el cuerpo de la letra. El falsificador las separa. Son diferencias mínimas, pero consistentes en las tres cartas. Tercer error: la presión del pluma. Roland escribe con la mano del soldado, fuerte en los trazos descendentes. Estas cartas tienen presión uniforme, la mano de un calígrafo profesional, no de un militar.

Bianca anotaba furiosamente.

—Pero hay más. —Serena tomó la segunda carta—. Aquí menciona la «Fortaleza del Nido de Águilas» como punto de entrega. Ese era el nombre antiguo. Hace dos años, cuando el ejército imperial reestructuró la frontera norte, la fortaleza fue rebautizada como «Bastión del Alba». Roland usa exclusivamente el nombre nuevo en toda su correspondencia oficial. Cualquiera que conozca sus informes militares recientes lo sabría. El falsificador usó documentos viejos como referencia.

—¿Y el sello?

Serena levantó la tercera carta y acercó el sello de cera a la llama.

—Cera de pino rojo. Se dejó de fabricar hace dos años cuando la fábrica imperial de lacre cambió su proveedor. Roland usa la cera nueva, la de resina de abeto con pigmento carmesí, que tiene un tono ligeramente más oscuro y un olor diferente. —Rascó el sello con la uña—. Esta cera es vieja. Probablemente comprada en algún mercado negro o guardada de un lote antiguo.

Se reclinó en la silla y contempló las cartas con una expresión que Bianca nunca le había visto: satisfacción helada, la de un cazador que ha encontrado la trampa del enemigo y sabe exactamente cómo desactivarla.

—Trae papel y tinta. Voy a escribirle a Roland.

La carta que compuso era un documento devastador en su precisión. Cada error enumerado, cada inconsistencia catalogada, cada prueba de falsificación detallada con la claridad de un informe forense. Al final, añadió instrucciones:

«Hermano: busca en los archivos militares toda tu correspondencia oficial del último año. Convoca a los peritos calígrafos del Ministerio de Guerra para que certifiquen tu escritura auténtica. Prepara las verificaciones, pero NO interceptes las cartas falsas. Deja que lleguen a su destino. Que las entreguen. Cuando las presenten como prueba, las destruiremos en público.»

«Vamos a volver su propia arma en su contra.»

Selló la carta con el anillo de la familia Bridge y se la entregó a Bianca.

—Que salga por el canal seguro. Directamente a las manos de Roland, sin intermediarios.

—¿Está segura de dejar que las cartas falsas circulen, señora? Si algo sale mal...

—No saldrá mal. —La voz de Serena era acero templado—. Conozco esas cartas mejor que quien las escribió.

* * *

Tres días después, la Gran Sala del Trono del palacio imperial bullía con la tensión de una tormenta a punto de estallar.

El Emperador Josué presidía desde el trono elevado, su rostro una máscara impenetrable tras la barba entrecana. A su derecha, el Príncipe Heredero Federico ocupaba su asiento con la postura de quien sabe que está a punto de asestar un golpe definitivo. Sus ojos brillaban con una anticipación que apenas se molestaba en disimular.

—¡Majestad! —Federico se puso de pie con un movimiento dramático que hizo ondear su capa bordada en oro—. Tengo en mis manos pruebas de la más grave traición contra el Imperio.

Un murmullo recorrió la sala como una ola. Los cortesanos intercambiaron miradas. Los ministros se tensaron.

Federico avanzó hacia el centro de la sala, sosteniendo las tres cartas en alto.

—Un mercader leal al trono me ha entregado estas cartas interceptadas en la frontera norte. En ellas, el general Roland Bridge, comandante del Segundo Ejército Imperial, negocia la venta de posiciones militares secretas al enemigo. —Su voz retumbó con indignación ensayada—. ¡El hijo del Canciller Imperial es un traidor!

El silencio que siguió fue absoluto. El Conde Edmund Bridge, de pie entre los ministros, se mantuvo inmóvil, pero sus nudillos blancos delataban la presión de sus puños cerrados.

Entonces Roland dio un paso al frente.

El general era un hombre alto, curtido por años de campañas, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y unos hombros que parecían diseñados para soportar el peso de una armadura. Su voz, cuando habló, no tenía la teatralidad de Federico. Tenía la calma de un hombre que sabe exactamente dónde pisar.

—Majestad, solicito permiso para examinar las pruebas presentadas por Su Alteza.

El Emperador asintió.

Roland tomó las cartas. Las estudió durante un minuto completo mientras la sala contenía el aliento. Luego las colocó sobre la mesa del escribano imperial y se volvió hacia la corte.

—Estas cartas son falsificaciones. Y puedo demostrarlo.

Federico dio un paso atrás, como si le hubieran abofeteado.

—Primero: la caligrafía. —Roland levantó la primera carta junto a un documento que extrajo de su portafolio—. Este es un informe oficial que firmé hace dos semanas, certificado por los peritos calígrafos del Ministerio de Guerra. Comparen el trazo descendente de mis erres, la forma de mis eses mayúsculas, la presión de mi escritura. Las diferencias son sutiles pero sistemáticas. Los peritos han preparado un análisis completo que presento al tribunal.

Entregó un dossier grueso al escribano imperial.

