Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LO QUE LA SANGRE NO DICE
No dormimos esa noche.
Lucas y yo pasamos las horas siguientes frente al laptop, rastreando cada movimiento de Richard Sterling, cada declaración pública, cada archivo que había filtrado a la prensa. Patrick no estaba con nosotros. Había salido de la mansión Sterling esa misma noche, sin decir una palabra, con los ojos grises vacíos como ventanas a una casa abandonada.
—¿Dónde está? —pregunté por tercera vez.
—No lo sé —respondió Lucas, sin levantar la vista de la pantalla—. No contesta el teléfono. No contesta los mensajes. Elena, creo que necesita tiempo.
—No tiene tiempo. —Me puse de pie, caminé hacia la ventana. Manhattan brillaba bajo la lluvia, indiferente a nuestro caos—. Richard acaba de destruirlo públicamente. Silvia tiene las acciones. Y nosotros... nosotros estamos a punto de perderlo todo.
—¿Qué sugieres?
—Que vayamos a ver a Silvia. —Me giré hacia Lucas—. Ahora. Esta noche. Antes de que ella consolide su posición.
—Elena, Silvia es impredecible. Si está acorralada...
—Entonces es el mejor momento para hablar con ella. —Tomé mi abrigo—. Porque una Silvia acorralada es una Silvia que negocia.
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El apartamento de Silvia estaba en el Upper East Side. Un ático que Victoria le había comprado como "regalo de compromiso". Ahora era el cuartel general de la mujer que, técnicamente, poseía Sterling Holdings.
No anuncié mi llegada. Simplemente subí en el ascensor, caminé por el pasillo, y toqué la puerta.
Silvia abrió.
Llevaba una bata de seda color vino, el cabello suelto, los ojos hinchados de llorar. Pero en su postura, en la forma en que sostenía la copa de champagne, vi algo que reconocí al instante.
Poder.
Recién estrenado. Todavía tambaleante. Pero poder, al fin.
—Elena. —Sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Qué sorpresa. ¿Viniste a felicitarme?
—Vine a hablar.
—No tengo nada que decirte.
—Sí, tienes. —Di un paso adelante, sin esperar invitación—. Porque si no hablamos esta noche, mañana voy a presentar una demanda federal que va a congelar cada acción que tienes. Y mientras los abogados trabajan, Sterling Holdings va a perder el 40% de su valor en bolsa.
Silvia palideció.
—No puedes hacer eso.
—Puedo. Y lo voy a hacer. —Me senté en el sofá, sin que me invitara—. A menos que hablemos.
Silvia me observó. Largo rato. Y luego, lentamente, se sentó frente a mí.
—¿Qué quieres?
—Quiero las acciones.
—No.
—Silvia...
—No. —Dejó la copa sobre la mesa, con un golpe seco—. Richard me las dio. Son mías. Legalmente mías. Y después de todo lo que me han hecho, después de todo lo que he perdido, no voy a rendirme ahora.
—No te estoy pidiendo que te rindas. —Mi voz salió más suave de lo que pretendía—. Te estoy pidiendo que negocies.
—¿Negociar qué?
—Que tú y yo dejemos de destruirnos. —La miré a los ojos—. Porque si seguimos así, las dos vamos a caer. Y la única que va a ganar es Victoria, desde su celda de prisión, riéndose de nosotras.
Silvia no respondió.
Pero vi cómo sus dedos se aflojaban alrededor de la copa.
—¿Qué me ofreces? —preguntó finalmente.
—Protección. —Saqué una carpeta de mi bolso. La deslicé hacia ella—. Pruebas de que Richard te manipuló. De que te obligó a firmar esos documentos bajo coacción. Con esto, puedes anular la transferencia de acciones. Y yo, a cambio, voy a asegurarme de que no vayas a prisión por el secuestro de Lucas.
—¿Por qué harías eso?
—Porque estoy cansada. —Cerré los ojos un segundo—. Cansada de pelear. Cansada de destruir. Cansada de ver a todos los que amo pagar el precio de las decisiones de otros.
Silvia me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Reconocimiento.
El tipo de reconocimiento que solo existe entre dos mujeres que han aprendido, a golpes, lo que cuesta sobrevivir en un mundo de hombres.
—Elena —dijo, con la voz baja—, ¿qué pasó contigo? ¿Dónde está la mujer que me dejó en aquel baño del Met?
—Murió. —Abrí los ojos—. Hace dos vidas.
Silvia frunció el ceño.
—¿Qué dices?
—Nada. —Me puse de pie—. Piénsalo. Tienes veinticuatro horas. Después, te juro que voy a destruirte. Y esta vez, no voy a dejar nada en pie.
