En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.
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En el jardín trasero, buscó un lugar apartado entre los árboles de hojas oscuras que crecían cerca del muro de piedra. Se sentó en el borde de una fuente seca y se abrazó las rodillas, sintiendo que las lágrimas empezaban a asomar. No escuchó pasos hasta que una voz suave lo sobresaltó.
—¿Estás bien?
Al levantar la vista, vio a Damian de pie frente a él, con expresión de culpa y cansancio.
—¿Qué quieres, Damian? —preguntó Leonardo, sin levantar la voz—. ¿Vienes a decirme que deje de ser tan débil? ¿O que aprenda a quemar como todos ustedes?
Damian se acercó despacio y se sentó a su lado, aunque mantuvo distancia.
—No vine a decirte nada de eso. Vine a disculparme. He estado… distante. Y no es justo para ti.
—¿Y por qué estás así? —Leonardo lo miró a los ojos, con valentía—. ¿Es por Valeria?
Damian se quedó callado un instante, mirando las hojas caídas a sus pies.
—Es complicado —dijo al final—. No sé qué me pasa. Con ella todo es intenso. Fuerte. Me hace sentir que soy poderoso, que soy lo que se supone que debo ser. Pero contigo… contigo me siento tranquilo. Me siento yo mismo. Y no sé cuál de los dos soy de verdad.
—Puedes ser los dos —dijo Leonardo con suavidad—. No tienes que elegir entre ser fuerte y ser amable. Los dos pueden convivir.
—Ojalá fuera tan fácil —murmuró Damian, y antes de que Leonardo pudiera responder, se acercó más y le tomó la mano—. No quiero perderte, Leo. Eres lo más bueno que tengo. Solo… dame tiempo, ¿sí? Necesito aclarar mi cabeza.
Leonardo asintió, aunque en el fondo sentía que el tiempo no era lo único que necesitaban.
—Está bien —susurró—. Te espero. Pero no me hagas esperar demasiado.
Damian le apretó la mano y luego se levantó, como si le costara quedarse.
—Tengo que irme. Nos vemos luego.
Se marchó dejándolo solo de nuevo. Leonardo miró su mano, donde todavía se sentía el calor de los dedos de Damian, y sintió que algo se le rompía por dentro, aunque no supiera bien cómo explicarlo.
Mientras tanto, en la frontera rocosa, Marco y Kael se enfrentaban de nuevo. No con espadas está vez, sino con palabras que dolían más que cualquier corte.
—No puedes seguir viniendo —dijo Kael, con la respiración tensa—. Cada vez que nos vemos, me arriesgo. Y tú también. Si nos descubren, no nos perdonaran. Ni los míos ni los tuyos.
—¿Y qué me propones? —preguntó Marco, dando un paso hacia él—. ¿Que nos olvidemos? ¿Que nos volvamos enemigos de verdad?
—Sería lo más sensato —respondió Kael, aunque su voz no sonaba convencida—. Lo más seguro.
—La seguridad es aburrida —escupió Marco—. Y no me interesa. Me interesa esto. Me interesa lo que pasa cuando estamos juntos. Aunque nos odiemos. Aunque nos duela.
—No es odio —dijo Kael, casi en un susurro—. Y eso es lo que me da más miedo.
—Pues ten miedo —Marco se acercó hasta quedar a centímetros de él—. Pero no te vayas. No me pidas que deje de verte. No puedo. Y tú tampoco puedes.