Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 21: El otro Fernando
Fernando
La voz volvió a escucharse desde el fondo del túnel.
—Hermano.
Sentí que el cuerpo entero se me tensaba.
No podía ser.
No podía existir otra persona con mi voz.
Di un paso hacia la oscuridad.
—¿Quién eres?
Una silueta comenzó a avanzar.
Primero aparecieron sus botas.
Después sus manos.
Finalmente, su rostro quedó bajo la luz.
Me quedé inmóvil.
Era como mirar un reflejo.
No exactamente igual.
Pero lo suficiente.
La misma mandíbula.
Los mismos ojos.
Una cicatriz pequeña sobre la ceja derecha.
Y una expresión que me resultaba inquietantemente familiar.
Victoria se aferró al brazo de su madre.
—¿Quién es?
Mi madre no respondió.
El hombre sonrió.
—¿No me recuerdas?
Sentí que una presión insoportable comenzaba detrás de mis ojos.
Una imagen apareció en mi cabeza.
Dos niños.
Un patio.
Una bicicleta.
Una voz.
No tengas miedo, Samuel.
Parpadeé.
La imagen desapareció.
—¿Samuel? —murmuré.
El hombre sonrió.
—Ahora empiezas a recordar.
Levanté el arma.
—No te acerques.
—Sigues apuntándome.
—Dije que no te acerques.
Él levantó las manos.
—Tranquilo.
—¿Quién eres?
—Tu hermano.
Victoria miró a su madre.
—¿Es verdad?
Mi madre respondió:
—Sí.
—¿Cuántos hijos tuvo Gabriel Ferrara?
Ella cerró los ojos.
—Dos.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—Entonces él es...
—Tu hermano mayor.
El hombre sonrió.
—Samuel.
Negué con la cabeza.
—Mi nombre es Fernando.
—Ese es el nombre que te dieron.
—¿Quién?
—Nuestro padre.
—¿Por qué?
Su sonrisa desapareció.
—Porque quería convertirte en otra persona.
***
Victoria
Todo aquello era demasiado.
Mi hermano Nicholas.
Mi madre viva.
Alexander ocultando información.
Fernando con un pasado que desconocía.
Y ahora otro hombre asegurando ser su hermano.
Miré a Fernando.
No parecía reconocerlo.
Pero había algo en sus ojos.
Algo que no había visto nunca.
Dolor.
—¿Cómo puedo saber que dices la verdad? —preguntó Fernando.
El hombre se acercó un paso.
—Porque puedo decirte algo que nadie más sabe.
Fernando no respondió.
—Cuando éramos niños, tú tenías miedo de dormir solo.
Fernando frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
—Entonces te cantaba una canción.
Fernando palideció.
—No...
—Siempre te dormías cuando llegaba al tercer verso.
Fernando retrocedió.
—¿Qué canción?
El hombre empezó a tararearla.
Solo unas notas.
Fernando cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Recuerdo...
Su voz se quebró.
—Recuerdo esa canción.
Su supuesto hermano sonrió.
—Lo sabía.
Fernando abrió los ojos.
—¿Cómo te llamas?
El hombre respondió:
—Adrián.
Mi madre intervino:
—Adrián Ferrara.
Fernando lo miró fijamente.
—¿Por qué me borraron la memoria?
Adrián dejó de sonreír.
—Porque descubriste lo que nuestro padre estaba haciendo.
—¿Qué?
—Estaba creando identidades.
—¿Para qué?
—Para infiltrarse.
Adrián señaló a Fernando.
—Tú eras su experimento más importante.
Sentí un escalofrío.
—¿Experimento?
Adrián asintió.
—Te entrenó para convertirte en alguien que pudiera entrar en cualquier lugar sin levantar sospechas.
Fernando apretó los dientes.
—¿Y luego?
—Luego te envió contra el hombre equivocado.
—Nicholas.
—Sí.
Fernando miró a mi madre.
—¿Por qué Nicholas?
Ella respondió:
—Porque Nicholas había descubierto que el Círculo no era una organización.
—¿Entonces qué era?
—Una red.
Alexander habló por primera vez.
—Una red que conectaba gobiernos, empresas, bancos y organizaciones criminales.
Adrián lo miró con desprecio.
—Y tú eras uno de sus intermediarios.
Alexander no negó la acusación.
