Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 7
Capítulo 7 — Acepto
El silencio se estiró tanto que empecé a oír mi propia sangre.
—¿Acepta usted a Damián Augusto Valcárcel Errázuriz como su legítimo esposo?
La pregunta quedó flotando sobre el altar. El sacerdote esperaba. Doña Herminia esperaba, con el bastón entre las manos como una jueza a punto de dictar sentencia. Mi padre esperaba, blanco todavía, rezando para que yo no diera un solo paso en falso más y le arruinara el negocio del siglo. Cientos de invitados esperaban, saboreando por adelantado el escándalo, el nuevo chisme para el desayuno.
Y por dentro, yo gritaba.
*No acepto. No acepto. No acepto a este hombre de hielo que me dejó caer con tal de salvar su orgullo. No acepto ser la niñera con anillo de una casa que me desprecia. No acepto, no acepto, no acepto.*
Cien veces lo grité hacia adentro, donde nadie me oía.
Tragué saliva. Me ardía la rodilla. Miré de reojo a Damián, que ni siquiera se dignó a devolverme la mirada, tan seguro estaba de mi respuesta, tan seguro de que una Paredes endeudada no tenía a dónde huir.
Y entonces mis labios, traidores, hicieron lo que mi vida entera me había enseñado a hacer: obedecer.
—Acepto —dije.
Me salió ronca. Rota. Apenas un hilo. Pero se oyó en toda la iglesia, y con esa palabra de siete letras firmé la sentencia.
El sacerdote soltó el aire, aliviado, y se apuró con el resto. Los anillos. Damián me tomó la mano —fría, la suya, siempre fría— y me deslizó la argolla en el dedo con la delicadeza de quien cierra un contrato. Yo hice lo mismo, con los dedos torpes.
—Puede besar a la novia —dijo el sacerdote.
Se me cerró la garganta.
Retrocedí. Fue un reflejo, no lo pensé; el cuerpo se me echó atrás medio paso, como si aún tuviera derecho a decir que no.
Damián no me lo permitió.
Me sujetó del hombro, firme, y me atrajo hacia él de un solo movimiento. Alcancé a ver sus ojos de cerca antes de que todo pasara: no había ternura, ni deseo, ni nada tibio. Había aversión. Un fastidio educado de tener que cumplir con el guion delante de tanta gente.
Sus labios rozaron los míos. Un roce apenas, un segundo, seco, calculado.
Y aun así.
Aun así, una descarga me recorrió el cuerpo entero, del pecho a la punta de los dedos, un escalofrío absurdo que no le pedí permiso a nadie para sentir. Se me subió el calor a la cara, a las orejas, a la raíz del pelo. Me ardía la piel como si en vez de un beso me hubieran acercado una brasa.
*¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, Renata? Este hombre te odia. Te dejó caer. Cálmate.*
Damián se separó igual de rápido y me soltó el hombro como quien suelta algo que quema. Y por una fracción de segundo —lo juraría— algo cruzó su mirada. Sorpresa, tal vez. Como si él tampoco hubiera esperado nada de aquello. Se recompuso enseguida, claro, volvió a su cara de mármol.
Aplausos. La iglesia estalló en aplausos de compromiso, de esos que se dan porque toca. Doña Herminia no aplaudió.
El resto de la ceremonia lo viví como desde el fondo de una pecera. Firmas, fotos, felicitaciones tibias. Sonreí donde había que sonreír. Aguanté.
Después, Juli me arrastró al camerino de la novia para cambiarme el vestido de la ceremonia por el de la recepción.
Cerró la puerta y por fin, en aquel cuartito, pude aflojar la máscara.
—Rena. —Se arrodilló frente a mí y me subió el ruedo para verme la rodilla—. Ay, Dios, esto hay que limpiarlo. ¿Cómo se le ocurre a nadie no ayudarte? Estaba a punto de bajar yo misma a levantarte, te lo juro.
—Déjalo. —Me miré en el espejo, el peinado a medio deshacer, los ojos brillantes de todo lo que no había llorado—. ¿Sabes cómo van a recordar esta boda, Juli? "La de la serpiente." Nada más. Ni el vestido, ni la iglesia, ni el novio millonario. La de la serpiente. —Solté una risa que me raspó por dentro—. Toda mi vida esperando este día y me convertí en el chiste del año.
—No digas eso.
