Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 15 LA PELEA QUE NOS ALEJÓ
Terminé de cerrar la maleta con manos que temblaban. No me llevaba muchas cosas: ropa para unos días, el libro de poemas que Dante me había dejado en la habitación (aunque no quería admitir que me lo llevaba), una foto de Lucía y poco más. El resto lo dejaría allí. No sabía cuánto tiempo me iría. No sabía si volvería.
Cargué la maleta hasta el vestíbulo. La casa estaba en silencio. Don Eliseo estaba en su habitación descansando, y Dante… no sabía dónde estaba. Quizás en el despacho, quizás en el jardín, quizás en cualquier parte menos cerca de mí.
Me detuve un segundo frente a la puerta principal. Miré hacia atrás, hacia los pasillos que había recorrido durante estos meses, hacia la escalera donde me había reído con Don Eliseo, hacia el salón donde Dante y yo habíamos compartido tantos silencios y algunas pocas palabras bonitas. Sentí cómo se me apretaba el pecho. Quería irme. Pero también quería quedarme. Quería que él apareciera y me dijera que me quedara, que me abrazara y me jurara que todo era una mentira.
Pero no apareció.
Respiré hondo y agarré el pomo de la puerta. Estaba a punto de abrirla cuando escuché su voz detrás de mí.
—¿De verdad te vas?
Me giré. Dante estaba parado en el arranque de las escaleras. Tenía la camisa desabrochada por el cuello, el cabello revuelto como si se lo hubiera pasado mil veces con la mano. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos, y su rostro estaba pálido, cansado. Se veía hecho pedazos.
—Sí —respondí, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz, a pesar de que por dentro me estaba rompiendo—. Tengo que irme.
Él bajó las escaleras despacio. Se detuvo a unos pasos de mí.
—¿Y adónde irás? ¿A casa de tu tía? ¿A un hotel? ¿No te importa que Lucía esté a punto de ir a Madrid y que tú no estés para acompañarla?
Sentí cómo la rabia me subía por la garganta.
—No te atrevas a usar a mi hermana contra mí —le dije, apretando los dientes—. Tú eres el que ha hecho que esto sea imposible. Tú y ella.
—¡Yo no he hecho nada! —gritó él, y su voz resonó en el vestíbulo vacío. Nunca le había oído gritar así—. Te lo he dicho mil veces. No hay nada entre Sofía y yo. Nada. Pero tú no quieres creerme. Prefieres creer en unas fotos falsas y en lo que te imaginas, en lugar de creer en el hombre que…
Se cortó de golpe. Cerró la boca con fuerza, como si se hubiera dicho algo que no debía.
—¿El hombre que qué? —insistí, acercándome un poco a él, desafiante—. Dilo. El hombre que qué, Dante.
Él me miró fijamente a los ojos. Sus ojos estaban brillantes, húmedos. Pero el orgullo era más fuerte.
—El hombre que cumplió con cada una de sus promesas —dijo, y su voz sonó fría, cortante—. El hombre que pagó las deudas de tu familia, que curó a tu hermana, que te dio un techo y protección. ¿Es así como me lo pagas? Dudar de mí sin pruebas, irte como si nada importara?
Sentí como si me hubiera dado un golpe en el estómago.
—¿Ah, sí? —respondí, y mi voz también se volvió fría, hiriente—. ¿Así que todo esto ha sido solo un pago para ti? ¿Solo obligaciones? ¿Te has portado bien conmigo solo porque el contrato lo decía?
—¡No he dicho eso!
—¡Pero lo piensas! —grité yo, y las lágrimas por fin se me salieron, rodando calientes por las mejillas—. Todo el tiempo has sido así. Frío. Distante. Cuando yo quería acercarme, tú te alejabas. Y ahora que aparece ella, que es perfecta y que siempre ha sido de tu mundo, te olvidas de que yo existo. ¡Y luego te haces el ofendido porque yo me doy cuenta!
Dante dio un paso hacia mí. Su rostro estaba desencajado por la rabia y el dolor.
—¿Y tú qué has hecho, Aitana? —le gritó de vuelta—. ¿Has confiado en mí alguna vez de verdad? ¿O siempre has visto este matrimonio como un trato del que tienes que salir lo antes posible? ¿Te has preguntado alguna vez lo que yo siento? ¿O solo te importa lo que tú crees que es verdad?
