Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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La Víspera del Tambor y las Cadenas del Deseo
El Salón del Consejo Nocturno en la torre central de la Órbita Umbría olía a cera de abeja, pergamino antiguo y aceite de armas. Sobre una gran mesa circular de cuarzo negro cargada con mapas topográficos de la Capital Radiante, las maquetas de plata y bronce representaban las posiciones del ejército imperial y las fuerzas combinadas de la Alianza.
El ambiente era sofocante. Afuera, la bruma del ducado se había vuelto densa y teñida de un resplandor violeta inquietante: los primeros soplos de las mareas astrológicas que anunciaban el Eclipse de Sangre, a tan solo cuatro días de su cenit.
—Las defensas exteriores de la capital no son el verdadero problema —explicaba Vespera, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de la mesa de cuarzo. Vestía una armadura ligera de cuero de dragón lunar sin distintivos nobiliarios, con el cabello negro recogido en una trenza marcial—. La Muralla del Cenit cuenta con tres baterías de cañones de plasma solar, pero su suministro proviene de la red telúrica del Templo Central. Si logramos cortar el flujo de energía antes del asalto, las puertas cederán en menos de una hora.
—Mis hombres del sector norte inutilizarán las canalizaciones del acueducto oriental —intervino Klen, señalando con su dedo grueso la maqueta que representaba los barrios bajos de la capital—. Conocemos los pasadizos subterráneos mejor que la guardia imperial. Cuando la señal sea emitida, los obreros de las minas bloquearán los rieles de reabastecimiento.
En el extremo opuesto de la mesa, Valerius escuchaba en silencio, apoyando la barbilla sobre los dedos entrelazados de sus manos. Su rostro lucía una palidez casi aristocrática, acentuada por las sombras de insomnio que bordeaban sus ojos oscuros. Llevaba días canalizando pequeñas dosis de energía psiónica para sintonizar el Grimoire del Vórtice con la red telúrica del ducado, un esfuerzo que consumía gradualmente sus reservas vitales.
A su lado, Aurelius no le quitaba la vista de encima. El joven príncipe notaba la leve vibración en la mano del Archiduque cada vez que este movía una pieza de la maqueta, un signo imperceptible para los demás, pero dolorosamente evidente para quien había aprendido a conocer la anatomía y el pulso del estratega en la intimidad de sus aposentos.
—El plan es sólido en la superficie —dijo Valerius, rompiendo su silencio con una voz grave que hizo callar a los comandantes de la sala—. Pero estamos ignorando la variable más peligrosa. El Emperador Solarius IV no esperará a que rompamos sus murallas. Conoce el rito del Eclipse. Sabe que para reclamar el poder divino necesita un sacrificio de sangre real solar en el altar del Cenit. Si detecta que Aurelius está en el campo de batalla, dirigirá a la totalidad de la brigada del Halcón Dorado hacia un solo objetivo: capturar al príncipe vivo o muerto.
Aurelius dio un paso al frente, ajustándose el cinturón donde colgaba una espada corta de forja lunar.
—No voy a quedarme en la retaguardia oculto como una reliquia frágil, Valerius —declaró el príncipe, mirando a los ojos del soberano lunar con una firmeza que sorprendió a Klen y a Vespera—. Mi presencia en el frente es la única forma de desmoralizar a los soldados del regimiento solar. Ellos creen que soy un monstruo maldito. Cuando vean que puedo controlar el fuego sin quemar a mis propios hombres, entenderán que la corona les ha mentido durante años.
—Es un riesgo inaceptable —replicó Valerius en un tono cortante, entornando los ojos—. Un solo disparo de plasma concentrado o un ataque teléptico del Inquisidor Arcadius podría interrumpir tu canalización antes de que alcancemos el altar.
—¿Inaceptable? —Aurelius esbozó una sonrisa desafiante y amarga—. Llevas semanas diciéndome que soy tu espada, Archiduque. No puedes blandir una espada si la mantienes guardada en una funda de seda hasta que la batalla termine.
Los comandantes lunares y los líderes rebeldes cruzaron miradas incomodas al presenciar el choque frontal entre el soberano de la Luna y el príncipe del Sol. La tensión romántica y la lucha de voluntades entre ambos era un volcán a punto de erupcionar.
Klen tosió levemente, rompiendo el transe.
—El príncipe tiene razón en un punto, Lord Nightshade —dijo el líder rebelde con temple terrenal—. El pueblo necesita ver que luchamos por un rey legítimo, no por una sustitución de tiranos en la sombra. Aurelius debe marchar con la vanguardia, pero estará protegido por mi guardia personal y por la propia Vespera.
