El Destino de la Sangre Mestiza
En un mundo fracturado por una guerra milenaria entre criaturas de la noche, Selene es lo que todos temen y nadie debería existir: una híbrida. Heredera del fuego carmesí y la fuerza indomable de los lobos Alfa, vive escondiendo la mitad de su naturaleza en las sombras. Pero cuando una antigua profecía se desata y el Primer Híbrido despierta para devorar el continente, la única forma de salvar su hogar es pactar con el enemigo.
Valerius es el despiadado y letal príncipe de la Casa de las Sombras. Un vampiro noble que se mueve en la oscuridad con una fría elegancia, educado para odiar a la especie de Selene. Sin embargo, cuando la magia ancestral amenaza con destruirlo todo, se ve obligado a luchar codo a codo con la única mujer capaz de acelerar su frío corazón.
Entre batallas sangrientas contra dioses olvidados, traiciones de la Inquisición humana y secretos ocultos bajo el mar, una atracción peligrosa e inevitable florece entre la fiera y el vampiro.
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La fiera del bosque de las sombras.
Capítulo 2: La Fiera del Bosque de las Sombras.
Quinze años después.
Un rayo de luz plateada atravesó las densas copas del Bosque de las Sombras. En la penumbra, una joven de dieciséis años permanecía inmóvil sobre la rama más alta de un arce gigante.
Se llamaba Selene.
Poseía la piel pálida y misteriosa de los vampiros, pero sus ojos cambiaban de un azul profundo a un dorado felino según su estado de ánimo. Vestía ropas de cuero ajustadas, desgastadas por años de supervivencia en la intemperie.
A unos metros debajo de ella, el follaje se agitó. Una mole de tres metros de altura, con pelaje gris y colmillos como dagas, avanzaba a paso lento. Era Lycan en su forma de bestia.
Sin hacer el menor ruido, Selene exhaló. Un aura de llamas carmesí —fuego de sangre purísima de vampiro— envolvió los puños de la joven. Al mismo tiempo, sus garras crecieron y sus sentidos se agudizaron con la fuerza destructiva de un lobo Alfa.
¡Ahora!
Selene se impulsó desde la rama, cayendo como un meteoro ardiente sobre la enorme bestia.
Lycan reaccionó con la velocidad de un guerrero milenario, esquivando el golpe hacia la izquierda. El puño de Selene impactó directamente contra la tierra, provocando una explosión de fuego carmesí y una onda de choque que agrietó el suelo y derribó tres árboles a su alrededor.
La bestia de pelaje gris volvió a su forma humana en medio de la humareda. Lycan, con algunas canas en su cabello pero tan imponente como siempre, sonrió con orgullo mientras se sacudía el polvo del hombro.
—Demasiado impulso, Selene —corrigió el padre, cruzándose de brazos—. El fuego de tu madre es destructivo, pero si usas mi fuerza lobuna para impulsarte sin control, pierdes la precisión. En una batalla real contra los reyes, ese error te costaría la cabeza.
—Nadie en este bosque sobreviviría a ese impacto, papá —protestó Selene, poniéndose en pie con una agilidad felina. El fuego carmesí de sus manos se extinguió en un chasquido.
—El Bosque de las Sombras no es tu enemigo, hija. Tu verdadero enemigo tiene ejércitos de miles de vampiros y lobos sedientos de sangre —respondió Lycan, su rostro tornándose serio—. La guerra allá afuera no se ha detenido. El Rey Vampiro y los Alfas rebeldes están destruyendo el mundo buscando el origen del "Poder Divino" que sintieron la noche que naciste.
Selene apretó los puños. Desde que tenía memoria, vivía escondida, entrenando día y noche bajo la tutela de su padre mientras su madre, Elena, permanecía en un trance profundo curando sus viejas heridas de guerra dentro de una barrera mágica.
De pronto, un crujido no natural resonó a un kilómetro de distancia. Los orejas de lobo de Lycan se movieron y los ojos de Selene resplandecieron en dorado.
El aroma a azufre y metal pesado inundó el viento.
—Detectores de sangre —susurró Lycan, desenvainando las garras de sus manos—. Una patrulla de élite del Rey Vampiro cruzó la barrera del bosque. Nos encontraron.
Selene no sintió miedo. Una sonrisa desafiante y peligrosa se dibujó en sus labios mientras el fuego de sangre y el poder del lobo comenzaban a fusionarse en su pecho.
—Llevo quince años entrenando para esto, papá —dijo la joven, avanzando hacia la espesura—. Déjame darles la bienvenida.