Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 22 - El triunfo de una Soler
A miles de kilómetros de la pista de hielo, en el gélido ambiente de Alaska, las sombras de la Mansión Soler albergaban planes oscuros. Estela observaba a su esposo desde el umbral de la sala, con una profunda angustia reflejada en el rostro.
—¿Cuándo vas a viajar a Finlandia, Marcelo? —preguntó en voz baja.
—Iré para allá el próximo mes —sentenció Marcelo, sin apartar la mirada de sus notas—. Ya se cumplen los seis meses de plazo que le di a Adam. Y te aseguro una cosa: si descubro que nuestro hijo no cumplió con nuestro trato, lo voy a obligar a hacerlo. Y será de la manera más terrible que alguien se pueda imaginar.
Estela guardó silencio, apretando los puños mientras sentía cómo el miedo por el destino de su hijo le oprimía el pecho.
Mientras tanto, en el pueblo finlandés, la atmósfera alrededor del lago congelado era un torbellino de gritos y aplausos. La competencia había terminado y todos los patinadores esperaban alineados en el hielo. El presentador se colocó frente al micrófono, sosteniendo un documento reluciente.
—Señoras y señores, ya tengo en mis manos el sobre con el nombre del ganador o la ganadora de este gran concurso de patinaje —anunció con voz potente, deslizando los dedos para abrir el sello—. Procederé a revelar el resultado en este mismo instante.
Desde las gradas, Adam sonreía con orgullo, cruzando una mirada llena de complicidad y aliento con su esposa. Bibiana, con el corazón latiéndole a mil por hora en el centro de la pista, apretó los puños y cerró los ojos, conteniendo la respiración.
—¡Damas y caballeros! La ganadora indiscutible de este concurso de patinaje es... ¡la señorita Bibiana Soler!
Al escuchar su nombre —y el apellido de su esposo— resonar en los altavoces, Bibiana abrió los ojos de golpe, completamente sorprendida. De inmediato, la multitud estalló en vítores y aplausos efusivos. Adam se puso de pie, aplaudiendo con una felicidad desbordante que iluminaba sus facciones sobrenaturales.
—¡Muchas felicidades, jovencita! —expresó el presentador, entregándole un reluciente trofeo de cristal y un cheque de gran valor.
—¡Muchísimas gracias! —alcanzó a decir Bibiana, con una sonrisa radiante.
Sin perder un segundo, patinó con agilidad hacia la orilla de la pista, salió a toda prisa y corrió directo hacia donde estaba Adam, arrojándose a sus brazos en un fuerte y emocionante abrazo.
—¡Mi amor, yo sabía perfectamente que lo ibas a lograr! —le dijo Adam al oído, sonriendo con orgullo mientras la separaba un poco para mirarla.
—Todo esto es gracias a ti... —susurró Bibiana, con los ojos empañados de pura alegría—. Tú me apoyaste en todo y me pagaste la escuela de patinaje. Gracias por cumplir mis sueños, mi vida.
—Yo haría eso por ti y muchísimo más, Bibi —respondió él con absoluta devoción.
Se unieron en un beso apasionado, ajenos al mundo, sellando el triunfo de Bibiana con la copa en alto. Sin embargo, no todos celebraban en el lugar. A unos metros de distancia, apartadas de la multitud, dos patinadoras los observaban con la mirada inyectada en envidia.
—No es justo que ganara Bibiana... —masculló Laura, apretando los dientes con frustración.
—Yo estoy igual de molesta que tú, Laura —coincidió Nicole, cruzándose de brazos con rabia mientras veía a la pareja besarse—. No sé qué le ven. Todos los méritos y los aplausos siempre se los tiene que llevar ella. Es insoportable.