—¡Yo sí me he preguntado lo que sientes! —le respondí, desesperada—. ¡Y lo único que veo es que cada vez que ella aparece, tú te olvidas de mí! Que te ríes con ella, que hablas con ella, que caminas de su brazo mientras yo me quedo sola mirando desde lejos! ¿Qué quieres que piense, Dante? ¿Qué quieres que crea?
—¡Quiero que creas en mí! —gritó él, y su voz se rompió al final. Dio un paso más hacia mí, hasta que estuvimos casi tocándonos. Se llevó una mano a la cabeza, frustrado, desesperado—. Dios mío, Aitana. ¿Es que no te das cuenta? ¿Es que no ves lo que…?
Volvió a cortarse. Esta vez no terminó la frase. Se quedó mirándome, con los ojos llenos de una tristeza tan grande que me dolió hasta los huesos.
—No importa —dijo al fin, muy bajito, dando un paso atrás. La frialdad volvió a su rostro, como una coraza que se ponía para protegerse—. Si quieres irte, vete. No te voy a detener. No te voy a rogar que te quedes con alguien que no confía en mí.
Sus palabras me partieron el corazón.
—Muy bien —dije, secándome las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recuperar un poco de dignidad—. Me voy. Y no te preocupes. No seré una carga para ti ni para tu perfecta Sofía mucho tiempo. Cuando termine lo de Lucía, hablaré con los abogados. Terminaremos este contrato antes de lo acordado.
Vi cómo su rostro se endureció aún más al oír eso. Como si yo le hubiera clavado un puñal.
—Está bien —respondió, secamente—. Haz lo que quieras.
No dije nada más. Me giré, abrí la puerta y salí sin mirar atrás. Cerré la puerta con un golpe suave. El frío de la tarde me golpeó la cara. Caminé hasta la puerta de la calle, donde el coche me esperaba. El conductor me ayudó con la maleta y subí.
Cuando el coche arrancó, no pude aguantar más. Me eché hacia atrás en el asiento y rompí a llorar. Lloré por todo lo que había pasado, por las cosas hirientes que nos habíamos dicho, por el dolor que ambos sentíamos y que ninguno sabía cómo expresar de otra forma. Lloré porque sabía que me había equivocado. Sabía que le había hecho daño con mis palabras, que había dicho cosas que no sentía solo por el orgullo y el miedo.
Pero era demasiado tarde. Ya me había ido. Ya le había dicho que terminaría el contrato.
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En la mansión, Dante se quedó parado en el vestíbulo mucho tiempo después de que la puerta se cerrara. Miró el lugar donde ella había estado parada, como si esperara que apareciera de nuevo, que se hubiera olvidado de algo y tuviera que volver.
Pero no volvió.
Se llevó una mano a la boca. Sintió cómo se le apretaba la garganta, cómo las lágrimas le quemaban los ojos. No las dejó caer. No se permitió llorar. Se había pasado toda la vida ocultando sus sentimientos, y ahora no sabía cómo hacer lo contrario.
Había dicho cosas horribles. Le había hablado de obligaciones y de pagos, como si ella no significara nada para él. Como si no fuera la primera persona que le había hecho sentir algo desde que sus padres murieron. Como si no la quisiera con toda su alma.
Pero el orgullo había sido más fuerte. Y ahora ella se había ido.
Oídos pasos detrás de él. Se giró. Don Eliseo estaba parado en el pasillo, con una expresión de profunda tristeza en el rostro. Había oído toda la pelea.
—Muchacho —dijo el anciano, acercándose a él y poniéndole una mano en el hombro—. ¿Por qué no le dijiste la verdad? ¿Por qué no le dijiste lo mucho que la quieres?
Dante miró a su abuelo. Y por primera vez en muchos años, dejó que una lágrima rodara por su mejilla.
—Porque soy un idiota —respondió, con voz rota—. Y ahora la he perdido.
Don Eliseo lo atrajo hacia sí y lo abrazó. Dante se dejó hacer, sintiendo cómo todo el dolor que había guardado durante años salía a la superficie de golpe.
Fuera, el sol se ocultaba detrás de los árboles del jardín. La casa se quedó en silencio. Vacía.
Y ambos sabían, cada uno por su lado, que aquella pelea no los había alejado solo unos kilómetros.
Los había alejado más de lo que ninguno de los dos se atrevía a admitir.