—Segundo: las cartas mencionan la «Fortaleza del Nido de Águilas». Ese nombre fue retirado del uso oficial hace dos años, cuando yo mismo supervisé la reestructuración de las defensas del norte. En toda mi correspondencia militar de los últimos veinticuatro meses, sin excepción, uso el nombre actual: «Bastión del Alba». El falsificador trabajó con información obsoleta.

Un murmullo creciente llenó la sala. Federico había perdido el color.

—Tercero: el sello. —Roland levantó la carta sellada—. Esta cera es de pino rojo, un lacre que se dejó de producir hace dos años. Desde entonces, el ejército imperial utiliza exclusivamente cera de resina de abeto con pigmento carmesí. Todos mis sellos oficiales de los últimos dos años utilizan la cera nueva. —Colocó junto a la carta un sobre sellado con cera más oscura—. Aquí tienen un ejemplo de mi sello auténtico actual para comparación.

La sala estalló en murmullos. Los ministros se inclinaban unos hacia otros, susurrando. El rostro de Federico se había endurecido hasta parecer piedra.

Y entonces, desde el fondo de la sala, una voz cortó el ruido como una espada corta la seda.

—Tengo una pregunta para Su Alteza el Príncipe Heredero.

Todas las cabezas se volvieron. Alejandro Durán, el Duque de Hielo, estaba reclinado contra una columna de mármol con la indiferencia estudiada de quien observa un espectáculo que le aburre ligeramente. Pero sus ojos, oscuros como pozos sin fondo, no tenían nada de aburridos.

—Su Alteza afirmó que estas cartas le fueron entregadas por un «mercader leal al trono» que las interceptó en la frontera norte. —Alejandro se enderezó lentamente, y su altura proyectó una sombra larga sobre el suelo de mármol—. Sin embargo, los registros de la aduana imperial confirman que ninguna caravana mercante procedente del norte ha entrado en la capital en el último mes. La frontera norte lleva treinta y dos días cerrada al tráfico civil por maniobras militares. —Ladeó la cabeza—. ¿De dónde salió ese mercader, Alteza?

El silencio que siguió fue tan denso que podía masticarse.

Federico abrió la boca. La cerró. La abrió de nuevo.

—El mercader... viajó por una ruta alternativa...

—¿Qué ruta? —La pregunta de Alejandro fue un latigazo—. ¿Por el paso del oeste, que está bloqueado por avalanchas desde hace seis semanas? ¿O por el paso del este, que cruza territorio del Ducado de Durán y donde mis propios guardias no registraron ningún mercader en el período indicado?

Federico no respondió. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello sobresalían como cuerdas.

El Emperador Josué golpeó el reposabrazos de su trono con la palma abierta. El sonido resonó como un trueno.

—Se ordena una investigación completa sobre el origen de estas cartas. El Ministerio de Justicia determinará quién las fabricó y con qué propósito. Hasta que concluya la investigación, el general Roland Bridge mantiene su puesto y su honor intactos. —Sus ojos se clavaron en Federico—. Y deseo saber quién es ese mercader, Alteza. Con nombre y apellido.

La sesión se levantó entre un oleaje de murmullos que no se calmaría en semanas.

* * *

En el patio exterior del palacio, mientras los cortesanos se dispersaban como hormigas tras una tormenta, Alejandro caminaba con paso largo hacia su carruaje. Marcus lo alcanzó trotando.

—Señor, ¿puedo preguntar por qué intervino? El asunto de los Bridge no nos concierne directamente.

Alejandro se detuvo junto al carruaje. El viento de otoño agitaba su cabello oscuro.

—Porque el Príncipe Heredero ha llegado demasiado lejos. Fabricar pruebas para destruir a una familia entera no es política, Marcus. Es cacería. Y si hoy lo hace con los Bridge, mañana lo hará con cualquiera que se interponga en su camino. —Subió al carruaje—. Incluidos nosotros.

Marcus cerró la puerta, pero antes de dar la orden al cochero, Alejandro habló de nuevo, casi para sí mismo:

—Además, hay algo que me intriga. Roland Bridge es un soldado brillante, pero no es un hombre de intrigas. No habría preparado esa defensa solo, ni tan rápido. Alguien le advirtió. Alguien que conocía esas cartas falsas con un nivel de detalle casi imposible. —Sus ojos se entrecerraron—. Esa Serena Bridge... cada vez más interesante.

Marcus guardó silencio. Había aprendido que cuando su señor usaba ese tono, era mejor no interrumpir.

El carruaje se puso en marcha hacia la residencia Durán.

* * *

La noticia llegó a la mansión Flores con la brisa de la tarde.

Serena estaba en el jardín, podando los rosales con tijeras de bronce. Bianca le susurró los detalles al oído: la humillación de Federico, la defensa perfecta de Roland, la intervención inesperada del Duque de Hielo.

Serena no se detuvo. Siguió podando con movimientos precisos hasta que encontró una rosa roja perfecta, en el punto exacto de floración, ni capullo cerrado ni flor marchita.

La cortó con un solo clic de las tijeras.

—Primera ronda. —Sostuvo la rosa contra la luz dorada del atardecer, sus pétalos rojos brillando como pequeñas llamas—. Ganamos.

Bianca sonrió. Pero Serena ya no miraba la rosa. Miraba hacia el este, hacia el ala de la mansión donde Isabella probablemente acababa de recibir la misma noticia.

La guerra apenas comenzaba.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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