Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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capitulo 21: El hombre que siempre estuvo ahí
📖 Capítulo 21: El hombre que siempre estuvo ahí
💬 Verónica — Primera persona
—Un amigo —le digo suavemente, mirando hacia el balcón—. Íbamos juntos en la preparatoria. Salimos de clases una tarde, regresábamos en su coche, riendo sin preocupaciones. Y de repente… se escucharon disparos. Todo pasó en segundos. Un hombre me jaló con fuerza fuera del vehículo antes de que pudiera entender qué estaba ocurriendo. Cuando quise volver por él, ya no pude. Mi amigo… nadie pudo salvarlo. Se fue ese día.
Me abraza con tanta ternura que siento que podría llorar.
—Lo siento muchísimo, mi amor. Debió ser terrible. ¿Quién fue ese hombre que te rescató? ¿Alguna vez supiste quién era?
—No lo sé. Era un desconocido. Jamás supe su nombre. Cuando desperté en el hospital, pregunté por él desesperadamente, pero me dijeron que no había nadie y que quizás lo había soñado por el impacto. Pero yo sé que fue real. Siento que lo sé en los huesos. Ese hombre que me salvó hace cuatro años… existe de verdad. No fue un sueño.
Siento cómo su cuerpo se tensa a mi lado. Se aleja un paso, como si necesitara espacio para respirar, y su rostro se pone pálido, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Cuándo fue esto exactamente? —pregunta, y suena extraño, tenso, como si estuviera conteniendo la respiración—. ¿Hace cuatro años? ¿Qué día?
—Sí, hace cuatro años. En la Avenida Zapata. Un 12 de febrero. Nunca se me olvida la fecha.
Se queda completamente inmóvil. Sus ojos se abren lentamente, llenos de una incredulidad que me asusta y me emociona al mismo tiempo.
—Yo estaba allí —susurra, apenas audible. Da otro paso hacia atrás, apoyando una mano en la pared para no caer—. Yo… yo era el conductor del otro coche. El que te sacó de los escombros. El que te entregó a los paramédicos antes de desaparecer.
Lo miro sin poder hablar, el corazón latiéndome con violencia contra las costillas.
—Espera… ese hombre me dio algo antes de irse —digo, recuperando poco a poco el habla—. Me lo puso en la mano y me dijo: “Mantente a salvo”. Y luego se fue sin mirar atrás. Si en verdad fuiste tú… ¿qué me diste? Dime qué fue. Para saber si es verdad.
Su voz se quiebra por completo.
—Mi pulsera. La de plata con el dragón tallado en la cabeza. Siempre la llevaba conmigo. Era… era lo único que me daba calma en esos días difíciles. Te la dejé porque sentí que te necesitaba más que yo en ese momento.
Salgo corriendo hacia mi tocador, abro el cajón de abajo donde guardo mis cosas más preciadas, saco una pequeña caja de madera tallada y regreso con él. Se la extiendo con manos temblorosas.
Me la arrebata suavemente de entre mis dedos, como si temiera que se rompa al tocarla. La abre lentamente. Sus ojos se llenan de lágrimas que no se atreve a dejar caer.
—Dios mío… aquí está. La has tenido todo este tiempo.
—Claro que sí. Sabía que ese hombre existía, aunque nadie me creyera. Y me prometí a mí misma que lo encontraría algún día. Que le agradecería lo que hizo por mí. Y también me prometí que si él ya tenía su vida, si ya estaba casado… entonces yo jamás me casaría con nadie más. Porque él me había salvado, y de alguna extraña forma, sentía que le pertenecía a él. Y tú… tú ya estás casado.
Me mira fijamente, con una intensidad que me atraviesa por completo.
—No estoy casado, Verónica.
—Bueno… eres viudo. Lo siento, no quise…
—Sí —interrumpe suavemente—. Soy viudo. Llevo cinco años sin ella. Cinco años creyendo que todo lo que importaba estaba muerto. Y ahora… aquí estás tú. Con mi nombre grabado sin saberlo.
Lo miro con el corazón en la garganta.
—El mundo es demasiado pequeño, ¿verdad? Quién lo diría… tú me salvaste la vida, y cuatro años después aquí estás, a mi lado, amándome como nadie lo ha hecho jamás.
Observa la pulsera bajo la luz del balcón, acariciando con el dedo la cabeza del dragón. Y entonces veo algo que en cuatro años nunca noté: en la base del dragón hay letras pequeñas grabadas que siempre creí eran parte del diseño.
—Ahí… hay algo escrito —murmuro sorprendida.
—Jamás lo viste? Es mi nombre —dice con voz quebrada—. Rafael. Aquí está mi nombre, grabado para siempre. Y has llevado mi nombre contigo sin saberlo.
Me mira con los ojos llenos de lágrimas que finalmente ruedan por sus mejillas.
