En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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La serenata
La señorita Lidia vivía en el primer piso, en una habitación llena de partituras amarillentas, floreros que siempre tenía agua pero olvidaba poner flores, y un piano viejo que sonaba como si tuviera tos. Era profesora de música, tenía voz dulce y corazón noble, pero tenía un pequeño detalle que ponía a prueba la paciencia de todo el vecindario: creía que su canto era tan hermoso que podía despertar a los muertos… y en cierto modo era verdad, pero no precisamente de alegría.
Aquella madrugada, apenas empezó a clarear el cielo, cuando el sol apenas asomaba sus puntitas por las montañas de San José, la señorita Lidia se levantó de un salto, se puso su bata de seda color azul cielo, se arregló el cabello con esmero y pensó: “Hoy será un día maravilloso. Voy a regalarles a mis vecinos una serenata de amanecer. ¡Qué mejor manera de empezar la jornada que con música hermosa!”.
Se asomó por la ventana, respiró hondo, juntó las manos sobre el pecho y empezó a cantar. Elegía una canción antigua, tierna y suave… o al menos eso intentaba. Porque la pobre señorita Lidia tenía la costumbre de empezar en una nota y luego irse paseando por otras muy lejanas, como si se hubiera perdido entre las notas musicales y no supiera cómo volver. Su voz subía y bajaba sin previo aviso, pasando de un suspiro suave a un grito agudo que hacía temblar los cristales, y luego bajaba hasta volverse un ronquido profundo que parecía provenir de una cueva.
En el segundo piso, doña Eustaquia abrió un ojo, luego el otro, se sentó de golpe en la cama y se llevó las manos a la cabeza.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Parece que están desollando un gato! ¡Y encima lo hacen cantar!
Se levantó de un salto, se puso las zapatillas al revés y corrió hacia la ventana lista para regañar, pero se detuvo al ver a la señorita Lidia, tan seria, tan entusiasmada, cantando con los ojos cerrados y el alma puesta en cada nota… aunque ninguna estuviera en su lugar.
En el ático, el Charly se despertó dando un salto tan grande que golpeó la cabeza contra el techo inclinado. Se frotó la cabeza, se asomó y dijo entre dientes:
—¡Caramba! ¡Esa voz tiene más curvas que un camino de montaña! ¡No hay quien la siga!
Pero lo más curioso fue lo que pasó después. Los niños de la familia Pérez, que dormían en la habitación más cercana a la ventana de la señorita Lidia, se despertaron y en lugar de asustarse o llorar, se pusieron de puntillas para mirar. Al escuchar aquellos sonidos tan extraños y divertidos, el mayor de ellos, que tenía una voz fuerte y sin miedo, empezó a acompañarla. No sabía la letra, así que inventaba palabras sin sentido, gritando más que cantando, saltando y aplaudiendo. Su hermano menor se le unió golpeando una caja de galletas como si fuera un tambor. Las niñas empezaron a dar vueltas en camisón, cantando a su manera, tan desafinadas como la señorita Lidia pero con tanta alegría que daba gusto verlas.
El Charly, que no se quería quedar atrás, agarró una tubería vieja que tenía guardada, le puso una tapa de olla en un extremo y empezó a soplar como si fuera un trompetista famoso. El sonido que salía era espantoso, una mezcla de rugido de elefante y caída de piedras, pero él lo hacía con tanta solemnidad que nadie se atrevía a decirle que sonaba mal.
Y para rematar, apareció Don Beto en su balcón, con el sombrero puesto sobre la cabeza y el silbato que usaba en las asambleas en la mano.
—¡Un momento! —gritó—. ¡Aquí falta dirección! ¡Yo pongo el ritmo!
Y empezó a soplar su silbato: ¡piiii! ¡piiii! ¡piiiiiiiii! A veces a prisa, a veces despacio, a veces tres veces seguidas. El resultado era imposible de describir: la señorita Lidia desafinando en lo alto, los niños gritando y golpeando la caja, el Charly rugiendo por su tubería y Don Beto pitando como una locomotora perdida. Aquello no era música, no era canto, no era serenata… era un desastre sonoro tan grande que hasta los pájaros salieron despavoridos de los árboles.
Pero lo más increíble ocurrió cuando doña Eustaquia, que había estado mirando con los brazos cruzados y la boca fruncida, soltó una risita. Luego otra. Y de pronto se echó a reír a carcajadas, apoyada en el marco de la ventana, sin poder contenerse.
—¡Ay, Dios mío! —decía entre risas—. ¡Parece que todo el pueblo se ha vuelto loco al mismo tiempo! ¡Nadie sabe cantar, nadie sabe tocar, y sin embargo… qué alegría da escucharlos!
Hasta Don Casimiro se asomó discretamente por su cortina, esbozó una de sus raras sonrisas y asintió despacio, como diciendo: “Así debe ser la vida: un poco desordenada, pero llena de corazón”.
Cuando terminaron aquella “canción”, todos estaban rojos, sin aliento, sudorosos y felices. La señorita Lidia se llevó las manos al pecho, muy emocionada.
—¡Gracias, vecinos! —dijo con voz temblorosa—. ¡Nunca me habían acompañado tan bien! ¡Creo que hoy canté mejor que nunca!
Nadie tuvo el corazón para decirle que no había acertado ni una sola nota. Nadie le dijo que aquello sonaba peor que un gallo con dolor de garganta. En su lugar, Don Beto gritó desde su balcón:
—¡Bravo, señorita Lidia! ¡Bravo por todos! ¡Ha sido la mejor serenata que he escuchado en mi vida!
—¡Y la más fuerte! —añadió el Charly, limpiándose una lágrima de risa—. ¡Seguro que despertamos hasta a los que viven al otro lado de la ciudad!
Desde aquel día, la señorita Lidia siguió cantando al amanecer, y nadie se quejaba. Al contrario: cuando se escuchaba su voz empezando a deambular por las notas equivocadas, poco a poco se le iban uniendo los niños con sus golpes, el Charly con sus ruidos, Don Beto con su silbato… y hasta doña Eustaquia, a veces, tarareaba bajito sin saber que lo hacía, mientras preparaba el café.
Aprendieron todos una lección hermosa aquella mañana: que la música más bonita no es la que suena perfecta y ordenada. La música verdaderamente hermosa es aquella que se hace juntos, aunque todos desafinen, aunque nadie lleve el mismo ritmo, aunque suene a todo menos a música. Porque lo que aquella serenata tenía de desafinada, lo tenía de alegre, de sincera y de llena de amistad.
Y así, la serenata que debía ser hermosa y refinada se convirtió en la tradición más querida del edificio: cada amanecer, un concierto espantoso y maravilloso que anunciaba al mundo que en la calle de los Mangos, nadie necesitaba saber cantar para estar feliz. Solo necesitaban ganas de cantar juntos.