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Deshice el Cambio de Bebés y Disfruté la Farsa

Deshice el Cambio de Bebés y Disfruté la Farsa

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Venganza de la protagonista / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lucy-J

Tres horas después de dar a luz, Manuela Vasconcelos camina hasta la habitación de su mejor amiga para felicitarla. La puerta está entornada. Por una rendija de dos dedos escucha las dos voces que más ama en el mundo —la de su marido y la de su mejor amiga— reírse de ella y repartirse su vida: cambiaron a los bebés en la sala de parto para colar al hijo de ambos como heredero del imperio de su familia.

Manuela no grita. No llora. Sonríe.

Esa misma madrugada deshace el cambio en secreto, se lleva a su hijo… y decide que un tiro rápido sería demasiada misericordia. Si ellos quieren una farsa, ella les dará el mejor escenario de São Paulo: cámaras, herederos, galas de la alta sociedad y una venganza construida escalón por escalón, para que caigan desde lo más alto sin entender jamás que ella lo supo desde el primer minuto.

Pero hay un secreto en la sangre de su bebé capaz de derrumbarlo todo. Y el único hombre que puede arrebatárselo es también el más peligroso al que podría dejar entrar en su corazón.

Ella tiene el mejor lugar de la platea. Que empiece la función.

NovelToon tiene autorización de Lucy-J para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El propulsor de buceo

Al cuarto día de los diez, la investigación choca contra una pared, y la pared tiene el nombre de todos los que estaban en aquella lancha hace tres años y no vieron nada.

Estamos en mi despacho de casa: yo, don Osvaldo con la carpeta de los contactos antiguos, Batista apoyado en la puerta, y Kaique. Es la primera vez que Kaique participa de una reunión de estas, y lo llamé a propósito. El chico tiene una cabeza que la calle afiló: desconfía de todo, cruza información sin esfuerzo, ve el hueco en la historia que los demás cuentan. Recuperado de la agresión, con el dedo ya libre de la férula, dejó de ser alguien a quien protejo y pasó a ser alguien que me ayuda a pensar. Y necesito pensar.

—Consulté a todos los que estaban en el paseo de aquel día, niña Manuela —dice don Osvaldo, las gafas en la punta de la nariz—. Menos a Rodrigo y a Priscila, por motivos obvios. Los amigos, la tripulación de la lancha, la gente de la marina. Nadie dice haberla sacado a usted del agua. Y el equipo de salvavidas que atendió el aviso fue tajante: cuando ellos llegaron, usted ya estaba fuera del agua, reanimada por terceros. Terceros que no se identificaron y desaparecieron antes del rescate oficial.

—Entonces hay un hueco —dice Kaique, despacio, pensando en voz alta—. Si fue el señor Rodrigo quien la salvó, iba a querer testigos. Un hombre que hace un heroísmo así quiere que todos lo vean, quiere entrar en la historia de la familia. Pero nadie del grupo lo vio. —Me mira—. Entonces quien la salvó vino de fuera del grupo. Y gente de fuera que salva a alguien y desaparece sin dar su nombre... o es gente sencilla con miedo del lío, o es lo contrario. Es gente demasiado grande para querer aparecer.

Miro a ese chico de veinte años y siento un orgullo absurdo. Llegó, solo, a la conclusión que a mí me tomó tres años de silencio para siquiera sospechar.

Y, al oírlo decirlo en voz alta, el recuerdo vuelve.

Hace tres años.

Es verano en el litoral, un paseo en lancha que Rodrigo organizó con un grupo de gente que yo apenas conocía: socios suyos, amigos de Priscila, el tipo de gente que yo toleraba por matrimonio. Bajo a bucear en un punto de arrecife, sola, porque siempre me gustó el agua del mismo modo que me gusta manejar: con más audacia que juicio, herencia de mi padre, que me enseñó a nadar en un río donde a ningún niño dejaban entrar.

Y la corriente viene. No la que estaba en la carta náutica: otra, de fondo, fuerte, de esas que los pescadores conocen y los ricos ignoran. Me atrapa y me arrastra lejos de la lancha en un minuto, me lanza contra una piedra del arrecife, y el mundo se llena de agua y de dolor. Trago mar. Me debato. Grito: grito el nombre de Rodrigo, porque en aquel momento yo todavía creía que su nombre me salvaría.

Y aquí está la parte que mi memoria guardó bajo tres años de otros dolores, y que solo ahora, con Kaique hablando, sube entera a la superficie:

Oí voces en la lancha antes de hundirme. Oí a Priscila. Oí a Rodrigo. Y oí, con una claridad que el pánico no borra, los motores acelerar, hacia lejos. Me oyeron gritar y se fueron. En aquel momento creí que era mi cabeza ya muriendo. Ahora sé que no lo era.