—Rafael… necesito preguntarte algo, y necesito que seas honesto conmigo. ¿Todavía la amas? ¿Sigues amando a tu esposa? No tengas miedo de decirme la verdad.
Me sostiene la mirada, firme y clara.
—La odié. Durante mucho tiempo la odié por lo que me hizo. Por lo que me mintió. Por lo que descubrí al final.
—¿Qué te hizo? Si duele demasiado no tienes que decirme. Pero si quieres… aquí estoy. ¿Por qué te casaste con ella si no era feliz?
Aprieta la pulsera contra su pecho, como si quisiera que escuchara lo que va a decir.
—Pensé que era diferente. Me engañó desde el primer día. Me usó. Y yo no lo supe ver hasta que fue demasiado tarde.
—¿Y cómo te diste cuenta? ¿Qué pasó realmente esa noche del incendio?
Se pasa la mano por el cabello, respirando profundamente, luchando por mantener el control.
—El incendio… no fue un accidente. Alguien lo provocó. Cuando llegué a casa… ya todo estaba en llamas. Y no estaba sola. Estaba con otra persona. Los dos… no pude hacer nada por nadie. Llegué demasiado tarde.
Me llevo las manos a la boca, horrorizada.
—Tú… tú no fuiste, ¿verdad? Rafael, dime que no fuiste tú.
Me jala contra sí y me abraza con desesperación, enterrando su rostro en mi hombro.
—Lo siento, te asusté. No. No fui yo. Jamás le habría hecho daño a nadie, aunque me hubiera lastimado mil veces. Llegué y todo ya estaba perdido. No llegué a tiempo.
Le acaricio la espalda suavemente.
—No tienes por qué sentir culpa. Esa mujer… ¿para qué se casa si va a andar de ese modo? No vale la pena que la sigas cargando en tu corazón. No vale tu dolor. Ven aquí. —Lo abrazo con toda mi fuerza—. Yo seré tu lugar seguro, siempre y cuando tú quieras. Así como tú eres el mío. Nadie te va a lastimar nunca más mientras yo esté a tu lado.
Le tomo la cara entre mis manos y lo beso. No es un beso urgente ni desesperado. Es un beso de verdad, de promesa, de aquí estoy y no me voy a ir.
Me corresponde con una intensidad que me quita el aliento, sus manos temblando sobre mi cintura, como si no pudiera creer que esto es real.
—No sabía que podía sentirme así de nuevo. Creí que mi corazón estaba hecho de cenizas y no podía volver a latir. Pero contigo… late diferente. Late completo.
—Jamás te mentiré. Jamás te engañaré. Siempre estaré a tu lado. No quiero perderte nunca. Hoy te invito a cenar a las ocho de la noche. Solo nosotros. ¿Aceptas? Sin secretos, sin sombras. Solo tú y yo.
Asiente con firmeza, con una sonrisa que por fin llega a sus ojos.
—Sí. A las ocho. Iré a donde me lleves. Iría contigo a cualquier lugar.
Veo cómo mira su reloj de pulsera y su expresión cambia levemente.
—¿Tienes algo que hacer antes? ¿Te esperan en algún lugar?
Se pasa la mano por el cuello, visiblemente tenso de nuevo.
—Tu padre… me espera en su despacho. Dice que necesita contarme algo sobre mis padres. Algo que solo él sabe. Mira hacia abajo, respirando hondo—. No sé si quiero escucharlo. Pero sé que necesito hacerlo. Para poder estar en paz contigo.
—¿Mi padre conoce a los tuyos? Eso nunca me lo dijo. Nunca me mencionó que se conocían.
—Parece que sí. Y que hay mucho que no sé sobre mi propia historia. Pero lo averiguaré. Hoy.
—¿Quieres que te acompañe? O… ¿prefieres ir tú solo? —le pregunto, aunque intuyo que es algo entre hombres, algo que quizá yo no debo escuchar todavía—. Si necesitas ir tú solo, lo entiendo perfectamente. No te preocupes por mí. Estaré aquí esperándote.
Me toma la mano con firmeza, sus dedos entrelazando los míos.
—No. Necesito hacer esto solo. Pero prométeme algo: que me esperarás. Que cuando regrese, seguirás aquí. Que no me he perdido lo único bueno que tengo por saber la verdad.
—Siempre te esperaré. A las ocho te mando la dirección por mensaje. Ve con cuidado, Rafael. Y recuerda: pase lo que pase ahí abajo, no estás solo. Tienes a alguien que te ama tal cual eres.
Me besa suavemente en la frente y sale de mi habitación, cerrando la puerta tras de sí lentamente. Me quedo mirando la puerta, con el corazón latiéndome despacio pero con fuerza.
¿Qué sabe mi padre de los padres de Rafael? ¿Por qué me ocultó que se conocían? ¿Qué secretos han estado bajo mi propio techo todos estos años y yo sin saberlo?
CONTINUARÁ ✨