Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 24
Mónica intentaba memorizar el guion lo más rápido posible. El tiempo se le estaba acabando y, aunque trataba de concentrarse en cada palabra escrita sobre el papel, los nervios no le permitían pensar con claridad. Repasaba una y otra vez la información, como si su vida dependiera de recordar cada detalle sin equivocarse.
A su lado, Cristopher la observaba sigilosamente.
Observaba cómo se mordía el labio inferior cada vez que se ponía nerviosa ante la idea de contar una mentira. Cómo jugaba con el borde del papel entre sus dedos cuando la preocupación comenzaba a apoderarse de ella. Aquella mujer era malditamente perfecta y le molestaba pensar en eso.
Solo quería concentrarse en sus propios asuntos.
Pero estar cerca de Mónica parecía hacerlo imposible.
Había algo en ella que lo distraía de una manera que comenzaba a irritarlo. Quería tenerla cerca, hacerla suya, sentir que nadie más podía acercarse demasiado a ella. Y ese pensamiento, lejos de desaparecer, se volvía más insistente cada vez que la tenía a su lado.
Su mirada recorrió la figura de Mónica lentamente. Comenzó por sus delicadas piernas esbeltas y perfectas y continuó por las curvas de su cuerpo. La camisa se ajustaba a su figura, resaltando grandes atributos difíciles de dejar de ver, pero continuó subiendo hasta llegar finalmente a su rostro fino y delicado.
Era perfecta.
Era lo que pensaba él en ese momento.
Y quería que fuera suya.
Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando la voz del chofer anunció que habían llegado a la villa. Cristopher agradeció mentalmente aquella interrupción. Un minuto más dentro de aquel automóvil y sentía que podía perder el control sobre lo que pensaba cada vez que la observaba.
Con su habitual porte seguro, salió del vehículo y rodeó el automóvil hasta detenerse frente a la puerta donde Mónica esperaba. La abrió y, con elegancia, le extendió la mano para ayudarla a salir.
Mónica observó su mano durante unos segundos.
Dudó.
Pero al final terminó aceptando su ayuda. Después de todo, aquella actuación debía parecer real, y si querían convencer al abuelo de Cristopher, tendrían que comportarse como una pareja.
Cuando puso los pies sobre el suelo, sus ojos se elevaron hacia la enorme villa.
Quedó completamente sorprendida.
El lugar era inmenso y hermoso. Los jardines estaban perfectamente cuidados y la fachada, iluminada con elegancia, parecía pertenecer a un mundo completamente distinto al suyo. Todo era colorido, impecable y lujoso.
Era el tipo de lugar con el que no se atrevería a soñar y que jamás había imaginado poder conocer.
Mucho menos entrar en él.
Mónica permaneció absorta observando cada detalle hasta que, de repente, sintió el brazo de Cristopher rodear su cintura.
Se sobresaltó.
El rubor apareció inmediatamente en sus mejillas y una extraña sensación de calor recorrió su cuerpo. La cercanía de aquel hombre volvía sus pensamientos un completo desastre. Con rapidez, se apartó de él antes de que pudieran entrar a la mansión y levantó la mirada para dejar las cosas claras.
—Entiendo que debamos actuar, pero esto sobrepasa mi capacidad. No puede agarrarme de esa forma de repente. No es necesario hacer ese tipo de escenas.
Su voz sonó más acalorada de lo que había pretendido.
Cristopher la miró con calma, aunque por dentro aquella reacción comenzaba a resultarle demasiado entretenida.
—Claro que es necesario. Tiene que parecer real, Mónica. Tenemos que hacerle creer que estamos en una relación de verdad.
—Me rehúso a hacer ese tipo de escenas.
—¿Por qué?
—Porque no me siento cómoda.
Cristopher exhaló suavemente, como si necesitara encontrar la manera más sencilla de solucionar aquel problema antes de que alguien saliera a buscarlos.
—Bien. Tres mil dólares por tomarte de la cintura, dos mil dólares por agarrarte de la mano y cinco mil dólares por un beso. ¿Te parecen esos precios? ¿O quieres escogerlos tú?
Mónica se quedó completamente callada.
La facilidad con la que aquel hombre pretendía arreglarlo todo con dinero seguía sorprendiéndola. Sin embargo, más sorprendida estaba al saber que no sería capa de rechazar la oferta.
Lo miró durante unos segundos.
—Me debe quince mil dólares.
Cristopher frunció ligeramente el ceño.
—¿Quince mil?
—Por todas las veces que se ha aprovechado.
Lo dijo con tanta seriedad que, durante un instante, Cristopher permaneció completamente en silencio.
Y luego soltó una carcajada.
Una carcajada profunda que rompió el silencio entre ambos.
Le encantaba lo rápida y astuta que podía ser aquella mujer. Siempre tenía una respuesta preparada y, de alguna manera, encontraba la forma de quedarse con la última palabra.
—Me parece bien que lleves la cuenta —respondió, todavía con una sonrisa en los labios—. Entonces empieza a contar nuevamente.
Antes de que Mónica pudiera protestar, Cristopher volvió a rodearle la cintura con el brazo.
Ella lo miró inmediatamente.
—Bien… los abrazos.
—Ah, olvidamos ponerle precio a los abrazos. Entonces será de…
Mónica lo interrumpió antes de que pudiera mencionar una cifra.
—Esos se los daré gratis.
Cristopher arqueó una ceja.
—¿Gratis?
—Tómelo como un regalo por el servicio que le estoy ofreciendo.
Una sonrisa apareció en los labios de Cristopher.
—Muchas gracias por la regalía.
Mónica giró los ojos, mientras él parecía contener una nueva carcajada.
Pero, en medio de aquella extraña situación, algo comenzó a llamar su atención.
Por más absurdo que resultara, estar cerca de Cristopher la hacía sentir segura. Había una tranquilidad que no sabía explicar y que, de alguna forma, le resultaba familiar. Como si hubiera visto aquellos ojos o aquella presencia en algún otro momento.
¿Dónde había visto antes a ese hombre?
La pregunta comenzó a dar vueltas en su cabeza, pero sus pensamientos desaparecieron en cuanto la puerta de la mansión se abrió.
El señor Benjamin salió a recibirlos.
Había escuchado que su nieto ya había llegado y no había querido esperar ni un segundo más. Aunque, si era completamente sincero, no era a Cristopher a quien estaba deseando recibir.
Era a Mónica.
Al verla, los nervios la acorralaron de inmediato.
Mónica no sabía qué hacer.
Sin pensarlo demasiado, pasó sus manos por el torso del hombre que tenía a su lado y se aferró a él con una cercanía que ni ella misma comprendió. Comenzó a hacerle pequeños mimos, intentando que todo pareciera natural.
—Ya basta, Cris. No juegues de esa forma —dijo con una dulzura fingida que casi resultaba demasiado convincente.
Cristopher tuvo que contenerse para no estallar en carcajadas.
Sabía que estaba nerviosa.
Sabía que todo aquello había sido un impulso.
Y, precisamente por eso, le encantaba.
—Está bien, amor. Ya no lo haré más.
Mónica quedó completamente erizada.
Aquella palabra.
Amor.
Era la primera vez que alguien se la decía de esa manera.
Durante mucho tiempo había deseado escucharla salir de los labios de Leandro. Había esperado que, en algún momento, él la mirara con cariño y la llamara así. Pero nunca sucedió.
Y ahora un completo desconocido acababa de pronunciar aquella palabra con una naturalidad tan convincente que, por un instante, hasta ella misma creyó que podía ser verdad.