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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:501
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cuando te conocí.

Hacía dos años había terminado el secundario, dos largos años en los cuales trabajé sin parar. Dos años me llevó acomodar todo para poder irme a estudiar. Pero estaba realmente feliz de que todo el sacrificio hubiera valido la pena.

Me había anotado en una universidad de otra ciudad para poder estudiar lo que yo quería. Iba a empezar una gran etapa nueva en mi vida, y lo sabía.

Me había mudado esa semana calurosa de febrero y ese lunes era mi primer día de clases en la universidad. Esperé el colectivo en el lugar que me indicó el kiosquero, ese que está en todos los barrios, que habla mucho y pregunta mucho. Pero ese día me había sido de gran ayuda.

Subiste atrás mío al colectivo. Pagué mi boleto y me senté. Vi que tu tarjeta la pasabas una y otra vez, pero no había caso: no tomaba el pago. Así que me levanté, te miré a los ojos —unos ojos celestes y verdes preciosos— y pagué tu boleto, sin decir nada.

Pasaste para atrás y te sentaste en el único asiento que estaba libre, el que yo había dejado al pararme a pagar. No me dijiste nada, ni siquiera las gracias. Y a mí me causó gracia; la situación me resultó algo rara. Me puse los auriculares con la música sonando y me agarré de un asiento mientras contaba las cuadras y prestaba atención en cada esquina que doblaba, intentando memorizar el recorrido que había visto en el mapa hasta la universidad. No le di importancia a lo que había pasado.

Me bajé, caminé unas cuadras y me presenté en la Secretaría para que me explicaran cómo era todo. No te volví a ver desde que bajé del colectivo hasta que llegué a la universidad. Ahí estabas: en la puerta, esperando, con tu mejor cara de malhumorado, serio, indiferente. Me sonreí al pasar a tu lado. Sabía que eras el chico al que le había pagado el boleto y que ni las gracias me había dado.

El primer día transcurrió con total normalidad. El segundo, el tercero y el cuarto también. Al quinto día, después de tantas presentaciones, lugares, compañeros, fotocopias y demás, ya estaba más adaptado a mi nueva vida, lejos de mi casa. Había comenzado una nueva etapa: la etapa de universitario.

Ese viernes caminé a la parada del colectivo como lo había hecho toda la semana. Si bien íbamos a la misma universidad, no me había dado cuenta de que habías tomado el mismo colectivo los días anteriores. Ni siquiera te había visto.

Subiste al colectivo y te sentaste a mi lado, sin decir nada. Me mirabas cada tanto. Yo miraba para afuera, muerto de vergüenza, incómodo. Eras demasiado lindo e intimidante. ¡Y no hablabas! Fue uno de los viajes en colectivo más incómodos de mi vida. Estaba paralizado; no sabía si pedirte permiso y sentarme en otro asiento. No me animé, así que seguí mirando para afuera mientras contaba las cuadras en mi mente.

Por fin llegó el momento en que te tenías que bajar. Te bajaste, obviamente sin decir nada.

A las dos cuadras me di cuenta de que tus llaves estaban en el asiento; se te habían caído. Me paré, toqué el timbre del colectivo y, sin pensarlo, corrí hasta la esquina donde te habías bajado. Corrí dos cuadras más hasta que te vi. Quería gritarte, pero no sabía tu nombre, así que solo grité:

—¡Flaco, tus llaves! ¡Se te cayeron las llaves!

No te diste vuelta. Tomé aire y seguí corriendo hasta que te alcancé. Te di las llaves; las miraste como extrañado. Te expliqué que se te habían caído en el asiento del colectivo y que por eso venía corriendo como un loco tantas cuadras.

—Bueno, decí que las viste y me las trajiste —me dijiste, y seguiste caminando.

Ahí estaba yo, en medio de una calle que no conocía, muerto de sed y totalmente desorientado. Y pensando que, otra vez, no me habías dado las gracias. Recién ahí caí en cuenta de que me faltaba mi morral: por alcanzarte tus llaves lo había olvidado en el colectivo.

Así que estaba sin tarjeta y sin plata para volver. A vos ya no te veía, así que caminé hasta encontrar el recorrido del colectivo y volví a pie, cuadra a cuadra, hasta llegar a mi casa. Tuve que llamar a la terminal de colectivos para avisar por si encontraban mi morral, y también a la inmobiliaria para pedir una reposición de llave. Me moría de vergüenza al decir que en mi primera semana ya había perdido la llave, pero no tuve otra salida.

Esa noche ya no me reía con el recuerdo. Me sentía un tonto: un tonto por haberte pagado el colectivo aquel día y un tonto por correr para devolverte las llaves. El lunes planeaba decírtelo ni bien te viera en la universidad. Sí, ya lo había decidido.

El lunes te busqué en el colectivo y en la entrada de la universidad, pero no pude verte. Volví enojado en el colectivo; tenía tanto por decirte, y quería saber tu nombre. Era muy importante saber tu nombre.

Cuando bajé sentí que alguien caminaba detrás mío. Me apuré un poco y seguí. Era una pareja que venía como siguiéndome. Al llegar a la entrada de mi casa me quedé parado en la vereda. Eras vos. Vos y tu novia.

Me sonreíste como si fuéramos viejos amigos que hacía tiempo no se veían. Te acercaste confiado a saludarme, me preguntaste mi nombre con una gran sonrisa, te presentaste y me presentaste a tu novia. Me agradeciste, muy contento, por el boleto que te había pagado sin conocerte y por las llaves.

Yo me quedé ahí, mudo. Todo lo que había pensado decirte durante el fin de semana ya no encajaba, ya no podía hacerlo. Sonreí y los saludé cuando se fueron.

No entendía casi nada.

Lo único que entendí ese día fue que el amor te hacía ver distinto: te hacía brillar, te cambiaba por completo la energía.

Y también entendí que eras heterosexual.

Así que taché en mi mente cualquier posibilidad de algo con vos.

Pero debo reconocer que, después de verte sonreír, ya me resultabas más que atractivo.

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Benjamín Gohega
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