Después fue todo agua oscura. Y entonces manos. Manos fuertes tirando de mí hacia arriba, y yo, semiconsciente, aferrándome a algo duro, largo, que me llevaba a la superficie: un equipo, un aparato que abracé con el último resto de fuerza antes de apagarme. Recuerdo el frío del metal. Recuerdo letras. Y recuerdo, cuando desperté ya en la arena con el mundo girando, un abrigo encima de mí, y el rostro de Rodrigo inclinado, diciendo casi te mueres, amor, yo te saqué, yo te salvé, y su toalla, seca, en mi espalda.

Seca. Su toalla estaba seca. El hombre que se lanza a una corriente para salvar a alguien no tiene una toalla seca. Yo tenía veintipocos años, medio ahogada, enamorada de una mentira, y no hice esa cuenta. Mi padre tampoco la hizo. Vio a Rodrigo hacerse el héroe en la playa, con testigos que solo llegaron después, y abrió las puertas de casa al muchacho valiente que salvó a su hija. Aprobó el matrimonio a causa de un coraje que nunca existió.

Esa es la parte que me corta. No Rodrigo. Mi padre. Mi padre murió creyendo que había entregado a su hija a un héroe.

—El equipo —digo, de vuelta en el despacho, y mi voz sale distinta, más firme—. Aquello a lo que me aferré. Un aparato. Metal. Largo. Y tenía letras: letras rojas, en inglés.

Kaique se inclina.

—¿Letras que usted recuerda?

Cierro los ojos. Traigo la imagen del frío, del brillo, del rojo contra el metal oscuro.

—Era un propulsor. —Abro los ojos—. Uno de esos motores de buceo que uno sujeta y te arrastra por el agua. Un DPV, un propulsor de buceo. Y no era uno común, don Osvaldo. Yo trabajo con gente que compra juguetes caros, conozco el olor de lo que es raro. Aquel tenía acabado de edición limitada. Letras rojas, un nombre de serie. Algo de poquísimas unidades en el mundo.

Don Osvaldo ya está anotando.

—Si es raro así, deja rastro —dice—. Importación, factura, registro. Déjelo en mis manos, niña. Una cosa de estas no entra en Brasil sin dejar papeles.

Lleva dos días.

Don Osvaldo entra en mi despacho la mañana del sexto día con una carpeta y una expresión que conozco: la de quien encontró el hilo y ya sabe que el ovillo entero viene detrás.

—Un único comprador en Brasil, niña Manuela. —Pone el papel delante de mí—. El modelo que usted describió, edición limitada, letras rojas, importado por un despachante particular hace cuatro años. La factura de importación y el registro están a nombre de una sigla, pero el despachante confirmó al beneficiario final cuando Batista... conversó con él. —Una pausa discreta—. T. Sabóia.

El cuarto queda muy quieto.

—Teodoro Sabóia —completa don Osvaldo—. Le dicen Téo. Sobrino de Lorenzo Sabóia. Un muchacho que creció fuera del país, enamorado de esas máquinas de buceo y de los drones. Y, niña —vuelve la página—, hay más. En aquella época, Téo tenía la costumbre de filmarlo todo. Cámara en el casco de buceo. Dron sobrevolando su lancha. Si estaba en aquel punto del litoral aquel día con aquel equipo, es muy probable que exista imagen.

Miro el nombre en la página. T. Sabóia. Sabóia.

Kaique es el primero en decir lo que yo ya estoy pensando.

—El DPV es del sobrino de Lorenzo Sabóia —dice, bajo—. Entonces quien la sacó a usted del agua era del círculo de los Sabóia. Un hombre de Téo, o un hombre del propio Lorenzo.

No respondo de inmediato.

Porque Kaique no sabe lo que yo sé. No sabe que este mismo hombre, Lorenzo Sabóia, es el padre de mi hijo. No sabe que el destino, que siempre me pareció una tontería de novela, me ató a este hombre por tres hilos distintos que voy descubriendo uno a uno: el hijo, el rescate, y ahora esta máquina de buceo con letras rojas que abracé casi muerta sin saber que abrazaba a la familia del hombre que aún iba a entrar en mi vida tres años después.

Es demasiada coincidencia para ser coincidencia. Y yo no creo en el destino. Pero creo en las pruebas, y las pruebas están todas apuntando a la misma casa.

—Don Osvaldo —digo, doblando el papel con cuidado—, concierte un almuerzo para mí con Lorenzo Sabóia. Esta semana. Buen restaurante, reservado. —Me levanto—. Es hora de que sondee por dentro. Si quien me salvó es gente de los Sabóia, Lorenzo lo sabe. Y voy a descubrir lo que sabe sin que él descubra por qué pregunto.

Kaique me mira, y hay un brillo de admiración y de preocupación mezclados en sus ojos.

—Usted va a tener que acercarse mucho a ese hombre para sacarle eso.

—Lo sé. —Guardo el papel en el cajón, donde la tarjeta negra todavía pesa—. Es exactamente el problema.

1
Justina Elizagaray
muy bueno
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