Ignorando por completo el veneno de sus compañeras de pista, Bibiana se refugió de nuevo en los labios de Adam, disfrutando del momento más alto de su vida humana... sin sospechar que el próximo mes, la jaula de oro de Marcelo y las estacas de Matt caerían sobre su pequeño paraíso
La noche regresó con su manto helado sobre el bosque finlandés, pero en el interior de la cabaña, el fuego de la chimenea mantenía un ambiente cálido y protector. Bibiana, aún emocionada por la victoria, dejó el trofeo sobre la mesa de la sala y se giró hacia su esposo con una sonrisa radiante.
—Mi amor, ahora tenemos mucho más dinero con lo que gané en el concurso —comentó, abrazándolo por el cuello—. Eso significa que vamos a vivir muy bien por un largo tiempo.
Adam la rodeó por la cintura, contagiado de su alegría, y soltó una suave risa de complicidad.
—Querrás decir por largos años, mi vida... Porque si a ese premio le sumamos todo el dinero que venía en el maletín que nos dio mi abuela Clara, tenemos una inmensa fortuna asegurada. Nadie podrá venir a presionarnos por asuntos económicos.
—Es verdad, mi amor —asentió Bibiana, acortando la distancia para sellar sus palabras con un dulce beso en los labios.
Al separarse, Adam la miró con ojos encendidos de devoción y entusiasmo.
—Es una noche especial. Vamos a celebrar por todo lo alto que hayas ganado ese concurso, te lo mereces.
Bibiana dibujó una sonrisa pícara, acariciándole el rostro con suavidad.
—Mi amor... no quiero que lo celebremos con una cena elegante, donde tenga que sentarme a comer yo sola mientras tú me observas.
—Entonces... ¿cómo quiere celebrarlo mi reina? —preguntó Adam en un susurro, atrapado por el brillo de su mirada.
—Quiero celebrarlo aquí mismo... en tus brazos —respondió ella antes de unir sus labios a los de él en un beso apasionado y profundo.
Sin necesidad de más palabras, Adam la cargó con delicadeza, dejándose llevar una vez más por la marea de la pasión y el inmenso amor que los unía. En la quietud de esa cabaña aislada, ajenos por completo al reloj que Marcelo ya hacía correr en Alaska y a las armas que Matt preparaba en Rumania, los dos se entregaron al calor de sus sentimientos, cobijando sin saberlo el inicio de una nueva vida puramente sobrenatural.
Lejos de la felicidad que se vivía en el bosque, el miedo comenzaba a echar raíces en otra casa del pueblo. En la sala de la familia de Matt, la cena había quedado a un lado, reemplazada por un silencio pesado que Tomás decidió romper al ver el rostro afligido de su madre.
—Mamá... ¿qué has sabido de mi hermano? —preguntó con cautela, rompiendo la tensión del lugar.
Martina soltó un suspiro cargado de angustia, frotándose las manos nerviosamente sobre el regazo.
—Él sigue en Rumanía, hijo... Me dijo que está aprendiendo a cazar vampiros.
Tomás negó con la cabeza, soltando una ligera risa amarga. Aunque le preocupaba, intentó buscarle el lado positivo a la distancia.
—Bueno, al menos está bien lejos de aquí, mamá. Es muchísimo mejor que esté aprendiendo otras cosas en Europa a que siga todo el tiempo obsesionado, corriendo detrás de Bibiana.
—Pero esas cosas en las que se metió pueden terminar muy mal para él —replicó Martina, levantando la mirada con los ojos empañados—. Y eso es lo que me preocupa definitivamente, Tomás.
Tomás se enderezó en su asiento, contagiado por el pánico en la voz de su madre.
—¿Qué es exactamente lo que te preocupa, mamá?
—Que tu hermano no mide el peligro... —confesó la mujer con un hilo de voz, sintiendo un frío terrible en el pecho—. Si Matt decide regresar y se mete con ese joven vampiro o con alguien de su familia... podría terminar muerto. Esos monstruos no tienen piedad, hijo.
Tomás se quedó completamente callado, bajando la vista hacia la mesa. La cruda realidad de las palabras de su madre lo dejó mudo. Sabía perfectamente que el odio de Matt era una bomba de tiempo, y que cuando regresara a Finlandia, la sangre no tardaría en correr.