Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 10 UN SECRETO QUE EMPIEZA A SALIR A LA LUZ
El domingo por la tarde el sol salió con fuerza. Después de tantos días de lluvia, el jardín brillaba, las flores abiertas de par en par y el césped todavía húmedo que olía a vida nueva. Fui a visitar a Lucía por la mañana: estaba animada, hablaba sin parar de lo que haría cuando se pusiera buena, de los sitios que quería conocer, de la vida que tendríamos cuando todo esto terminara. Verla así me quitó un peso enorme de encima.
Cuando regresé a la mansión, encontré a Don Eliseo sentado en el banco de madera que había cerca del roble más grande del jardín. Tenía una caja de madera pequeña en las manos, vieja y desgastada, con grabados que ya casi no se distinguían. Estaba tan concentrado mirándola que no me oyó acercarme.
—¿Buenas tardes, don Eliseo? —lo saludé suavemente para no asustarlo.
El anciano levantó la vista. Sonrió al verme, aunque sus ojos tenían una expresión melancólica que no le había visto nunca.
—Ah, querida Aitana. Siéntate conmigo un rato, ¿vale?
Me senté a su lado. Él siguió mirando la caja entre sus manos. La acarició con los dedos, despacio, como si estuviera tocando un recuerdo frágil.
—¿Qué es eso? —pregunté con curiosidad.
—Una caja vieja —respondió él, suspirando—. Perteneció a los padres de Dante. Su madre la guardaba siempre en su mesita de noche. Decía que allí guardaba las cosas más importantes de su vida.
Me quedé callada, esperando que siguiera. Sabía que hablar de ellos le costaba, aunque nunca se lo había demostrado tanto como ahora.
—Dante cree que lo de sus padres fue un accidente —dijo de repente, sin mirarme—. Un error del piloto, un día de mala suerte. Todo el mundo se lo ha dicho siempre. Incluso yo, durante años.
Sentí cómo se me ponía la piel de gallina. Algo en su tono me dijo que no iba a decirme nada bueno.
—¿Y no lo fue? —pregunté muy bajito.
Don Eliseo se giró hacia mí. Sus ojos estaban serios, cargados de una tristeza antigua.
—Yo no lo sé con seguridad, Aitana. Pero siempre hubo cosas que no encajaban. Documentos que desaparecieron, testigos que cambiaron de versión, negocios que se arruinaron de golpe justo después de su muerte. Nunca tuve pruebas suficientes para demostrar nada. Y no quise llenar la cabeza de Dante con sospechas cuando era solo un niño que acababa de perderlo todo.
—¿Pero ahora? —insistí, sintiendo cómo el corazón me latía más rápido.
Él abrió la caja despacio. Dentro había unas cuantas cosas viejas: un retrato pequeño de los padres de Dante de jóvenes, un mechón de pelo rubio que debía ser de Dante de niño, una carta doblada en cuatro partes con el sobre amarillento por el tiempo. Sacó la carta y me la entregó.
—Esto lo encontré hace poco, entre unos papeles viejos del despacho de mi hijo. La escribió él, unos días antes de morir. Nunca se la envió a nadie.
Tomé la carta con manos que temblaban un poco. La abrí con cuidado. La letra era elegante, firme, parecida a la de Dante pero un poco más redondeada. Leí despacio:
> "Si estás leyendo esto, es porque algo me ha pasado. No creo que sea un accidente. Hay alguien que no quiere que saque a la luz lo que he descubierto. Alguien muy cercano a nosotros. No puedo decir nombres todavía, no sin pruebas. Pero cuida de Dante. Cuídalo mucho. Él es el futuro de esta familia. Y ten cuidado tú también. El mal que se esconde en esta casa es más viejo y más fuerte de lo que creemos."
Se me hizo un nudo en la garganta. Levanté la vista hacia Don Eliseo. Él asintió, confirmando que había leído bien.
—¿Dante sabe de esto?
—No —negó el anciano, guardando la carta de nuevo en la caja—. No quiero decírselo hasta estar seguro de algo. Hasta tener algo más que una carta escrita con miedo. Si se lo digo ahora, se lanzará a buscar respuestas sin pensar, y podría hacerle daño. No quiero perderlo también.
En ese momento oímos pasos sobre el césped. Nos giramos. Dante venía caminando hacia nosotros, con una expresión de sorpresa al vernos juntos. Se acercó y saludó a su abuelo con un beso en la frente.
—¿Qué hacen aquí los dos, tan concentrados? —preguntó, aunque sus ojos se posaron un segundo en la caja que su abuelo todavía tenía en las manos.