Salí del apartamento antes de que pudiera responder.
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En la calle, la lluvia había parado. El aire olía a asfalto mojado y a decisiones tomadas.
Mi teléfono vibró.
Patrick.
*"Ven a la iglesia de San Patricio. Ahora."*
Llegué en diez minutos.
La iglesia estaba vacía a esa hora de la noche. Solo las velas encendidas frente al altar, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Y Patrick, de rodillas en el primer banco, con la cabeza baja, las manos entrelazadas.
Me acerqué en silencio. Me senté a su lado.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pasaron los minutos. Largos. Densos. Sagrados.
—Mi padre —dijo finalmente Patrick, sin levantar la vista—, era un monstruo.
—Marcus Kane fue un monstruo. —Mi voz fue un susurro—. Pero Richard... Richard es algo peor.
—¿Por qué?
—Porque Richard eligió. —Me giré hacia él—. Eligió huir. Eligió mentir. Eligió dejar que otros cargaran con las consecuencias de sus decisiones. Marcus mató por orden. Richard destruyó por cobardía.
Patrick levantó la vista. Y en sus ojos vi algo que me rompió el corazón.
No era furia.
No era dolor.
Era *vacío*.
—¿Y yo, Elena? —susurró—. ¿Qué soy yo? ¿Hijo de un monstruo? ¿Hijo de un cobarde? ¿O simplemente un error que nadie quiso reclamar?
—Eres Patrick. —Tomé su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme—. Eres el hombre que eligió quedarse cuando todos huyeron. Eres el hombre que me amó cuando yo no me dejaba amar. Eres el hombre que, a pesar de todo, sigue intentando hacer lo correcto.
—¿Y eso es suficiente?
—Es más que suficiente. —Me acerqué a él. Mi frente contra la suya—. Es todo lo que necesito.
Patrick cerró los ojos. Y por primera vez en toda la noche, respiró.
—Elena —susurró—, necesito pedirte algo.
—Lo que sea.
—Cásate conmigo. —Abrió los ojos. Y en ellos vi algo que no había visto nunca. Súplica pura—. No por la empresa. No por las acciones. No por Sterling Holdings. Cásate conmigo porque no puedo imaginar el resto de mi vida sin ti. Porque necesito que me ancles. Porque necesito saber que, pase lo que pase, tú vas a estar ahí.
No respondí de inmediato.
Porque en otra vida, Patrick me había pedido lo mismo. Y yo había dicho que sí. Y había muerto por ello.
Pero esta vida no era la otra.
Esta Elena no era la otra.
Y este Patrick, el que estaba arrodillado frente a mí en una iglesia vacía, con los ojos grises llenos de lágrimas contenidas, era el hombre que había elegido quedarse.
—Sí —susurré—. Sí, Patrick. Me caso contigo.
Patrick me besó.
No con desesperación.
No con rabia.
Con *gratitud*.
Con la gratitud de un hombre que, después de toda una vida de mentiras, finalmente había encontrado algo real.
Algo que la sangre no podía definir.
Algo que ninguna prueba de ADN podía medir.
Algo que, al final, era lo único que importaba.
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Salimos de la iglesia de la mano.
La noche era fría. Manhattan brillaba a lo lejos, indiferente a nuestro amor recién declarado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Patrick, mientras caminábamos hacia el coche.
—Ahora —dije, con la voz firme—, vamos a recuperar lo que es nuestro.
—¿Sterling Holdings?
—No. —Me detuve. Lo miré a los ojos—. Vamos a recuperar nuestras vidas. La empresa puede esperar. Pero nosotros no.
Patrick sonrió.
Una sonrisa pequeña. Triste. Liberadora.
—Entonces, ¿qué hacemos primero?
—Primero —dije, sacando el teléfono—, vamos a llamar a Lucas. Porque tengo un plan. Y necesito que Silvia lo escuche.
—¿Qué plan?
—El plan que va a destruir a Richard Sterling de una vez por todas.
Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Miedo.
No de Richard.
De mí.
De la mujer en la que me había convertido.
De la mujer que, por primera vez en dos vidas, estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para proteger lo que amaba.
Incluso si eso significaba destruir a su propio padre biológico.
Incluso si eso significaba convertirse en el monstruo que siempre había jurado no ser.
Mi teléfono vibró.
Lucas.
*"Elena, tienes que venir a casa. Ahora. Encontré algo en el servidor de Richard. Algo que cambia todo."*
Levanté la vista. Patrick me observaba con preocupación.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
Solo sabía que, otra vez, el juego había cambiado.
Y esta vez, no estaba segura de que quisiéramos seguir jugando.
Leee