—Es la verdad. —Me encogí de hombros—. Solo quiero que se termine. Que se acabe este día de una vez.
Juli me apretó la mano fuerte, sin soltar más palabras animadoras, porque me conocía y sabía que en ese momento ninguna me iba a servir. Eso se lo agradecí más que cualquier discurso.
En el jardín exterior, mientras yo fingía ser una novia en su fiesta, se me acercó una figura que no esperaba.
Leonor. La madre de Damián.
Vino hacia mí con una sonrisa suave, verdadera, de esas que ya casi no reconocía de tan poco que las recibía. Me tomó las dos manos entre las suyas, tibias, y me las apretó como se le aprietan las manos a una hija.
—Renata —me dijo bajito, para que solo yo la oyera—. Lo de hoy… lo siento. De corazón.
Se me hizo un nudo en la garganta. No estaba preparada para la amabilidad; la crueldad la sé aguantar, pero la ternura me desarma.
En ese momento Toñito pasó corriendo cerca y Leonor lo atrapó con dulzura, lo trajo hacia nosotras y puso su manita en la mía.
—Cuídalo, hija —me pidió, y sus ojos se pusieron acuosos—. Es un niño difícil, ya lo estás viendo. Pero no es malo. Solo le falta… —No terminó la frase—. Y perdona a Damián por su carácter. No siempre fue así. Dale tiempo.
*Es la primera persona en todo el día que me habla como si yo fuera un ser humano y no un mueble.*
—Gracias, señora —le dije, y la voz me tembló de verdad.
—Leonor. Dime Leonor. —Me acomodó un mechón detrás de la oreja, un gesto tan de madre que casi me quiebra ahí mismo.
Toñito me miró desde abajo, la mano floja dentro de la mía, esperando a que su abuela se diera vuelta. En cuanto Leonor se alejó, el niño zafó los dedos de un tirón y me limpió la mano en su propia camisa, como si yo tuviera algo contagioso.
La tarde cayó. La fiesta se vació. Y llegó por fin la hora de irnos.
El Tano tenía el auto esperando en la puerta, un sedán oscuro y reluciente. Abrieron las portezuelas. Yo, agotada, con la cabeza en cualquier parte menos ahí, me metí en el asiento de atrás y me dejé caer contra el respaldo con un suspiro.
Nadie subió.
Levanté la vista. Damián seguía de pie afuera, junto a la puerta abierta, mirándome sin decir una palabra. Toñito, a su lado, me observaba con una sonrisita de gato.
Tardé unos segundos larguísimos en entender. El asiento de atrás, detrás del chofer, era el lugar de Damián. El del señor de la casa. Yo me había sentado en el trono sin darme cuenta.
Se me subieron los colores otra vez, ahora de pura mortificación. Me bajé a trompicones, di la vuelta al auto con las mejillas ardiendo y me acomodé adelante, en el asiento del copiloto, mientras él subía atrás sin comentarios, que era peor que cualquier comentario.
Desde el asiento de al lado, Toñito se inclinó hacia mí y me susurró al oído, con esa voz dulce y venenosa que ya empezaba a conocer:
—Tía fea, ese no es tu lugar.
*No, mi amor. Cada vez tengo más claro cuál es mi lugar en esta familia. Y no es ninguno.*
El auto arrancó. Salimos de San Martín, subimos por una carretera que trepaba entre árboles hacia la media montaña, y el cielo se fue poniendo violeta. Nadie habló en todo el trayecto. Toñito acabó dormido con la cabeza contra la ventana. Yo miraba pasar la noche y me preguntaba en qué momento exacto mi vida había dejado de ser mía.
El auto cruzó unas rejas altas y se detuvo frente a una casa enorme y silenciosa, encaramada en la ladera, con las luces encendidas esperándonos. La Villa Valcárcel. Mi casa nueva. Mi cárcel nueva.
Damián apagó el motor. Y sin volverse a mirarme, con la vista clavada al frente, dijo:
—Tu habitación está al lado de la de Toñito. No al lado de la mía.
Solté el aire de golpe. Un suspiro de alivio tan grande, tan sincero, que no alcancé a disimularlo.
Y en el espejo retrovisor, por un instante, vi que a Damián se le tensaba la mandíbula, como si aquel suspiro mío —ese alivio de no tener que dormir con él— le hubiera cruzado el pecho con algo que ni él mismo entendía.