—Lo fui.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Y mi padre?
Mi madre me miró.
—Tu padre descubrió la red.
—Entonces ¿por qué murió?
Mi madre bajó la mirada.
—Porque intentó destruirla.
—¿Quién lo mató?
Nadie respondió.
Hasta que Adrián habló.
—Nuestro padre.
El silencio fue absoluto.
Fernando levantó lentamente la cabeza.
—¿Gabriel mató a mi padre?
Adrián negó.
—Gabriel era nuestro padre.
Fernando quedó inmóvil.
—¿Entonces quién?
Adrián lo miró.
—El hombre que lo reemplazó.
***
Fernando
—No entiendo.
Adrián respiró profundamente.
—Nuestro padre murió hace ocho años.
—Entonces...
—El hombre que dirigió el Círculo tomó su identidad.
Miré a mi madre.
Ella asintió.
—Nunca supimos quién era realmente.
—¿Y cómo saben que está vivo?
Adrián señaló hacia mí.
—Porque él te está buscando.
—¿Por qué?
—Porque tú tienes algo que él necesita.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Adrián miró a Victoria.
Después a mí.
—La llave.
Recordé las palabras de Nicholas.
La que él todavía no sabe que tiene.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Saqué la pequeña placa militar.
La observé.
—¿Esto?
Adrián negó.
—No.
—Entonces ¿qué?
Se acercó.
Tomó mi mano y la giró.
Señaló una pequeña cicatriz en mi muñeca.
—Eso.
Fruncí el ceño.
—¿Una cicatriz?
—No es una cicatriz.
Adrián sacó una pequeña herramienta metálica.
La apoyó sobre mi piel.
Presionó.
Sentí un clic.
Algo diminuto salió de debajo de la piel.
Me quedé helado.
Victoria dio un paso atrás.
—¿Qué demonios...?
Adrián sostuvo entre sus dedos un pequeño dispositivo negro.
—La llave.
No podía hablar.
—Te la implantaron después de la operación.
Miré aquel objeto.
—¿Qué contiene?
Adrián negó.
—No lo sé.
—Entonces ¿cómo sabes que es la llave?
—Porque Nicholas me lo dijo.
—¿Cuándo?
Adrián me miró.
—Ayer.
—¿Ayer?
—Sí.
—¿Dónde está Nicholas?
Adrián no respondió.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Dónde está mi hermano?
Adrián bajó la mirada.
—Está aquí.
Las luces del túnel se encendieron nuevamente.
Y detrás de Adrián apareció una figura.
Un hombre caminaba lentamente hacia nosotros.
Tenía las manos esposadas.
El rostro golpeado.
La ropa cubierta de sangre.
Victoria dejó escapar un grito.
—¡Nicholas!
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Corrí hacia él.
Pero Adrián levantó un arma.
—¡No!
Me detuve.
—¿Qué haces?
Adrián apuntó hacia Nicholas.
—No te acerques.
—¡Es mi hermano!
—No.
Adrián miró a Victoria.
—Ese no es Nicholas.
Victoria palideció.
—¿Qué?
El hombre esposado levantó la cabeza.
Sonrió.
Y entonces habló.
—Hola, Victoria.
La voz era la de Nicholas.
Pero Adrián negó lentamente.
—No es él.
El hombre sonrió más.
—¿Seguro?
Y entonces pronunció una frase que solo Nicholas podía conocer.
—Elena, cuando tengas miedo, cuenta hasta cinco.
Victoria quedó completamente paralizada.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
El hombre sonrió.
—¿Ves?
Victoria comenzó a llorar.
—Es él.
Adrián bajó ligeramente el arma.
—No.
—¡Es Nicholas!
—No lo entiendes.
Adrián señaló al hombre.
—Porque Nicholas murió hace cuatro años.
Fernando miró al supuesto Nicholas.
—Entonces...
El hombre sonrió.
—Bienvenido a casa, Samuel.
Y detrás de él apareció una pantalla.
En ella había una fotografía.
Dos niños.
Fernando y Adrián.
Pero entre ambos estaba un tercer niño.
Un niño idéntico a Fernando.
Debajo de la imagen aparecía una inscripción:
PROYECTO FERRARA — TRES SUJETOS.
Fernando sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
Y una última palabra apareció en la pantalla:
SUJETO 03: DESAPARECIDO.