Valerius apretó los puños debajo de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sostuvo la mirada de Aurelius durante largos segundos antes de dejar escapar un largo e imperceptible suspiro de resignación.
—El consejo ha terminado —declaró el Archiduque, poniéndose de pie con parsimonia—. Preparen las tropas para la marcha nocturna. Salimos hacia el valle del Destino al amanecer.
...
Una hora más tarde, la suite privada del Archiduque en la torre norte estaba sumida en la penumbra. Solo el fuego moribundo de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre la cama de terciopelo y las estanterías de libros antiguos.
Aurelius entró sin llamar a la puerta. Sabía que Valerius no estaba durmiendo.
El Archiduque se encontraba de pie frente al gran ventanal de cuarzo, mirando la bruma violeta que cubría el horizonte. Había comenzado a desabrocharse la casaca militar, dejando al descubierto la tela fina de su camisa de lino.
Aurelius avanzó en silencio hasta detenerse justo detrás de él. Extendió las manos y, con una delicadeza contenida, rodeó la cintura del hombre mayor desde atrás, apoyando la mejilla contra la espalda firme y helada de Valerius.
Sintió la tensión acumulada en los músculos del estratega.
—Estás enojado conmigo —murmuró Aurelius en voz baja, sintiendo el aroma a sándalo y nieve que tanto lo serenaba.
Valerius no se apartó del abrazo, pero tampoco se giró de inmediato. Su mano subió y cubrió los dedos del príncipe que rodeaban su abdomen, apretándolos con una fuerza lenta y posesiva.
—No estoy enojado, Aurelius —respondió Valerius con una voz rasposa que delataba un agotamiento profundo—. Estoy aterrorizado. Y es una sensación aborrecible para alguien que ha pasado cuarenta años controlando cada variable de su existencia.
Aurelius frunció el ceño, sorprendido por la confesión. Deshizo el abrazo y obligó a Valerius a girarse para mirarlo de frente.
A la luz de la chimenea, el rostro del Archiduque lucía una vulnerabilidad trágica. Los hilos plateados de su cabello caían sobre su frente y sus ojos oscuros reflejaban un dolor reprimido con fiereza.
—No puedes tener miedo por mí —dijo Aurelius, tomando el rostro del hombre entre sus manos. Sus palmas, siempre cálidas por la energía solar, reconfortaron la piel fría de Valerius—. Me enseñaste a domar el fuego. Me diste un propósito cuando todos me querían muerto. Si el rito del Eclipse me exige pagar un precio con mi propia sangre para apagar el Sol, lo pagaré gustoso sabiendo que te pertenecí.
—¡No digas eso! —rugió Valerius, perdiendo por completo la compostura aristocrática que lo caracterizaba.
Agarró a Aurelius por los hombros y lo estampó suavemente contra la pared lateral del ventanal, acorralando al joven con su cuerpo. Su respiración era agitada, casi febril.
—No voy a permitir que te conviertas en un mártir, Aurelius —susurró Valerius, inclinándose hasta que sus labios rozaron la frente del príncipe en un beso desesperado—. Si el Grimoire del Vórtice exige un alma como tributo para la Inversión Astral, tomará la mía. Tú vas a vivir. Vas a gobernar Aethelgard sobre las cenizas de este régimen. Esa es la única condición de este pacto.
Aurelius sintió un nudo en la garganta. La intensidad del amor de este hombre, un amor maduro, protector y voraz que rayaba en la locura, lo abrumó por completo.
—Entonces sobrevivamos los dos —suplicó el príncipe, alzando la cabeza para besar al Archiduque en la boca con un ardor salvaje—. Prométemelo, Valerius. Prométeme que no te dejarás consumir por la magia del vórtice.
Valerius no prometió nada con palabras. En lugar de eso, devoró los labios de Aurelius en un beso profundo, dominante y frenético. Sus manos bajaron por la espalda del joven, rasgando la tela de su túnica para sentir el contacto directo de la piel caliente del príncipe. Aurelius gimió contra su boca, entrelazando las piernas alrededor de la cintura del Archiduque mientras ambos caían sobre el lecho de terciopelo.
Esa noche, bajo el cielo teñido de violeta que anunciaba el fin del imperio, no hubo cálculos políticos ni estrategias militares en la habitación del soberano lunar. Solo hubo un amor desesperado que se entregó a la carne y al fuego con la urgencia de quienes saben que el amanecer puede traer la muerte.