Don Eliseo cerró la caja de golpe. Se la guardó en el bolsillo de la bata con una rapidez que no esperaba de él.
—Nada, muchacho. Solo recordando viejos tiempos con Aitana. Cosas de ancianos, ya sabes.
Dante lo miró fijamente. Conocía a su abuelo mejor que nadie. Notó que algo pasaba. Frunció el ceño.
—¿Qué es lo que no me están diciendo?
—Nada, Dante —respondí rápido, antes de que Don Eliseo pudiera decir nada—. Tu abuelo me estaba contando anécdotas de cuando eras niño. Nada importante.
Él me miró a mí también. Sus ojos escudriñaron mi rostro, buscando alguna mentira. Yo intenté mantener la calma, aunque sentía cómo las mejillas se me calentaban un poco. Sabía que no estaba haciendo bien ocultándole algo, pero también entendía el miedo de Don Eliseo. Dante era impulsivo cuando se trataba de su familia. Si se enteraba de la carta ahora mismo, no descansaría hasta encontrar la verdad, y eso podría ser peligroso.
—Vamos —dijo Don Eliseo, poniéndose de pie con ayuda de su bastón—. Ya es hora de merendar. Clara ha hecho esos pasteles de manzana que tanto te gustan, Dante.
Caminamos los tres hacia la casa. Dante caminaba un poco por detrás, en silencio. Sentía su mirada en mi espalda todo el camino. Sabía que no me creía del todo. Sabía que estábamos ocultando algo.
Más tarde, cuando Don Eliseo se fue a descansar, me encontré con Dante en la biblioteca. Estaba de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados, mirando hacia afuera. Se giró cuando me oyó entrar.
—¿Qué era lo que mi abuelo te estaba mostrando? —preguntó directamente, sin rodeos.
Me detuve en medio de la habitación. Tragué saliva.
—Te dije. Solo anécdotas.
—No me mientas, Aitana —dijo, acercándose a mí. Su voz no era agresiva, pero sí firme. Estaba herido—. Conozco a mi abuelo. Cuando oculta algo, guarda las cosas en esa caja de madera vieja. La vi en sus manos. Y vi cómo la escondió cuando llegué. ¿Qué había dentro?
Miré sus ojos. Estaban llenos de una mezcla de dolor y desconfianza que me partió el corazón. Odiaba tener que mentirle. Odiaba tener que ocultarle algo que tenía que ver con sus propios padres. Pero Don Eliseo me había pedido paciencia. Y yo sabía que era por su bien.
—Dante… —empecé, buscando las palabras adecuadas—. Tu abuelo solo está preocupado por ti. Quiere protegerte.
—¿Protegerme de qué? —insistió él, acercándose más hasta que estuvimos a solo un paso de distancia—. ¿De qué secreto se trata? ¿Tiene que ver con mis padres?
Me quedé callada. Eso fue respuesta suficiente para él. Sus ojos se oscurecieron. Dio un paso atrás, como si yo le hubiera dado un golpe.
—Es en serio —dijo, y su voz sonaba rota—. Me están ocultando algo sobre mis padres. Incluso tú.
—Dante, no es así —intenté explicarme, acercándome a él.
—No —me cortó, alejándose de mí. Se giró hacia la ventana, dándome la espalda—. Déjame solo un rato, por favor.
Me quedé ahí parada, mirando su espalda rígida, sintiendo cómo se me partía el corazón en dos. Sabía que lo había lastimado. Sabía que la confianza que habíamos empezado a construir ayer en la cena se había roto un poco por mi culpa. Pero también sabía que Don Eliseo tenía razón. No podíamos decirle nada sin pruebas. No podíamos ponerlo en peligro.
Me marché de la biblioteca en silencio. Subí a mi habitación y me senté en la cama, mirando la pared. Saqué la carta de mi memoria, repitiendo las frases una y otra vez. *"El mal que se esconde en esta casa es más viejo y más fuerte de lo que creemos."*
¿Qué significaba eso? ¿Quién podía haber hecho daño a los padres de Dante? ¿Y por qué seguía ocultándose después de tantos años?
Cerré los ojos. El final de aquel día no había sido nada parecido a lo que esperaba. En lugar de acercarnos más, un secreto antiguo nos había vuelto a separar. Y sabía que esto era solo el principio. Que la carta, la caja, las palabras de Don Eliseo… todo eso era solo la punta de un iceberg mucho más grande y mucho más peligroso.
Y que tarde o temprano, tendríamos que enfrentarlo juntos. O perdernos en el intento.